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7.
ALGUNAS FORMAS Y MODELOS LITERARIOS
7.1 TEATRO MEDIEVAL
Los investigadores de manuscritos medievales han descubierto
algunas piezas en latín, dialogadas que imitaban, como
ejercicios escolares, a autores latinos clásicos; se
conservan las seis comedias moralizadoras de la monja Rosvita
de Gandersheim (935-973), que imitan la técnica y el
estilo de Terencio. Escritas para ser leídas, no tuvieron
ninguna resonancia en el teatro de la época. A esta tradición
pertenece el Panfilo de amore que conociera el Arcipreste de
Hita y que pudiera haber tenido presente el autor de La Celestina,
Fernando de Rojas.
La liturgia cristiana combinó el calendario solar romano
con el lunar judío para crear su ciclo festivo polarizado
en dos momentos cruciales: el uno, alrededor del solsticio de
invierno (las Saturnalia fueron reemplazadas por las fiestas
de Navidad-nacimiento), y el otro, alrededor del equinoccio
de primavera (la Pascua hebrea coincidía con la Semana
Santa y su ciclo de muerte y resurrección). El solsticio
de verano se asimiló a las fiestas de Pentecostés,
Corpus Christi y San Juan; el equinoccio de otoño a Todos
los Santos. No debemos olvidar que las fiestas cristianas fueron
concebidas e institucionalizadas en el hemisferio norte y, por
lo tanto no nos resultan tan claros y evidentes los resabios
que en ellas encontramos de creencias populares precristianas.
En la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo,
el héroe divino recuerda a las deidades agrarias de la
fecundidad que han de morir para renacer, que vierten su sangre
durante la primavera para que el líquido vital haga germinar
la tierra. Es, en definitiva, una fiesta de la renovación
cósmica.
El
cristianismo, en primera instancia sintetiza la sabiduría
antigua y no desprecia el conocimiento judío. Fue así
como distinguió con el nombre de origen hebreo 'Pascua'
tres principales fiestas: Resurrección (Pascua Mayor),
Pentecostés y Navidad (Pascua Menor). Son fiestas en
las que se recuerdan tres misterios básicos para la creencia
del cristiano. El más importante, el de la Resurrección:
"Si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra
fe" dice San Pablo (1ª Corintios, 15,17). Por lo tanto
era imprescindible conocer el mensaje bíblico de las
fiestas correspondientes. Hacia el siglo IX ya no se entendía
el latín eclesiástico. ¿Cómo dar
a conocer la enseñanza y el misterio que se celebraba
en esas fiestas y que recordaban las lecciones litúrgicas?
El clero medieval vio en la representación de "misterios"
y "milagros" un instrumento apropiado para explicar
con sencillez la religión y sus misterios.
Gustavo Cohen cita una carta de Balbulus que vivió alrededor
de 840 al 912 al obispo de Vorcelli en que cuenta que, cuando
era joven, estaba preocupado por su incapa-cidad para recordar
con fidelidad las infinitas melodías de los himnos y
antífonas y la preocupación para que el pueblo
entendiera el significado de las ceremonias litúrgicas,
por cuanto el pueblo ya no hablaba ni entendía el latín.
Un monje de la abadía de Jumièges, recientemente
destruida por lo lombardos, llegó a Notker llevando un
antifonario en el que estaban señaladas la modulación
de las coplas. A Tutilon, obispo de Notker, se le atribuye frecuentemente
el tropo o adición al texto litúrgico que servirá
de punto de partida para una representación de la Visita
al Sepulcro.
Hacia el siglo X encontramos lo que podría considerarse
el primer guión de una representación medieval
religiosa: En la Regla Monástica Regularis Concordia
del monje benedictino inglés San Ethelwold, imitando,
según reconoce una costumbre usada en monasterios de
Francia -concretamente en Fleury sur Loire- propone una ingenua
represen-tación del evangelio del Domingo de Pascua de
Resurrección, en cuyo texto se lee:
"En aquel tiempo, pasado el sábado, María
Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé,
compraron aromas para embalsamar el cuerpo. Y muy tem-prano,
el primer día de la semana, llegaron al sepulcro, apenas
salido el sol. Se decían unas a otras: "¿Quién
nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?».
Pero cuando miraron, vieron que la piedra había sido
retirada a un lado, a pesar de ser una piedra muy grande. Al
entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho,
vestido enteramente de blanco, y se asustaron.Pero él
les dijo: «No se asusten. Si ustedes buscan a Jesús
Nazareno, el crucificado, no está aquí, ha resucitado;
pero éste es el lugar donde lo pusieron. Pero id y decid
a sus discípulos y a Pedro, que os precederá en
Galilea: allí le veréis, como os dijo" .
Al leer atentamente este texto descubrimos en él, en
germen, la posibilidad de una representación: Personajes
con un objetivo que deben enfrentar un obstáculo, son
las tres santas mujeres que se dirigen hacia el sepulcro para
honrar el cuerpo del Maestro. En una primera instancia sólo
a través de mímica los monjes, que representaban
a las mujeres, trasmitían el mensaje. Posteriormente
se tradujo, ciñéndose al texto evangélico,
luego se glosó y, por último se amplificó
agregando algunas escenas iniciales, la adquisición de
los ungüentos con el consiguiente regateo y otras finales,
para cumplir la orden del ángel van a donde están
reunidos los apóstoles para anunciarles la buena nueva
de la Resurrección del Señor. Estas escenas agregadas
introdujeron elementos cómicos lo que motivó a
los monjes a separar la breve representación y a presentarla
en el atrio de la Iglesia antes de la de la ceremonia litúrgica.
Sobre la base de esta primera representación, se elaboraron,
con las variaciones correspondientes, los Autos de Pascua de
Natividad: Las tres Marías fueron reemplazadas por tres
Reyes Magos cuyo objetivo era saludar al Redentor; en lugar
de ungüentos llevaban sendos obsequios para el recién
nacido, oro, incienso y mirra. La dificultad la representó
la ambición de Herodes. Es el esquema de la primera obra
dramática que encontramos en España: El Auto de
los Reyes Magos, misterio del siglo XIII del cual se conservan
sola-mente ciento cuarenta y siete versos.
Esta obra se inserta dentro del desarrollo propio del teatro
litúrgico medieval y probablemente se trata simplemente
de una adaptación de obras similares francesas. Se ha
establecido su similitud con misterios de Limoges, Rouen, Nevers.
Sabemos que durante la Edad Media hubo diversos tipos de representaciones
espe-cialmente en Francia: diversos Misterios, Moralidades,
'Sotisses', Farsas han llegado hasta nosotros. Sin embargo,
en España debemos esperar hasta el siglo XV para encontrar
nuevas manifestaciones de literatura dramática. Sin embargo,
por observaciones que encontramos en otros documentos historiográficos
sabemos que hubo un teatro popular al que correspon-derían
los 'Juegos de escarnio y maldecir' que menciona Alfonso X,
el Sabio, Desde el siglo XIII empezaron a aparecer compañías
ambulantes que escenificaban piezas religiosas o profanas en
plazas y mercados.
No cabe la menor duda de que el teatro profano recibió
grandes aportes del conoci-miento histriónico de los
juglares que, paulatinamente vieron rehabilitado su oficio a
medida que la sociedad se hacía más urbana. Por
otra parte, los frailes predicadores, San Vicente Ferrer, por
ejemplo, empezaron a usar las técnicas de los juglares
para llegar con mayor facilidad a sus oyentes.
La
tradición popular se incluye en el programa festivo que
propusieron, introdu-ciendo tradiciones de ritualidad pagana
enraizadas en las comunidades agrarias. En Navidad se desarrollaron
parodias litúrgicas donde se invirtió el orden
social por parte de criaturas inocentes: officium stultorum,
oficcium asinorum, Pontifex stultorum, Episcopum puerorum. Fueron
una permitida negación de la jerarquía, y, como
tal, una prefiguración del Carnaval. El Carnaval no nació
como una muestra de rechazo o rebelión que atentaba contra
las instituciones, sino como una fiesta de raíz cristiana
que se mantenía gracias a la tolerancia de la autoridad.
7.1.1
TEATRO POPULAR
Paulatinamente, durante la decadencia del Imperio Romano, el
gran teatro heredado de los griegos, fue cediendo paso ante
la preferencia romana por el Circo. Los actores trágicos
y cómicos fueron reemplazados por los mimos, los histriones,
los 'thymelici' que con sus gestos, muchas veces procaces, hacían
reír a los espectadores. No sólo actuaron en el
circo. También hacían reír en las plazas,
en las calles y en las casas. Probablemente sean los necesarios
antecedentes para un tipo de juglar medieval.
Es
muy probable que parte del trabajo de los juglares haya sido
la organización de representaciones breves al modo de
las que en Italia presentaba la Commedia del Arte. Si bien es
verdad que la denominación de commedia dell'arte procede
del siglo XVIII, sus orígenes hay que buscarlo en las
pantomimas latinas y en el oficio o mester de los joculatori
medievales que, en Italia, actuaban en las Sacras Representaciones
basadas en los dramas sencillos que representaban los discípulos
de San Francisco.
Los
caracterizaba un elemento carnavalesco, el empleo de máscaras,
un dialecto que indicaba la región de donde procedían,
y la similitud de sus personajes con los propuestos por Plauto
y Terencio. Habitualmente representaban tipos muy definidos
de una sociedad campesina que debía sobrevivir en un
mundo que se iba haciendo cada vez más hostil. Cada actor
asumía el rol de un personaje que pertenecía a
una de las categorías sociales de la época: criados
o amos y cuya caracterización estaba determinada por
una máscara.
De
los zanni (criados), el más importante era el astuto
Arlequín, originario de Bérgamo, ingenuo e indolente.
Su vestuario de parches sugería su pobreza, su máscara,
de cuero negro con bigotes. Brighella era otro zanno (criado)
bergamesco, más vicioso; de voz ronca; iba vestido de
blanco, con adornos verdes y su máscara llevaba una boina.
Polichinela, de origen napolitano, era un criado filósofo,
hambriento llevaba máscara negra y con nariz de gancho.
También se le llamó M. Guignol. Las criadas no
llevaban máscara. La más importante era Colombina,
la compañera de Arlequín, también pretendida
por el amo.
Entre
los amos estaba Pantalón, llamado El Magnífico,
rico y viejo comerciante veneciano, tacaño y libidinoso,
que representaba el poder económico; llevaba una capa
negra y un jubón encarnado, y su máscara negra
de nariz ganchuda se completaba con una perilla de chivo blanca.
El
Doctor encarnaba el poder intelectual; era de Bolonia, y aunque
decía que allí había estudiado, su ignorancia
se palpaba en el latín macarrónico que hablaba,
lo que podía ser una sátira contra los humanistas;
vestía de negro con una gola blanca al cuello.
Otro
personaje muy significativo era el Capitán que personificaba
el poder militar; español, fanfarrón y cobarde,
era similar al miles gloriosus plautino; usaba sombrero de plumas
y espadón, y tenía diferentes nombres: Spavento,
Scaramuccia, Matamoros, Basi-lisco, Fracassa, etc.
No
podían faltar los enamorados, una pareja de jóvenes
que solían ser hijos, uno de Pantalón y otro del
Doctor; representaban el amor no aceptado por los padres ni
por la sociedad; sus nombres variaban: Rosana y Florindo, Angélica
y Fabricio, etc.; no llevaban máscara.
Estos
personajes tipificados generalmente carecían de un texto
previo e improvi-saban de acuerdo con guiones que contenían
las entradas y salidas de personajes. El canto, la acrobacia
y la expresión corporal constituían la base del
trabajo de estos actores que efectuaban giras con amplios repertorios
de argumentos, que permitían improvisar los diálogos.
Los mismos papeles se interpretaban de por vida y se pasaban
de padres a hijos.
Entre los nuevos géneros cómicos que surgieron,
gracias a la actividad de los juglares, podemos mencionar:
>
los sermones burlescos, monólogos de tema y composición
libres que parodian una prédica seria;
> los monólogos dramáticos recitados por un
fanfarrón, sea enamorado, soldado o charlatán;
> las sottisses piezas burlescas políticas representadas
en Carnaval por los sots, especie de bufones; y
> la farsa que, para hacer reír, tomaba temas de la
realidad cotidiana y sus personajes no eran individuos, sino
tipos (el marido burlado, la mujer astuta, el cura disoluto,
el estudiante tonto). Desarrollaban situaciones basadas en las
funciones naturales (comer, beber, defecar, copular), en malformaciones
físicas o intelectuales. El texto sólo servía
de apoyo y lo importante era el gesto. La más significativa
es Farsa de Maîstre Pierre Pathelin (1465). En las farsas
hay realismo en los detalles de oficios, útiles caseros,
costumbres, defectos de los personajes; hace hincapié
en lo grotesco y en la caricatura. En España se la cultiva
con los nombres de pasos y entremeses.
7.1.2 TEATRO CORTESANO Y PROFANO
Sólo a fines del siglo XV encontraremos algunos dramaturgos
entre lo cuales se suele mencionar el nombre del poeta Gómez
Manrique (1412-1490) quien, por pedido de su hermana Doña
María Manrique, vicaria en el Monasterio de Calabazanos,
compuso una Representación del Nacimiento de Nuestro
Señor, para que fuera representada por las religiosas
en las fiestad de Navidad. Se trata de un ingenuo poema navideño
que no significa ningún aporte al desarrollo de la dramaturgia
medieval, pese a su fuerte carga lírica - se inicia con
la expresión de duda e inseguridad de José frente
al evidente embarazo de su mujer:
¡Oh viejo desventurado!
Negra dicha fue la mía
En casarme con María
Por quien fuese deshonrado.
Yo la veo bien preñada,
Non sé de quien nin de cuánto;
Dicen que de Espíritu Santo,
Mas yo de esto non sé nada.
Tras la intervención del Ángel, de la Virgen,
de los pastores, la adoración de San Gabriel, San Miguel,
San Rafael, desfilan los objetos que le significarán
martirio al Redentor, vaticinando lo que será su Pasión
y Muerte.
Quienes sí son figuras esenciales en el inicio del teatro
profano y podemos considerar como antecedentes del teatro de
Lope de Vega, son: Juan del Encina (1469-1529), Lucas Fernández
(1474?-1542), Fernando de Rojas (1465?-1541), Gil Vicente (1465?-1539?)
y Torres Naharro (1475?-1530). Muchos de ellos vivieron adscritos
a la corte de algún gran señor y sus primeras
manifestaciones dramáticas fueron representaciones, momos,
masca-radas cortesanas, con las que distraían a sus señores
y a sus invitados en las festividades de mayor importancia.
En sus obras se registran usos y costumbres fusionados con literatura.
Buen ejemplo de este teatro son las primeras obras de Juan del
Encina, poeta y músico, familiar o criado de los duques
de Alba don Fadrique Álvarez de Toledo y doña
Isabel de Zúñiga y Pimentel. Menéndez y
Pelayo piensa que era el director de espectáculos en
casa de los duques: "el arbiter elegantiarum de su palacio,
lo mismo en las regocijadas noches de Antruejo o Carnestolendas,
que en aquellos días en que devotamente se conme-moraban
la Pasión o Resurrección de Nuestro Señor
Jesucristo."
Compuso
unas catorce églogas en torno a los más diversos
motivos; se pueden dividir en obras compuestas en dos épocas.
En las ocho primeras, incluidas en el Cancionero de 1496, sus
personajes eran, preferentemente, pastores que empleaban el
dialecto sayagüés, propio de la zona rural cercana
a Salamanca. A pesar de su técnica primitiva, fueron
muy apreciadas e imitadas por otros poetas. A la segunda época
pertenecen obras de más profunda y perfeccionada elaboración:
Égloga de Fileno, Zambardo y Cardonio, Égloga
de Cristino y Febea y su obra maestra, Égloga de Plácida
y Vitoriano.
El
teatro de Lucas Fernández, continuador e imitador de
la obra de Encina, es de gran reciedumbre y religiosidad. Compuso
"farsas o cuasi comedias", Églogas de Navidad
y un Auto de la Pasión, su obra maestra.
La
obra más preclara, aparece, presuntamente, en Burgos,
en 1499. Tragicomedia de Calisto y Melibea, de Fernando de Rojas
es una verdadera joya que cierra con broche de oro el mundo
medieval y abre una nueva época cultural, sobre la cual
ejercerá profunda influencia. Tras su primera edición
en 16 actos, logra su versión definitiva en la de Sevilla
en 1502. Impacta la verdad de sus personajes, productos de un
análisis objetivo de la sociedad, a la vez que de una
profunda observación del hombre y su problemática;
la fuerza del amor, los usos y costumbres de la época
están presentados con tanta riqueza humana que nos pareciera
estar escuchando, de viva voz, a los personajes que se alzan
del libro para dialogar.
7.2
EL ROMANCERO
Son variados los significados de la palabra 'romance'. Etimológicamente
proviene de Roma y designa, en primer término, a las
lenguas derivadas del latín, los otros signifi-cados
arrancan de éste. Se denominaron 'romances', 'roman'en
la Edad Media a las más comunes y principales composiciones
concebidas con esta lengua: en Francia a los relatos de cierta
extensión, generalmente de carácter sentimental,
amoroso y en España a la estrofa y a las composiciones
en octosílabos con monorrima asonante o consonante en
los versos pares, derivadas de los antiguos poemas épicos
o cantares de gesta. A estos romances los conocemos como romances
viejos y de ellos dice don Ramón Menéndez Pidal:
"Los que los oían recitar se encariñaban
con algún episodio más feliz, haciéndolos
repetir a fuerza de aplausos, y luego que el juglar acababa
su canto, se dispersaban llevando en su memoria aquellos versos
repetidos, que luego ellos propagaban por todas partes. Pues
bien esos breves fragmentos, desgajados de un antiguo Cantar
de Gesta y hechos así famosos y populares, son, ni más
ni menos, los romances más viejos que existieron."
Con respecto a su presentación, estos fragmentos de poemas
que dieron origen a lo que llamamos romances, procedían
de poemas épicos populares que, por influencia de la
versificación regular de los clérigos, la cuaderna
vía de versos alejandrinos (14 sílabas), habían
regularizado la métrica de la tirada en versos de dieciséis
sílabas, divididos por una cesura, conformando así
un octonario bipartito con asonancia monorrima.
"Estos
romances, hasta fines del siglo XV, se escribieron en octonarios
bipartitos monorrimos. A partir del siglo XVI, acaso, el octonario
se dividió, produciéndose así el romance
octosílabo de impares libres y pares asonantados. El
origen del romance fue, por consiguiente, épico; más
tarde se aplicó esta combinación métrica
a temas líricos."
Esta
distribución, justificada por razones de economía
tipográfica, determinó que los versos impares
quedaran sueltos, introduciendo así el concepto de versos
libres. Formal es también la separación en estrofas
de cuatro versos que suele aplicarse a los romances modernos.
El octosílabo constituye un grupo fónico mínimo
que podríamos decir calza exacta-mente con el ritmo de
la lengua castellana, a tal extremo que Menéndez Pelayo
no vacila en afirmar que para que "este hórrido
y bárbaro metro se convirtiese en octonario, fue menester
un trabajo de selección que eliminó los alejandrinos
y los endecasílabos de cesura en la quinta; y en esta
depuración, es claro que el principal, aunque misterioso
agente, fue el genio de la lengua, más inclinada que
ninguna de sus hermanas, a las combinaciones trocaicas . El
ritmo del octosílabo y del romance se mantiene "como
constante métrica en la historia de nuestra lírica",
dice Antonio Quilis ; este tipo de verso es el más concurrido
en la creación literaria. "Es el verso por excelencia
de nuestra poesía popular" , tanto en España
como en América. Basta recordar las letras de los corridos
mejicanos y de algunas tonadas tradicionales chilenas, sin contar
a autores cultos como Federico García Lorca, Rubén
Darío, Antonio Machado, Oscar Castro, entre muchos otros.
Se carece de un criterio científico de clasificación
para los romances. Habitual-mente, y, tal vez por razones de
uso y costumbre, Wolf el primero la propone y luego don Marcelino
Menéndez y Pelayo la adopta, se ha impuesto, más
corrientemente, una clasifi-cación basada en la temática,
reconociendo sin embargo, don Marcelino que "Toda poesía
anónima y popular, como son los romances, debe ser clasificada
atendiendo a tres criterios: el cronológico, el de materias
o asuntos y el de las formas artísticas. [...] Claro
está que los romances no tienen la rigurosa cronología
de las escrituras ni de los diplomas, pero son tan de bulto
sus diferencias de contenido y de forma, y, por otra parte,
está tan averiguada la procedencia de la mayor parte
de ellos y el tiempo en que comenzaron a divulgarse, que es
inexcusable ya persistir en el método antiguo, aunque
tan gran ejemplo como el de Durán lo autorice, y confundir
en un mismo libro producciones que no tienen de común
más que estar en el mismo metro, y ni siquiera tratado
y entendido de la misma manera.
Desde
1815, en que Jacobo Grimm, con adivinación certera y
genial distinguió los romances viejos de los que no lo
son, uno solo entre los innumerables romanceros publi-cados
en Europa se aprovechó de esta distinción: la
Primavera y flor de Wolf, que es de 1856. Y aún en este
penetraron varios romances eruditos y artísticos o semiartísticos,
ya para completar ciclos históricos, ya por tratarse
de poesías curiosas y de relativa anti-güedad."
En
consecuencia, una primera clasificación fundamental,
de carácter cronológico, simplemente dividiría
los romances en viejos y eruditos. Entre los viejos reconoce
don Marcelino tres tipos:
"1°
- Aquellos cuya existencia en el siglo XV consta de un modo
positivo.
2°
- Todos aquellos que impresos en la primera mitad del siglo
XVI, ya en el Cancionero General de 1511, ya en el Cancionero
de Romances de Amberes, ya en las tres partes de la Silva de
Zaragoza, ya en pliegos sueltos, góticos, ya en cualquier
otro libro, presentan los caracteres de la plena objetividad
épica o del lirismo popular [...].
3°
- Los romances que, recogidos modernamente de la tradición
oral, en mejor o peor estado de consideración, pueden
considerarse como variantes de los viejos, o representan un
tipo análogo a ellos."
Con
respecto al contenido de los romances se distinguen los históricos,
con los ciclos de héroes y personajes o acontecimientos
a los que se refieren: El Rey don Rodrigo y la pérdida
de España, por ejemplo; los caballerescos con sus ciclos
Carolingio y Bretón, los novelescos sueltos y los líricos.
El romance ha tenido vigencia desde la Edad Media hasta nuestros
días. El Barroco representa el punto culminante de su
desarrollo tanto en lo que se refiere a su aspecto popular como
al culto: no podemos olvidar que Góngora es uno de los
grandes cultivadores del romance en España. Y pese a
la enemistad entre ambos, también Quevedo los compuso.
Es en esta época cuando sus versos se ordenan en estrofas,
preferentemente cuartetas y se intercala un estribillo, generalmente
con métrica diferente a la del romance propiamente tal;
se prefiere la asonancia y se excluye casi totalmente la rima
total.
Rafael Alberti señala que en nuestros días tres
grandes poetas españoles han dado nueva forma al romance:
Juan Ramón Jiménez "creó en sus Arias
tristes el romance lírico, inaprensible, musical, inefable",
Federico García Lorca, con su Romance sonámbulo,
inventó "el dramático, lleno de escalofriado
secreto, de sangre misteriosa. La tierra de Alvargonzález
de Antonio Machado, es un romance narrativo, una terrible historia
caste-llana romanceada. Se puede contar."
Pedro Salinas llama la atención sobre un rasgo que se
ha señalado como dominante en el romancero: su carácter
tradicional y señala que tal vez sea esa condición
la que ha permitido su conservación a lo largo de los
siglos. Afirma: "Para mí confirma esa curiosa actitud
española de tradicionalismo, de conservación del
pasado, pero vivida de tal modo que sirve con perfecta eficacia
de expresión al presente. El siglo XX trae mutaciones
profundas a la creación literaria; suenan palabras gruesas,
revolución, rebeldía, ruptura con la tradición.
Envuelven mucha verdad. En esa borrasca histórica de
los espíritus se repudia a viejos pilotos, se desgarran
cartas de marear; pero los españoles del 98 y sus hijos
no se deshacen del romance como si fuese obra muerta; lo sienten
sólido, siempre firme y ofrecido a todos los rumbos nuevos,
y, en sus flancos seculares, con sus velas enteras, se salvan
y lo salvan, como si el romance estuviese desde hace siglos
brindándose, atrayente y misterioso al poeta que lo mira
desde la ribera, diciéndole que hay un modo de cantar,
una canción que sólo se revela "a quien conmigo
va". Esta atadura tan hispánica de lo tradicional
y lo innovador, la anuda el romance del siglo XX con sin igual
firmeza".
El romancero español continúa acrecentándose
en nuestros días con tanta riqueza y firmeza como en
siglos pasados. Ha llamado la atención de estudiosos
e investigadores europeos que muchas veces los han comparado
con otras creaciones populares como las baladas inglesas y francesas,
los lieds e incluso con poemas prehoméricos.
¿Qué
caracteriza a esta forma poética aparte de la métrica?
Ya señalábamos su tendencia a lo popular y a lo
tradicional; tal vez sea éste el aspecto más resaltante,
por cuanto está íntimamente conectado con la evolución
de la historia de España, con su lengua, con la épica
y, por ende, con la formación de la mentalidad castellana.
Se trata de una poesía popular y tradicional a través
de la cual los hablantes hispanos se sienten, in-conscientemente,
expresados con exactitud y con propiedad. La anonimia de los
romances antiguos entroncan directamente, por una parte, en
la tradición épica y, por otra, en la elección
colectiva que una comunidad hace de aquellos fragmentos del
poema con los que se siente mejor representada.
Presenta carácter fragmentario, incluso cuando se trata
de romances cultos y de autor conocido: García Lorca
inicia su romance sonámbulo como continuación
de algo no narrado. Irrumpe con ese verso: Y que yo me la llevé
al río, tan rico en sus sugerencias ante-riores. El fragmentarismo
de los romances mas que un recurso estilístico, es un
procedi-miento estético que nimba de misterio y profundidad
lo narrado. Sugiere antes que contar. Crea un espacio de ensoñación.
A ello contribuye también la simplificación y
abreviación de detalles que contribuye a intensificar
aquel motivo que la mente popular desea destacar a través
del romance y que, muchas veces significa una nueva composición
de los elementos seleccionados, como lo ha demostrado don Ramón
Menéndez Pidal al analizar y comparar un romance tradicional
conservado en España con otro recogido entre los judíos
sefardíes.
El romance del Conde Arnaldos ha sido considerado como una obra
maestra del romancero hispánico:
¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del
mar
como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano la caza iba a cazar,
vio llegar una galera que a tierra quiere llegar:
las velas traía de seda, la ejarcia de un cendal;
marinero que la manda diciendo viene un cantar
que la mar facía en calma, los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo arriba los hace andar,
las aves que andan volando nel mastel las faz posar.
Allí fabló el Conde Arnaldos, bien oiréis
lo que dirá:
-Por Dios te ruego, marinero, digasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
Yo no digo eta canción sino a quien conmigo va.
"Con
razón es considerada esta poesía como una obra
maestra. Berchet la coloca al frente de su traducción
italiana de romances como modelo principal; otro crítico
extranjero la compara a la canción mágica de Enrique
Heine y declara superior la anónima canción española
cuatro siglos anterior; poetas populares de Cataluña,
de Piamonte y de Francia parecen imitadores en parte del viejo
romance; tradujéronlo a las principales lenguas cultas
Lockhart, Geibel, Damas Hinard, Berchet con muchos más
y Longfellow se inspiró en él y lo glosó
al escribir su bellisima poesía "El secreto del
mar"; el poeta al escuchar, como el Conde Arnaldos, la
inefable y seductora canción del marinero, siente henchirse
su alma del deseo de penetrar el secreto del Océano,
y siente en el pulso de sus venas repercutir los hondos latidos
del gigantesco abismo". Su poesía arranca justamente
del fragmentarismo como lo demuestra Ramón Menéndez
Pidal al descubrir, conservado por judíos sefarditas,
expulsados de España en 1492 y radicados en Tánger,
Tetuán, Larache, Alcázar o Xauen, la conclusión
de la historia:
Tiró
la barca el navío y el infante fue a embarcar;
Alzan velas, caen remos, comienzan a navegar;
Con el ruïdo del agua el sueño le venció
ya.
Pónenle los marineros los hierros de cautivar;
A los golpes del martillo el infante fue a acordar.
-Por tu vida el buen marino, no me quieras hacer mal:
hijo soy del rey de Francia, nieto del de Portugal,
siete años había, siete, que fui perdido en la
mar.
Allí le habló el marinero: -Si tú me dices
verdad
Tú eres nuestro infante Arnaldos y a ti andamos a buscar.
Alzó velas el navío y se van a su ciudad.
Torneos y más torneos, que el conde pareció ya.
7.3 IMAGEN DE LA MUJER EN LA LITERATURA MEDIEVAL
A través de las edades el concepto de belleza femenina
ha ido variando. Cambios históricos y culturales han
marcado los estadios humanos desde que el primer hombre se alzó
en la tierra ya por evolución natural, ya por decisión
divina. Un primer momento importante en la primitiva concepción
valórica femenina nos la presenta la escultura de la
Venus de Willendorf. Obser-vándola podemos advertir como
se exaltan los rasgos de fertilidad y nutrición de esta
verdadera diosa de la naturaleza fecunda y, a la vez, cuan radical
y profundamente han cambiado los cánones estéticos
desde aquella época hasta nuestros días y con
ellos la función de la mujer y la concepción genérica
del hombre. Indudablemente se trata de la representación
arquetípica feme-nina propia de una cultura agrícola,
probablemente, que representa la tierra carne de la mujer madre,
que no guarda ninguna relación con lo que podríamos
considerar -pese a no ser obra de arte- la equivalente representación
femenina del mundo occidental a las puertas del siglo XXI, la
sofisticada Barbie. No es el momento de un estudio psicosocial
de una y otra; el tema se plantea sólo como un punto
de reflexión.
¿Cómo
se concebía a la mujer en la Edad Media? ¿Cómo
el hombre medieval la forjó en su literatura y la cantó
en sus poemas y en sus obras de arte? ¿Qué función
se atribuye a la mujer? Culturalmente España ha explicado
su historia y ha unido su destino a la mujer. Con diversos nombres
que arquetípicamente se resuelven en la Dama y la villana,
encarnadas en la tierra hispana durante la Edad Media, por la
Virgen María y la Cava doña Florinda. La romancesca
historia de España, no la histórica, real sino
la legendaria, la tradicional nos habla de una mujer y una venganza.
Florinda es la sombra maligna, y Rodrigo, -Adán español-
pierde por su culpa España -verdadero paraíso
tantas veces cantado por el español. Patria amada, cantada
y soñada, España, complida de tantos bienes como
lo canta la Primera Crónica General de España
y el Poema de Fernán González. Una vez más
una mujer es causa de la pérdida de la tierra amada.
Desde ese momento se marca un destino y como se desprende del
Poema, los españoles luchan para devolver España
-Valencia- a la mujer madre e hija (tirada 42).
La
mujer que aparece en el Poema es real y humana, pero también
es ideal y simbólica. Es la que guía al héroe,
pero jamás aparece descrita, De ella interesa no tanto
su figura física, su exterior, cuanto su conformación
espiritual. Bastan sus acciones que revelan sus perfecciones
morales y el pequeño y elocuente detalle de sus "ojos
vellidos" (tirada 87, verso 1612). Sus palabras caracterizan
a doña Ximena y a sus hijas: la oración y la defensa
de su honor. No interesan ni sus cuerpos ni sus rostros, sólo
sus rasgos morales y espirituales hechos palabra. Al no haberse
desarrollado el concepto de individualidad ¿tendrían
los ojos la capacidad, la sensibi-lidad para captar los rasgos
individualizadores o sólo se reiteraría el modelo
o patrón arquetípico?
Es
un tipo ideal y simbólico, pero también real y
humano. Es la mujer que, a través de sus hechos y palabras,
revela su espiritualidad. Junto a ella aparece la mujer descrita
conforme los cánones franceses -María Egipcíaca,
por ejemplo, o las mujeres que presenta el Arcipreste de Hita,
pertenecientes a diversos estratos sociales. Cuando una mujer
cumple con los cánones de la retórica medieval,
como es el caso de María Egipcíaca, esa perfección
física es despreciable ya que ha sido camino y causa
de pecado y condenación; su ser humano sólo aparece
palmario en su perfección, cuando se ha despojado, por
la penitencia, de su falsa y engañosa belleza.
En
contraposición a la mujer pecadora, surge la visión
idealizada de la Mujer-Tierra-Madre, en la figura de la Virgen
María. Basta recordar a Gonzalo de Berceo y su introducción
a los Milagros de Nuestra Señora, sin embargo, quien,
con mayor riqueza nos presentará la oposición
femenina entre dama y villana será el Arcipreste de Hita.
El Libro de Buen Amor es un verdadero catálogo por el
que desfilan los más diversos tipos femeninos. Aparecen
como tipos, impersonales y abstractos, la monja, la mora, las
serranas, las diferentes damas. En todas estas mujeres, no hay
un rasgo que permita distinguirla en su individualidad. Corresponden
a un rol, a una función que le corresponde cumplir social-mente...
pero ¿se trata de mujeres concretas?
Tal
vez la figura más cercana a una concreción sea
la que nos describe el Marqués de Santillana, don Iñigo
López de Mendoza (1398-1458) en su "Serranilla V".
En ella aparece una moza tan fermosa que no hay otra igual en
la frontera. Es una pastora, por lo tanto, una villana, sin
embargo, el entorno y la impresión que causa en el hablante
lírico nos sacan de contexto: En un verde prado / de
rosas e flores, / es el preludio para un encuentro con la dama,
no con una vaquera. Sin embargo, llega a su plenitud este cuadro
cuando la muchacha habla y su respuesta es tan recatada, que
el hablante no insiste en un cortejo que pudiera mancillarla:
Bien como riendo,
Dixo; "Bien vengades,
Que ya entiendo
Lo que demandades;
Non es deseosa
de amar, nin lo espera,
aquesa vaquera
de la Finojosa."
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