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REVISTA N° 14
VIH/SIDA y la sexualidad como parte del curriculum en
la formación inicial docente

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La transmisión del VIH/SIDA refleja la necesidad de desarrollar
programas de educación sexual que permitan prevenir el contagio,
programas que no estén centrados en la biología genital,
como sucede hoy en nuestro sistema educativo.
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Patricio Escorza W.*
La atención epidemiológica1
del mundo está concentrada hoy en la acción de un virus,2
el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), responsable de una pandemia3
, cuya puesta en escena se inicia en 1980.
El VIH/SIDA ha cobrado un número significativo de víctimas
y continúa avanzando, abarcando todos los rincones del planeta.
En su inicio, se la consideró como una enfermedad que afectaba
a ciertos grupos de la población humana: comunidades de orientación
sexual homosexual; de personas afectadas por la hemofilia;4 o por algún
trasplante de órganos. Sin embargo, poco a poco las investigaciones
fueron dando luces que indicaban que nadie estaba exento de adquirir esta
enfermedad.
Ninguno de los esfuerzos realizados por detenerla ha logrado el éxito
esperado. Las investigaciones sobre los múltiples factores sociales
y epidemiológicos5 involucrados en la enfermedad se han focalizado
en la obtención de vacunas que impidan su avance. De hecho, hoy
se cuenta con una terapia retroviral que logra control del desarrollo
del virus, permitiendo prolongar la vida de la persona, transformándola
en una enfermedad de carácter crónico.
El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, SIDA6 , como se le
llamó inicialmente, es una patología agresiva en cuanto
a su diagnóstico7 , pronóstico, prevención y tratamiento.
Sus costos sociales, políticos, familiares y laborales aún
no son evaluados en su totalidad.
Esta pandemia ha sido definida por la Organización Mundial de la
Salud (OMS)8 como un problema prioritario para las naciones, por ende,
aconseja la coordinación y acción conjunta de los países
para poder combatirla.
El VIH afecta directamente a las células blancas, glóbulos
blancos, que tienen en su membrana receptores CD4. Los linfocitos9 T4
poseen este receptor CD4, por ende, el VIH tiene gran afinidad con estos
linfocitos T4, responsables de activar la respuesta inmunitaria del organismo.
El VIH utiliza los linfocitos T4 para reproducirse, destruyéndolos
en el tiempo. En América Latina y Europa, este proceso de destrucción
se lleva a cabo en un promedio de entre 7 a 10 años. A este desarrollo
se le denomina fase de portadoror/a sano/a10 . Posteriormente, se presenta
la fase SIDA que corresponde a la presencia de una serie de enfermedades
provocadas por las infecciones oportunistas11 que llevan a la persona
a la muerte.
La transmisión del VIH se produce por:
Vía parenteral12 es decir, por el uso de jeringas hipodérmicas
utilizadas para transfusión sanguínea o utilizadas para
compartir drogas.
Vía sexual, por relaciones sexuales con penetración;
por efectos del fellatio13 con eyaculación bucal.
Vía vertical de la madre al hijo durante el embarazo, durante
el parto y durante la lactancia.
Por trasplantes de órganos y tejidos de un portador a un
no portador.
Otros mecanismos como los relacionados con el contacto social habitual,
ya sea estrecharse la mano, besos, abrazos; compartir lugares públicos
cerrados, como el metro, salas de clases y oficinas, no constituyen riesgo
de transmisión del virus. Sin embargo, al inicio de la pandemia,
fue motivo de gran preocupación el contagio por estas vías.
Este temor persiste en gran parte de la población, lo que ha incidido
en comportamientos discriminatorios hacia las personas que viven con VIH/SIDA.
Al año 200214 , las cifras de personas infectadas con el VIH/SIDA
superaban los 42 millones (adultos y niños), cantidad superior
en un 50 por ciento a la prevista por la Organización Mundial de
la Salud (OMS) para esta fecha.
De ese total, 18,6 millones son mujeres y un millón 800 mil son
niños. Más del 90% de todos los casos corresponden a países
en desarrollo, mientras que dos terceras partes de todos los casos de
VIH/SIDA, unos 30 millones, se concentran en África Subsahariana,
donde las mujeres representan el 55 por ciento de todos los casos de adultos
afectados con la enfermedad.
Estas cifras corresponden a registros locales de personas notificadas
por los diversos países del mundo al organismo internacional (OMS).
Esta información no considera la llamada cifra negra, es decir,
aquellas personas que estarían viviendo con el VIH, que lo ignoran
y por ende, no han sido notificadas ni registradas oficialmente. Esta
cifra negra, por cálculo de probabilidades, considera la existencia
de 120 millones de personas en el mundo, adicionales a las registradas.
Situación en Chile
El primer caso de SIDA en Chile se registró en 1984
y la primera mujer notificada fue en el año 1985. Hasta 1990, la
enfermedad fue abordada desde la óptica de Enfermedades de Transmisión
Sexual (ETS), incluyéndola como un área más del Programa
de ETS del Ministerio de Salud.
A partir de la constitución de la Comisión Nacional del
SIDA, CONASIDA15 , se ha dado un impulso al tratamiento de la temática,
la que ha pasado por períodos de auge y retrocesos, dependiendo
de las circunstancias que el país ha debido enfrentar en torno
a los acontecimientos de orden económico, social y político.
Algunas cifras
La adquisición del VIH en Chile tiene directa relación
con el comportamiento sexual, siendo ésta la principal vía
de contagio. En nuestro país, el 93,8 por ciento de las personas
que han contraído el virus, lo han hecho por la vía sexual;
por la vía paraenteral el 4.7 por ciento y la vía vertical
el 1,5.
La proyección indica que diariamente se infectan 8 personas en
nuestro país, de las cuales 6 son jóvenes entre los 19 y
25 años.
De acuerdo a los últimos datos estadísticos registrados
oficialmente, hasta el 30 de diciembre del 200116 se informó de
4 mil 646 enfermos en fase SIDA, y 5 mil 228 personas viviendo con el
VIH.
Esta estadística corresponde a los casos notificados y registrados
en el ISP17 , pero en la denominada cifra negra, se calculan en 60 mil
las personas que viven con el VIH, adicionales a las registradas oficialmente.
Personas que no saben que están viviendo con el virus.
Al año 2001, han sido registradas 3 mil 012 personas fallecidas.
El grupo de edad que concentra el mayor porcentaje de afectados, 85.2%,
se encuentra entre los 15 y los 49 años, período de mayor
actividad y desarrollo individual.
A diciembre del 2001, el 89.1% de las personas que vivían con VIH/SIDA
eran hombres y el 10.9% mujeres.
Tal como ha sucedido en el resto del mundo desde su aparición,
la epidemia en Chile registra una tendencia a la feminización,
con un crecimiento relativamente mayor de los casos en mujeres sobre los
hombres: La proporción hombre/mujer ha pasado de 15:1 en el período
1985 1990 a 5,8:1 en el 200118 .
La CONASIDA considera que: el mayor impacto en las mujeres es debido
a factores culturales de desigualdad de género en lo social-laboral
y en las relaciones de pareja19 .
Desde dónde abordar la discusión
La
presencia del VIH/SIDA ha obligado a abrir diversos canales de participación
en torno a la sexualidad, por constituir la principal vía de transmisión.
Esta realidad refleja la necesidad de desarrollar programas de educación
sexual que permitan prevenir el contagio, programas que no estén
centrados en la biología genital, como sucede hoy en nuestro sistema
educativo.
Al aceptar que la sexualidad o las sexualidades se configuran como modalidades
de expresión cultural y desde la perspectiva psicológica-
una necesidad interna, la sexualidad constituye uno de los soportes esenciales
de la cultura. Por lo tanto, es fácil comprender que las significaciones,
los valores, y los sentidos adscritos, estén imbricados en las
autopercepciones de las personas, en su ser sexual, en sus atribuciones,
en sus identidades sexuales, es decir, aparecen constituyendo a los sujetos
de sexualidad.
En nuestro país, la discusión se mueve en torno a la pregunta
desde dónde abordarla. Al respecto, han sido asumidas diversas
posiciones que han impedido realizar en plenitud programas de educación
sexual. Cada una de estas posiciones responde a dificultades que, centradas
en los adultos, impiden el normal proceso de aproximación al conocimiento.
La premisa que tiene mayores seguidores es la referida a que el tema debe
ser abordado por la familia. En la realidad, esto no sucede porque la
familia, es decir, los padres, no saben cómo abordar su propia
sexualidad.
Esta situación ha impedido que nuestras/os jóvenes reciban
información que les permita disfrutar de una sexualidad sana y
afectiva. Tampoco ha logrado reducir los índices de embarazo adolescente
o fomentar la prevención de enfermedades de transmisión
sexual (ETS) incluyendo al VIH/SIDA.
En este sentido, las JOCAS -Jornadas de Conversación sobre Afectividad
y Sexualidad- permitieron al menos aproximar la temática de la
sexualidad a los establecimientos educacionales.
Sin embargo, no lograron permear las normativas establecidas, en torno
a permitir el acceso de las/los jóvenes a la sexualidad. En su
continuidad, podemos mencionar al proyecto FONDEF Contacto, sexualidades
en conversación como intento para la implementación
de metodologías y perspectivas abiertas, progresistas20 .
Si diéramos espacio a estas iniciativas, si nos enfrentáramos
a un programa de educación sexual asertivo, el juicio social sobre
las personas con VIH/SIDA -y específicamente sobre las mujeres
viviendo con el VIH/SIDA- sería distinto, partiendo por permitírseles
el derecho a la existencia social.
Si abordáramos la educación sexual desde la sexualidad y
no desde la genitalia, los programas de prevención serían
más eficientes y eficaces, toda vez que se demostraría que
la sexualidad no es, ni tiene relación sólo con el sexo
penetrativo.
Si compartimos con nuestras/os jóvenes el hecho de que el desarrollo
psicosexual tiene que ver con una variedad de procesos que configuran
la identidad del/la sujeto, podremos cambiar los paradigmas de la genitalia,
que corresponde a un paradigma que impide un desarrollo psicosexual pleno
y que impide el autocuidado, el embarazo adolescente y la adquisición
de E.T.S. y específicamente el VIH.
En nuestros días, la manifestación de la sexualidad ocupa
un lugar importante dentro de la vida cotidiana. El cuidado por desarrollarla
en forma libre y plena se hace cada vez más evidente y necesario
en la civilización moderna, lo que implica un desarrollo psicosexual
natural, que de ser perturbado -como sucede al no contar con Programas
de Educación Sexual eficaces y eficientes, a la vez que innovadores
y transformadores- puede inducir a una muerte social, donde la persona
no desarrollará vínculos de intimidad imprescindibles para
los efectos de integridad personal.
Lo que hemos hecho es instalar y articular estrategias que regulan y administran,
con gran eficiencia, el tipo de prácticas prescritas y proscritas
del orden sexual para nuestra cultura. Así se han creado, en buena
medida, los modelos sexuales paradigmáticos frente a los cuales
hay que responder a través de las normas morales o jurídicas,
tornándose parte de nuestra identidad y subjetividad21 .
Hemos creado un discurso de contrapunto no sólo prohibitivo, sino
prescriptivo, que divide tajantemente a la sexualidad en buena y mala.
La primera es ejercida sólo dentro del matrimonio con fines procreativos.
La segunda se configura fuera de este ámbito, sin motivos procreativos
y está relacionada con escenarios abyectos y siniestros.
Simultáneamente, se magnifican las escenas de violencia, temor,
vergüenza e indecencia que se dirigen al cuerpo, específicamente
al de las mujeres, a sus sensaciones y emanaciones, asociándose
a su vez con las significaciones de perversidad, promiscuidad y maldad.
De esta forma, el placer y el deseo se constriñen dentro de funciones
sociales enaltecidas, tales como la maternidad y el cuidado de los otros.
Esta construcción cultural de la sexualidad se instala de diversas
maneras en torno al cuerpo; por ejemplo, la construcción genérica
niega, en general, las sensaciones y curiosidad corporal en la infancia,
así como el despertar de la pubertad, especialmente el despertar
femenino. No se acepta que la sexualidad, como necesidad interna, está
presente y quiere expresarse desde el autoerotismo o junto al otro/a.
Se crea una imagen disociada de un cuerpo inmaculado o satanizado, aceptando
sólo la perspectiva del cuerpo natural.
Esta conducta internalizada en la memoria ha provocado una serie de intervenciones
terapéuticas, por la presencia de conductas normadas como perversas
en los niños/as que han mostrado sólo el descubrimiento
del placer del cuerpo. Lo sorprendente es la conducta que tienen sus profesores/as
sobre estos niños/as que muestran su sexualidad.
En los profesores/as permanecen resabios del imaginario social de sus
antecesores en torno a la sexualidad. Los profesores/as son llamados/as
a la prevención desde los valores morales validados y preservados
en la cultura moderna. Desde este lugar, los profesores/as juzgan y condenan
a sus niños/as y jóvenes por las conductas presentadas.
Esta realidad nos conduce a pensar en la necesidad de reflexionar sobre
la integración de diversos enfoques y abordajes sobre la sexualidad
y las sexualidades en el currículo de la Formación Inicial
Docente, para así promover una Educación Sexual eficaz,
eficiente y afectiva, que responda a las demandas que en la cotidianidad
del aula se presentan; que permita a los niños/as y jóvenes
acceder a una información más asertiva y no a aquella información
que hoy reciben a través de los medios de comunicación,
cuyo eje es la genitalia.
Frente a este escenario, tenemos una tarea pendiente en relación
a nuestros estudiantes; en relación al manejo de la educación
sexual. Debemos abrir una discusión en el marco de la Universidad,
para generar o para poner una voz de alerta que conlleve el desarrollo
de programas de prevención coherente con los datos que confirman
que nuestros/as jóvenes acceden a la sexualidad cada vez a edad
más temprana.
Es preciso reconocer que ni con los Objetivos Fundamentales Transversales
hemos logrado romper las barreras culturales, exponiendo a nuestra juventud
a una gran vulnerabilidad, frente a la posibilidad del embarazo adolescente
y el contagio de ETS y del VIH/SIDA, no sólo a través de
prácticas sexuales, sino en general en una vida marcada por el
riesgo.
*Patricio
Escorza W. es sicólogo y profesor de Biología y Ciencias
Naturales. Magister en Estudios de Género y Cultura en América
Latina. Es director de Educación de la Corporación
Educacional ORT-Chile, e imparte las cátedras de Psicología
del Desarrollo y Psicología Educacional, además de
las asignaturas de Práctica I y II en la Facultad de Filosofía
y Educación en la Umce.
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