Mario Leyton Soto
Antecedentes
En términos generales, los sistemas educacionales
en América Latina, durante las últimas cuatro décadas,
han logrado una expansión cuantitativa que ha favorecido a vastos
sectores de la población no incorporados a los beneficios de
una educación escolarizada. Decenas de millares de niños
y niñas se han beneficiado con estas políticas de mayor
equidad en los países de la región, incluidos Chile, lo
que implicó masificar las aulas escolares.
Sin embargo, la cobertura plena agudizó los problemas de calidad
detectados desde antes de la década de los 60. En efecto,
se producen desequilibrios serios, no sólo por la cantidad de
alumnos que cada profesor debe atender en una sala de clases, sino también
por la heterogeneidad y diversidad social, cultural y económica
de estos estudiantes, que reducen las posibilidades de ofrecer una educación
de igual calidad, que cada uno merece y que debe ser garantizada por
los sistemas educacionales.
La calidad de la educación, sin exclusiones, sigue siendo un
problema angustiante y una quimera para los sectores más pobres
de la mayoría de los países de la región. Muchos
son los factores que afectan la oferta pedagógica, cuyas expresiones
más significativas son las altas tasas de deserción, repitencia
y niveles de aprendizaje extraordinariamente bajos en comprensión
lectora y procesos matemáticos, herramientas fundamentales para
el desarrollo cognitivo e integral del educando.
En el caso de Chile, estos niveles de aprendizaje, medidos a través
de la Prueba SIMCE por ejemplo, son comparativamente muy bajos en relación
a los de otros países y especialmente a los de sectores socioeconómicos
más bajos. Ahora bien, en mediciones internacionales como la
Prueba PISA, la situación es más crítica, por cuanto
entre 38 países ocupamos el lugar 35.
Estos datos indicarían que el sistema educativo funciona al revés
de lo esperado, produciendo serios efectos en nuestro desarrollo social
y económico.
El
currículum con que se ha enfrentado esta situación, en
la mayoría de los países en términos generales,
ha continuado siendo un currículum homogéneo, rígido,
inflexible, centrado en las asignaturas y transmitido vertical y autoritariamente,
por lo general en forma verbalista a todos los alumnos por igual, debido
a que, en gran medida, los profesores no han sido formados ni capacitados
para enfrentar la nueva realidad que significan clases heterogéneas
y masivas.
Ello se debe, como se reconoció en el Seminario, a que la formación
docente adolece de los mismos defectos del sistema educacional: teórica,
enciclopédica, disfuncional e impertinente y metodológicamente
reproductora del modelo memorístico, pasivo, autoritario de las
escuelas y que no se ajusta a la nueva realidad que afecta a los sistemas
educativos.
Esta nueva realidad se denomina globalización, que
-en términos breves- implica el desarrollo de valores, principios
y conocimientos requeridos para sobrevivir en un mundo cada vez más
interconectado y universalizado que, gracias a los avances tecnológicos
de la comunicación, está más cerca de nosotros,
formando parte de nuestro quehacer cotidiano.
Este mundo de lo universal, hoy día convive con la diversidad
de los mundos propios de las personas, en un contexto familiar, social
y cultural que se ve al mismo tiempo amenazado y enriquecido con visiones
de otros mundos, con seres humanos que a pesar de las diferencias son,
en esencia, iguales a nosotros.
No obstante, la amenaza a nuestra identidad persiste y particularmente
a nuestras culturas, muchas de ellas propias de nuestros pueblos originarios,
poseedores de riquísimas culturas.
EL NUEVO PERFIL DEL DOCENTE
Para enfrentar los desafíos que implica la situación
educativa y la globalización, será necesario redefinir,
en primer término, el nuevo perfil del docente, en función
también de las tendencias curriculares vigentes que se proyectarían
bien entrado el siglo XXI y que se caracterizan por la descentralización
y la autonomía de las unidades escolares, currículos diversificados,
flexibles y abiertos, orientados por el concepto de necesidades básicas
individuales y sociales, pertinentes con el entorno cultural, adecuado
a las modernas tecnologías de la comunicación, al desarrollo
científico y tecnológico y del conocimiento y la cultura
universal; una malla curricular permeabilizada por objetivos transversales,
tendientes a desarrollar valores de identidad, solidaridad, justicia,
democracia, tolerancia en base a temáticas de derechos humanos,
medio ambiente, salud, trabajo y otros.
De acuerdo con este nuevo currículo y de quienes hacen propuestas
educativas para el siglo XXI, el rol del nuevo docente está
en el epicentro de la transformación educativa.
El docente del nuevo milenio no será el maestro instructor ni
el maestro enciclopedista del pasado, sino que será un profesional
que percibirá su rol como provocador y facilitador de aprendizajes
y que asume su misión, no en términos de enseñar,
sino más bien de lograr que sus alumnos aprendan; el profesional
que está en capacidad no sólo de interpretar y aplicar
un currículo, sino de recrearlo y construirlo él mismo;
que está preparado para identificar la variedad de opciones pedagógicas
y de contenido que se le presentan, a fin de optar por la más
adecuada a cada circunstancia, a las particularidades de su grupo de
alumnos y del tema tratado (Contreras 1990); que es capaz de elaborar,
cooperativamente, un proyecto educativo y un proyecto pedagógico
para su escuela; que sabe buscar y seleccionar información; que
es capaz de identificar las necesidades básicas de aprendizaje
de sus alumnos y convertirlas en curriculo para la enseñanza;
que sabe organizar el trabajo en grupo entre sus alumnos y participar
y cooperar él mismo en el trabajo grupal con sus colegas; que
tiene la capacidad para reflexionar crítica y colectivamente
sobre su rol y sobre su práctica; en fin, el profesor que
toma decisiones, investigador en su aula, alguien que resuelve problemas,
que opta ante dilemas, intelectual y crítico (Gimeno Sacristan,
1992: 83).
DOS DICOTOMÍAS QUE AFECTAN A LA FORMACIÓN
DOCENTE
Para el desarrollo del nuevo perfil será necesario
que la formación docente logre superar una serie de falencias
y dicotomías que la han afectado en el pasado y que, por los
análisis hechos en la Comisión de Currículum del
Seminario, continúan afectándola. Entre las consideraciones
destacan ser: desactualizada, teórica, enciclopédica,
demasiadas asignaturas, demasiado corta o demasiado larga, desfasada
de la moderna tecnología, compartamentalizada, aislada de la
realidad; dicotomizada entre contenidos y sujeto de aprendizaje, formación
general y pedagógica; entre contenidos y métodos; entre
teoría y práctica; entre entrenamiento y formación;
entre enseñanza y aprendizaje; entre formación inicial
y en servicio; entre formación profesional y práctica
y muchas otras.
Durante el Seminario se sostuvo que para mejorar la formación
docente en nuestros países, deberían enfrentarse por lo
menos dos de estas dicotomías, que serían las que más
afectan su calidad y pertinencia: contenido - sujeto de aprendizaje
y teoría - práctica.
CONTENIDO - SUJETO DE APRENDIZAJE
Esta dicotomía, que responde al qué
y al por qué del currículum y que se ha extendido
a lo largo de la historia de la pedagogía, estuvo presente también
en el Seminario, como lo ha estado en todos los eventos educacionales
de los años recientes. En efecto, desde Platón y su República,
los educadores se han preguntado si los contenidos de las diferentes
disciplinas tienen un fin en sí propio, o son un medio para apoyar
el desarrollo integral de los seres humanos, que participan en un proceso
formal de aprendizaje.
Por siglos, la controversia se resolvió a favor de los contenidos
y lo importante que era formar en las escuelas, colegios y universidades
hombres sabios conocedores de toda la gama del saber acumulado
por la humanidad.
A los sostenedores de esta posición se les llamó escencialistas.
Así surgieron currícula cargados de un número importante
de asignaturas o disciplinas, que el educando debía aprender
en sus más mínimos detalles. No importaba el sacrificio
o esfuerzo que ello implicaba para el sujeto alumno. Ello, se consideraba
parte importante en la formación del carácter, como diría
J.F. Herbart en su libro Teoría general de la Educación.
Esta postura, en cierto sentido, ha estado representada en las últimas
décadas por el paradigma racionalista académico que asigna
un rol activo al profesor en el proceso de enseñanza aprendizaje.
Este centra su actividad en la enseñanza, en tanto que el alumno
juega un rol pasivo de recipiente de la información que expone
el profesor. Esta relación básicamente vertical y frontal,
por lo general es dada a grupos masivos de alumnos en un aula, sin considerar
mayormente sus diferencias individuales y son sometidos a evaluaciones
periódicas, más con fines de control, que de formación.
Para revertir esta situación, en la que el educando es más
objeto que sujeto de aprendizaje, emergieron planteamientos en el sentido
que el educando sea más un sujeto, responsable de sus aprendizajes.
En efecto, eminentes educadores a lo largo del tiempo han hecho importantes
contribuciones en este sentido y a ellos se les ha llamado educadores
progresistas por hacer aportes importantes para centrar
el proceso educativo en el sujeto alumno.
Para esta corriente de pensamiento, los contenidos de las diferentes
disciplinas constituyen elementos importantes al servicio del desarrollo
integral del ser humano. El movimiento de la Escuela Nueva que emergió
a fines del siglo XIX en Europa, y que tomó fuerza en los Estados
Unidos a partir de los primeros años del siglo XX, hizo suyo
este paradigma curricular. La Escuela Activa posteriormente asumió
estos principios en que el alumno sujeto de aprendizaje es el eje sobre
el cual debía girar el proceso de enseñanza y en el que
el profesor sirve de guía como facilitador del aprendizaje del
alumno.
La controversia entre escencialistas o tradicionalistas,
comprometidos con un curriculum para formar a los alumnos en sabios
y los progresistas, con la formación de alumnos reflexivos,
cuestionadores y reformadores de la realidad circundantes, parecía
haber terminado a favor de esta última posición, como
una verdad tan obvia que no merecía mayor debate.
No obstante, el escencialismo en educación ha probado
ser más resistente a los cambios que lo esperado, y la controversia
que se creía cerrada en la década de los 50 ha vuelto
a reaparecer en nuestros días, rompiendo el equilibrio a favor
de las disciplinas y sus contenidos, como fundamentales proveedores
de competencias requeridas para enfrentar los desafíos de la
modernidad y la globalización.
Esta situación se refleja en los curricula de los sistemas educativos
actuales y en los procedimientos e instrumentos de evaluación,
nacionales e internacionales que se están aplicando. Ahora bien,
siendo realistas, el escencialismo nunca ha desaparecido del todo, y
siempre ha tenido presencia en las aulas escolares porque ofrece a los
profesores mayor seguridad para trabajar, por cuanto la organización
lógica de las disciplinas facilita la planificación de
las actividades de enseñanza. Pero ello no ha contribuido a mejorar
la calidad de la educación en una realidad educacional y social
tan compleja como la actual.
Por la misma razón, el escencialismo se ha mantenido vigente
en las instituciones formadoras de docentes a lo largo de nuestro continente,
estimulando la controversia entre quienes defienden las disciplinas
y quienes defienden el proceso formativo de los alumnos, como acción
pedagógica.
En efecto, en las instituciones formadoras de docentes, en la mayoría
de los países, esta controversia constituye hoy día, desafortunadamente,
una dicotomía profunda, un distanciamiento que no ha sido superado
entre las unidades que entregan los contenidos disciplinarios y las
unidades responsables de la formación pedagógica, que
tratan de aplicar nuevos enfoques epistemológicos. Las consecuencias
son obvias y afectan tanto la formación académica, como
pedagógica de los futuros docentes.
LA DICOTOMÍA TEORÍA - PRÁCTICA
La
dicotomía entre teoría y práctica ha sido por largas
décadas motivo de discusión y análisis en las instituciones
que forman docentes, sin llegar a una solución equilibrada y
útil para mejorar la educación de nuestros niños.
En efecto, una de las quejas más persistentes y generalizada
a lo largo de los años, en los diferentes países de la
región, ha sido que la formación docente es teórica,
alejada de la realidad del docente en el aula y ajena al contexto socio-cultural
del educando. Se ve a las instituciones de formación docente,
Universidades y Escuelas Normales como torres de marfil, enclaustradas
en discusiones académicas sobre esquemas conceptuales y enfoques
curriculares teóricos, que no logran aterrizar en acciones concretas
conducentes a aprendizajes significativos.
Por su parte, las Universidades, salvo algunas excepciones, parecieran
considerar que los procesos de enseñanza aprendizaje, desarrolladas
en las salas de clases del sistema educacional, son un fenómeno
que no les atañe y que es función de los Ministerios de
Educación preocuparse por lo que sucede en las aulas escolares,
y que para ello cuentan con programas de perfeccionamiento, supervisiones,
asesorías y directrices en cantidad y calidad suficiente para
asumir dicha tarea.
Es una manera poco comprensible de las instituciones formadoras, de
desvincularse de la responsabilidad profesional, de dar apoyo y seguimiento
a sus egresados. La realidad es que existen responsabilidades en ambos
sentidos: las instituciones formadoras y los Ministerios, por no haber
diseñado de común acuerdo, estrategias que permitan integrar
la escuela y el aula como parte esencial y permanente en el proceso
formativo de los futuros docentes.
Lo anterior indica que es necesario explorar mecanismos y procedimientos
diversos para producir la integración entre teoría y práctica.
Uno de estos mecanismos podría ser la práctica docente
que debe realizar cada estudiante antes de titularse.
En tal sentido, la práctica docente debe, en primer término,
ser considerada como parte esencial inherente al proceso formativo del
docente y no como un elemento o aspecto secundario o ajeno al mismo.
Esta práctica debe iniciarse al momento mismo en que el futuro
docente ingresa a su proceso de formación, para lo cual existen
múltiples experiencias que han dado buenos resultados en otras
profesiones como medicina, ingeniería, agronomía, etc.
Por consiguiente, la práctica docente debe ser paralela a la
entrega de los conocimientos académicos especializados y realizarse
desde el primer año en escuelas comunes y corrientes, como ya
sucede en algunos países de la región. El profesor practicante
debe estar en permanente contacto con los problemas reales de la escuela
y la comunidad y aquellos que se presentan en el proceso de enseñanza
aprendizaje del aula.
En estas circunstancias, el diálogo académico y humano
del aspirante a profesor con los docentes del establecimiento pueden
constituir una de las instancias más significativas y productivas
de su formación.
En el mismo orden de pensamiento, deberían programarse periódicamente
encuentros entre los formadores de docentes y profesores de las escuelas,
para analizar estrategias que permitan traducir en aprendizajes efectivos
las enseñanzas teóricas que se imparten en las aulas universitarias.
En tal sentido, también deberían aprovecharse los cursos
de perfeccionamiento de los docentes en servicio, ahora ejecutados por
las universidades en la mayoría de los países. En ambos
casos, los formadores de formadores, también se beneficiarían
al estar en contacto de esta manera con los problemas reales de enseñanza
que enfrentan los profesores de aula.
Finalmente, y, por ello no menos significativo, es la conceptualización
que se tenga de lo que constituye la práctica docente, no sólo
como parte integral del proceso de formación inicial de los docentes,
sino de manera permanente en el ejercicio de la profesión en
el aula. En este contexto, la práctica debe entenderse como un
proceso permanente de reflexión de la teoría en la acción,
siendo ésta la única forma de que se integren ambas, la
teoría y la práctica.
LA FORMACIÓN DOCENTE COMO ENFOQUE SISTÉMICO
Para superar las dicotomías existentes en la
formación docente ésta debe, por consiguiente, enfocarse
sistémicamente en el contexto de la formación permanente
de acuerdo a una organización curricular interdisciplinaria e
integral, holística, flexible y abierta para adecuarse a diversas
situaciones y condiciones.
En este sistema de formación docente, la formación inicial
y en servicio deben ser vistas como partes de un mismo proceso, relevante
a las necesidades del país y autorregulado. Igualmente, tal como
se deben articular vertical y horizontalmente los diferentes niveles
del sistema educativo desde la parvularia, se deben articular la administración
y el currículum de la formación docente, para garantizar
coherencia y continuidad entre los diversos niveles y modalidades de
formación.
Es particularmente importante la vinculación entre parvularia
y primaria para facilitar el desarrollo de las potencialidades pedagógicas,
ofreciendo, a través el profesor primario o básico, aprestamiento
y estimulación temprana a toda la población escolar, y
en especial a los niños de los sectores más pobres, que
de otra forma no podrían recibirla.
FUENTES Y ESTRATEGIAS PARA LA FORMACIÓN DOCENTE
Durante el Seminario, se llegó a la conclusión
de que además de enfocar sistémicamente la formación
docente, era necesario -para superar las deficiencias actuales- considerar
acciones en el ámbito de las fuentes, como de las estrategias
y modalidades.
En primer lugar, se deben analizar otras fuentes de aprendizaje para
los maestros. Una primera consideración es que existen, además
de la formación sistémica, otras instancias y lugares
donde el maestro aprende a enseñar. Uno, por ejemplo, es el propio
sistema educacional, la escuela y/o colegio.
La
calidad de la educación recibida en estas instancias, en gran
medida, define la calidad del futuro maestro desde el punto de vista
del dominio de conocimientos, como de la metodología, porque
el aula escolar constituye un poderoso «modelo pedagógico»
al cual el profesor tiende a imitar cuando inicia su trabajo. Por ello,
el modelo pedagógico tradicional, memorístico, enciclopédico
y selectivo se reproduce con tanta facilidad, a pesar de una formación
inicial innovadora, lo cual indica la necesidad de enfocar las reformas
educacionales de manera sistemática, del sistema educacional
en conjunto, y a partir de la práctica, de la realidad en las
aulas.
La «práctica pedagógica, insistimos, debe
ser considerada como parte integral del proceso de formación
del docente y no sólo como un requisito burocrático más
para titularse. Además, debe ser enfocada como instancia de reflexión
y sistematización sobre la propia práctica y, por lo tanto,
una fuente de aprendizaje continuo.
En segundo lugar, desde el punto de vista del tipo y modalidades de
formación, se hicieron presentes sugerencias como los siguientes:
Primero: debe ser considerada como un proceso continuo, que se realiza
a través de varias instancias (el sistema escolar, la formación
docente, la práctica y la autoformación). Un enfoque estratégico
que elimine las disyuntivas tradicionales: formación inicial/
en servicio; carácter general/ especializado; saber la materia/
saber enseñar; teoría y práctica; contenido/ método,
etc. y trabajar en base a prioridades, secuencia y combinaciones más
adecuadas.
Segundo: considerar como punto de partida en la formación de
los docentes, las necesidades, intereses y demandas de los propios profesores
y progresar a partir de ellas. Esto es particularmente importante en
el perfeccionamiento en servicio, si se considera la gran cantidad de
experiencias prácticas y conocimientos de los docentes, muchos
de los cuales son de gran valor para superar los problemas educativos
de los pobres.
Tercero: la formación docente debe diversificarse y abrirse a
las nuevas posibilidades que ofrece la investigación y la tecnología.
Se deben utilizar estrategias combinadas para atender poblaciones heterogéneas,
especialmente de los sectores marginados. Igualmente se deben aprovechar
experiencias exitosas y constatar en terreno el cambio de funcionamiento
como fuente inspiradora más que replicadora.
Cuarto: la formación docente debe considerarse como un proceso
permanente de reflexión-acción. Reflexión del maestro
sobre su papel, las visiones de sí mismo, sus formas de enseñar
y de relacionarse con alumnos, maestros y padres de familia. Juegan
un papel importante, técnicas que permitan promover la autorreflexión,
la libre expresión, la comunicación espontánea,
el distanciamiento respecto de sí mismo, la crítica y
la autocrítica, historias de vida, técnicas grupales de
reflexión y análisis, etc.
Quinto: el interaprendizaje entre los docentes también es una
modalidad de formación docente que tiene cada día más
adeptos por su gran valor, porque permite estrechar lazos que son fundamentales
para un trabajo integrado y cooperativo, y romper el aislamiento e individualismo
de la tarea docente, causa importante en la aplicación de modelos
tradicionales compartamentalizados y reduccionistas del proceso pedagógico.
Para ello, se deben crear las condiciones apropiadas, en el calendario
y el ámbito escolar para que funcionen los talleres correspondientes.
Sexto: el aprendizaje autónomo y auto-aprendizaje es otra modalidad
que debe ser incorporada como parte importante en la malla curricular
de la formación docente, como hábitos, habilidades y actitudes
a desarrollar en forma sistemática y permanente. Sólo
los maestros que tienen autonomía de aprendizaje pueden transmitirla
a sus alumnos y formar hábitos verdaderos de aprender a aprender
por sí mismo.
Séptimo: finalmente, debe hacerse de la formación docente
y de los niños una tarea alegre, en ambientes informados, distendidos
y ajenos a la desconfianza. Aprender jugando, cantando, riendo, bailando,
etc., se abre camino como una forma práctica y significativa
de aprendizaje.
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Mario Leyton S. es
profesor de Estado en Historia, Geografía y Educación
Cívica; Master of Arts en Educación y Diploma de Estudios
Avanzados de la Universidad de Chicago. Actualmente es director
del Programa de Magister y miembro de la H. Junta Directiva de la
Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. |