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REVISTA N° 12
FORMACIÓN A LO LARGO DE LA VIDA:
De la óptica de la competencia a la cooperación humanizadora
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La problemática central de los modelos educativos en nuestros
países es que a pesar de reconocer la urgencia de transitar
a un proceso de cambio: aprender y enseñar, ese conocimiento,
en la práctica, mantiene una resistencia para realizar los
cambios que se están requiriendo.
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Guillermo Arancibia Canales
La
sociedad actual se desenvuelve en un marco de rápidos y acelerados
cambios sociales, económicos y tecnológicos que se hacen
presente en las esferas administrativas, técnicas, políticas,
culturales y educacionales, que obliga a las personas a desarrollar
habilidades y capacidades de actuar en un contexto de relaciones globales
diversas, dinámicas y complejas.
Sin embargo, los individuos se muestran incapaces de entender qué
está ocurriendo y de actuar en dicha complejidad, inquietud y
problemática que ha afectado a todas las áreas del hacer
humano y en especial a la educación (Morin, 2002), introduciendo
factores de complejidad e incertidumbre, que se expresan en la rapidez
de los cambios.
Estas transformaciones requieren respuestas diferentes, procesos innovadores,
aprendizajes de nuevas destrezas, nuevos conceptos, etc. Así,
en el campo de la enseñanza, el foco principal se traslada a
las ideas más profundas y fundamentales (Brunner,
1997) -objeto de la educación- para aproximarse al aprender a
aprender de las personas, como plataforma que posibilite encaminarse
a un aprendizaje eficaz y profundo, proyectándose en toda su
vida como sujetos en proceso de permanente construcción y reconstrucción
de su aprendizaje.
La tendencia actual de continuas revisiones curriculares es una prueba
de esa realidad cambiante, donde se ensayan día a día
respuestas metodológicas diversificadas, centradas en los procesos
de enseñar del docente y el aprender del estudiante.
Estas revisiones están fundadas en los estilos cognitivos del
estudiante y del profesor, en las estrategias de aprendizaje, y en los
usos de las nuevas tecnologías de información digital.
Su carácter es complejo porque relaciona contenidos, actividades,
comunicación y recursos para configurar una respuesta al cómo
enseñar para el aprender eficaz del estudiante, que algunos autores
llaman ingeniería docente(Solar, 1998).
La problemática central de los modelos educativos que se han
venido aplicando en nuestros países, es que a pesar de reconocer
la urgencia de transitar a un proceso de cambio -importante en cuanto
a sus formas de producir el conocimiento-, aprender y enseñar,
ese conocimiento en la práctica mantiene una resistencia para
hacer los cambios requeridos.
Más allá de las orientaciones de las políticas
educativas de cada país, la dificultad se traslada a las formas
de expresión de las concepciones educativas imperantes en las
escuelas, centros educativos y universidades de formación pedagógica,
donde persiste un paradigma educativo que no da cuenta de los grandes
desafíos de una sociedad que se torna compleja en todas sus esferas,
que demanda ciudadanos capaces de lidiar con esa complejidad, de asimilarla,
de hacerla parte de su modo de vivir y de hacer, de administrarla, de
organizarla y reorganizarla.
Así también es la formación de sujetos con habilidades
de aprender con cada desafío que enfrenta en una sociedad que
cambia en cada momento, producto de las diferentes interpretaciones,
acciones, producciones, elaboraciones y reconstrucciones que expresan
la capacidad transformadora del hombre que se manifiesta de forma individual
o grupal (Freire, 1973). Esto hace que la realidad de hoy sea incierta,
careciendo de patrones predecibles o inmutables (Morin, 2002; Moraes,
1998).
No obstante, la preparación de individuos para aprender a lo
largo de la vida ha tenido una respuesta centrada en criterios preferentemente
económicos y técnicos, que han privilegiado el crecimiento
financiero de carácter internacional, con alianzas estratégicas
supranacionales, dejando obsoleta la idea de país o nación,
concebida en la década de los sesenta y setenta.
Hoy en día, es muy común presenciar grandes conglomerados
económicos financieros que se han instalado como un nuevo orden
social, representando los intereses de los países más
desarrollados, y que los otros países han ido aceptando como
única forma válida de mantenerse vigentes, ejemplo: Fondo
Monetario Internacional, Banco Mundial, o la Comunidad Europea, como
expresiones de la globalización económica.
El modelo de sociedad que esta globalización económica
ha ido imponiendo está centrado en el mercado financiero, como
único criterio válido y rector de las relaciones entre
los países, entre las organizaciones, entre las instituciones
y las personas; implicando cambios culturales, sociales y educacionales
de gran magnitud.
La sociedad actual, atravesada por estos criterios, ha empujado cambios
sociales y educativos desde la década del sesenta. Desde el llamado
progreso social, que en el plano de la formación
se hacía parte de una visión social, humanista y permanente
de la educación de los sujetos, hacia una visión financiera
económica y realista de producción de competencias,
como fórmula para dar mayores oportunidades de empleo a los sujetos
(Canario, 2001).
Así, el ciudadano de hoy opta por incorporarse a procesos educativos,
como condición para lograr posibilidades de trabajo o empleabilidad,
y consecuentemente, se han ido expandiendo las opciones de ofertas educativas
realizadas por diferentes instituciones educacionales para cubrir dichas
demandas.
En este contexto, el rumbo que están tomando los programas de
formación en general, en especial de adultos, se está
limitando a dar una certificación de aspectos operativos instrumentales
como logros, que apenas valida la incorporación de las personas
a un eventual mercado del trabajo.
La problemática del desempleo intenta ser solucionada por la
vía de paquetes de actualización o formación específica
para habilitar al mundo laboral, donde el sujeto es colocado como un
elemento más de la cadena del mercado financiero para competir
día a día por su locus de trabajo.
Para caracterizar mejor esta problemática, a continuación
se describen dos propuestas educativas que podemos encontrar en nuestros
países latinoamericanos, y que dan cuenta de este criterio de
certificación: lifelong certification (Valente, 2002),
como modelo de actualización de adultos y de habilitación
para competir por un trabajo a lo largo de su vida.
El Programa de Educación Continua y a Distancia del Instituto
Politécnico Nacional de México cuenta con una red de Centros
de Educación Continua a lo largo del país, con doce centros
equipados con sofisticados sistemas de telecomunicaciones vía
satélite, que tiene por objetivo fundamental atender las
necesidades de capacitación, actualización y especialización
tecnológicas nacionales más urgentes, y contribuir al
desarrollo científico y tecnológico de las diversas regiones
del país, (...) actualización y superación de los
profesionales y técnico insertos en el campo laboral (http://www.decont.ipn.mx,
mayo 2002).
Al revisar la información publicada en Internet, los resultados
presentados sólo dan cuenta de aspectos de cobertura, tipos de
cursos, cantidad de personas calificadas, ingresos y egresos financieros.
Sobre los procesos educativos vivenciados desde el año 1994 no
dispone de información, pese a que su presentación señala:
la educación es pilar indiscutible para el desarrollo científico
y tecnológico, siendo además el instrumento por excelencia
de la sociedad para resguardar su identidad nacional, inculcar los valores
democráticos y fomentar una población laboriosa y productiva.
Otro ejemplo que permite identificar el sentido que las instituciones
educacionales y gubernamentales están realizando en la formación
de adultos para el campo laboral es el Programa de Educación
y Capacitación Permanente de Chile, que cuenta con la participación
de los Ministerios de Educación, del Trabajo y Previsión
Social y, Economía, y el apoyo del Banco Mundial, que promueve
el desarrollo de proyectos de formación y actualización
de docentes técnicos como una estrategia de mejoramiento
de la calidad y pertinencia de la formación técnica
(Seminario Internacional, 2001).
Una de las orientaciones de este programa, dada por el entonces subsecretario
de Educación, José Weinstein, señala: creemos
que las competencias que se requieren para formar técnicos, en
cualquier nivel, incluyen el desarrollo de la persona y competencias
de orden general, pero tiene una especificidad propia, que combina conocimientos
y actuaciones; aprendizajes en sitios que no son instituciones educacionales,
sino productivas y de servicios; enseñanza y aprendizaje que
consideren las expectativas de los sectores productivos, del trabajo
y del Estado; competencias para el aprendizaje permanente y autónomo
y para el aprendizaje compartido en el trabajo (...). La pedagogía
técnica tiene un currículo y una didáctica propia
y está llamada a ser un medio privilegiado para la educación
y actualización técnica a lo largo de la vida de las personas
(Seminario Internacional, 2001).
Otra orientación de esta iniciativa gubernamental de formación
chilena es explicada por el coordinador del programa, Carlos Concha,
quien define los propósitos del Programa: generar un piso
de formación general en la población nacional, que le
permita efectivamente insertarse en el mundo de hoy (...), eso se traduce
en mejorar la calidad de la formación de técnicos, pero
también en generar condiciones de actualización permanente
o de adaptación a los cambios que el mercado del trabajo pone
y, por tanto, lo principal es centrar los esfuerzos en la mejoría
de la calidad de la formación de recursos humanos (Seminario
Internacional, 2001).
También propone construir un sistema de educación
permanente para que las personas progresen en sus formación
y actualización orientada a la obtención de nuevas oportunidades
laborales, e inclusión para sectores de la población que
han estado al margen de la educación, de la capacitación,
y como vía para completar su escolaridad -en referencia a que
el 70% de la población no la ha completado-.
Carlos
Concha delinea los servicios de este programa, en térmi nos
de lo que debe considerar:
· Un sistema de evaluación, re-examinación
de estudios básicos y medios, que permita a las personas
auto diagnosticarse, reconocer sus conocimientos y completar su
escolaridad.
· Un examen para que las personas en forma libre y flexible
comprueben sus competencias escolares básicas y medias recibiendo
una certificación. La flexibilidad apunta a que las personas
completen su escolaridad en los horarios que ellos tengan y dispongan,
dentro de un currículo modular.
· Abrir ofertas que combinen el completar los estudios y
la capacitación o formación de oficios para las personas
de más bajo nivel de escolaridad; y también para capacitación
de las micro y pequeñas empresas.
· El mejoramiento de la formación técnica.
Articular la preparación de nivel medio, técnico superior
y la formación de profesional universitario, formación
técnica vinculada con el sector productivo, al desarrollo
de carácter local o regional y la existencia de ofertas institucionales
de formación de docentes técnicos. Todo dentro de
un marco que considere, mantener vigente la empleabilidad de las
personas, el progreso en su vida laboral y la calidad de los aprendizajes
de los estudiantes
· Disponer de sectores productivos con competencias laborales
definidas para posibilitar un marco para la educación y capacitación
permanente, además de trabajadores con competencias certificadas,
es decir, disponer de mecanismos de evaluación una vez definidas
las competencias laborales. |
Las iniciativas de formación de adultos, tanto
mexicana como chilena, están inspiradas en dar respuesta al tema
de la actualización, capacitación, mantención del
empleo o generar nuevas oportunidades de trabajo, preferentemente, a
través de la obtención de una certificación, tanto
de su escolaridad básica y media, caso chileno, como la certificación
de la actualización o perfeccionamiento de técnicos superiores
o universitarios, en el caso de ambas propuestas.
El programa chileno se acerca a una proposición de perfeccionamiento
y actualización de las personas, para prepararlas para la vida
en forma permanente, a través de la construcción de un
sistema de actualización continua y permanente basado en competencias
que deben ser acreditadas o certificadas por las personas durante todo
su período laboral.
Si bien al nivel de las orientaciones ministeriales hace ver que este
sistema debe preparar a las personas para la vida, relacionándolas
con la calidad de los aprendizajes que éstas deben alcanzar,
apenas señala que los programas de formación de cuadros
técnicos tienen una especificidad que los diferencia de otros
currículos de formación, no aclarando con qué énfasis
se incorporan en esta formación los fundamentos de una educación,
que siendo técnica, se haga cargo de criterios éticos,
morales, con sentido humano, sistémico, de un posicionamiento
epistemológico y democratizador sobre la forma de producción
del conocimiento.
Estos aspectos son más bien obviados, reafirmándose una
visión sesgada y reduccionista de la formación de personas
que aprenden para sí, para la vida y el mundo de trabajo.
Ambos programas colocan su acento en dar alternativas o nuevas oportunidades
laborales a las personas o posibilitar un campo de ocupación
laboral, dejando claro que están definidos por las condiciones
del mercado, y no necesariamente en términos del desarrollo de
las necesidades de las personas en cuanto sujetos que procuran su desarrollo
personal y humano (Moraes, 2002), y que están permanentemente
en proceso de construcción de conocimiento (Valente, 2002).
En ninguno de los casos, se profundiza sobre los aspectos de fondo de
la formación de sujetos que están aprendiendo, más
allá de dar respuesta condicionada por el mercado globalizado.
Así se reduce la formación de las personas a los aspectos
de la capacitación operativa, no incorporando la visión
de un proceso de capacitación integrador del sujeto, con sentido
de formación, que aprende para ser persona, con la integración
de valores, con la incorporación de una práctica y una
teoría que promueva la reflexión de sujetos en comunidades
de aprendizajes (aprendices y formadores) y ambientes tecnológicos
apropiados para la construcción de conocimiento a lo largo de
la vida de cada uno de sus integrantes (Valente, 2002), que entiende
que el lugar de trabajo es un sitio privilegiado para los eventos de
aprendizajes destinados a la capacitación permanente de los sujetos
en período laboral (Schlünzen, 2002).
Aunque el programa de Chile hace ver la necesidad de una capacitación
vinculada al ejercicio práctico en la empresa o fábrica,
no avanza en una concepción de una comunidad de aprendizaje de
carácter horizontal al que hacen referencia autores como Valente
y Schlünzen, donde el aprender del aprendiz es ser capaz
de utilizar su experiencia de vida y conocimientos ya adquiridos como
atributos de nuevos significados y en la transformación de la
información obtenida, convirtiéndola en conocimiento,
a partir de sujetos que aprenden bajo el modelo de cazadores activos
(Valente, 2002) y que proyectan en las diferentes etapas de sus vidas.
Este marco hace necesario re-pensar cómo los países hacen
posible la generación de personas con competencias, habilidades,
conocimientos y aprendizajes que les permitan vivir y actuar en un mundo
que cambia en el día a día y que se nos presenta a cada
paso del ser humano con múltiples contradicciones y alteraciones,
donde lo que hoy se ha pensado como cierto y aceptado, sólo tiene
validez relativa.
Asimismo, se requiere reflexionar respecto de una concepción
educativa que supere décadas de preparación, capacitación
y enseñanza para desenvolvernos en eventos y situaciones mas
bien estables, para encaminarse a superar la percepción de cambios
graduales, de ocurrencias lentas en el tiempo: superar una cultura del
aprendizaje del patrón homogéneo (Pozo, 2002).
Hoy,
la sociedad demanda sujetos que se hagan cargo individual y colectivamente
de esta incertidumbre, que construyan sus espacios vitales dentro de
un pensamiento como personas y que en sus diferentes espacios de actuación
sepan abordar y gestionar la naturaleza cambiante que se nos presenta
día tras día. Que sujetos y colectivos humanos, trabajadores,
profesionales, técnicos, padres, hijos, alumnos, etc. se piensen
y se conciban inmersos dentro de un sentido social, humano y vital de
relaciones complejas e interrelacionadas, inciertas y fundadas en procesos
de cambio permanente.
Personas que se preparan y ejercen en cada momento de sus días,
actuaciones de sujetos activos, reflexivos, productivos, creativos dentro
de su locus social y humano ejerciendo esos espacios de ser persona
con autonomía y determinación para sembrar y consolidar
un sentido de ciudadanos que desde su ser individual se proyectan para
formar parte de una sociedad democrática y esencialmente participativa
y de construcción de un ser verdaderamente ciudadano
(Morin, 2001).
Esta demanda, que surge del mismo hacer humano y que se instala como
demanda social, se vuelca hacia el ámbito educativo con diferentes
interpretaciones, miradas y perspectivas venidas desde los frentes sociales,
económicos y políticos.
La respuesta más inmediata ha venido desde el ámbito económico,
que fiel a una posición que se hace parte de una sociedad centrada
y pensada desde la tecnológico, busca recrear un modelo de sociedad
dicotómica, donde son algunos los que piensan y otros los que
están llamados a un hacer ya pensado y elaborado, donde el sujeto
toma un lugar secundario, de mero reproductor, reducido a un hacer por
el hacer y sin sentido para él mismo.
Las organizaciones empresariales han levantado los conceptos de eficiencia,
eficacia, modernización, mayor
producción, mayor venta y calidad.
Pero son muy escasas aquellas organizaciones que hoy están enfrentando
estos conceptos dentro de una concepción que busque develar,
entender y dar una respuesta, desde una nueva perspectiva más
humana, más social, con sentido de vida y profundamente cooperadora.
Esto, porque hacerlo no sólo implica una redefinición
de los conceptos de ganancia y eficiencia, sino una nueva forma de concebir
el hacer humano y social, que pasa por recolocar en el centro de las
diferentes decisiones al ser humano, como un ser que está dentro
de una esfera integral y cósmica, una esfera planetaria y relacional
(Moreas, 2002).
Esto rompe el paradigma acostumbrado, que hace ver a los sujetos como
potenciales objetos que son moldeables a las circunstancias elaboradas
por otros.
Esta incapacidad de mirar la realidad desde un filtro humanizador y
relacional ha llevado a poner en práctica modelos de modernización
productiva, donde su foco ha sido la capacitación instrumental
que prepara para el hacer sin reflexión, un hacer repetitivo
e irreflexivo, donde el aprendiz es sometido al rol de receptor
pasivo (Valente, 2002) para perpetuar la dicotomía de quienes
saben cómo se hace y por qué se hace, y aquellos que sólo
están limitados a conocer los aspectos formales y operativos
de ese hacer, desconociendo los fundamentos cognitivos para el hacer
conciente y conocedor de ese hacer (Canario, 2001).
Esta capacitación instrumental limita y frena las potencialidades
creativas y creadoras del ser humano, lo reduce a la esfera de un simple
ente económico, perpetúa el control social-político
del conocimiento y el control del poder en elites de carácter
global.
Es la profundización de la concentración (del conocimiento,
de lo económico y lo político) en todas sus esferas, que
sigue siendo fomentada por la mayoría de los modelos educativos
vigentes en nuestros países, a pesar del discurso educativo centrado
en la democratización del conocimiento y el saber que éstos
dicen estar consolidando. Es una contradicción entre el discurso
y la práctica que permea todos los espacios del hacer contemporáneo,
que olvida sistemáticamente la discusión principal de
nuestro tiempo, una nueva epistemología del conocimiento, en
una dimensión humana y relacional, que funda las competencias
de los sujetos en aprendizajes de vida personal y el respeto a la emergencia
de los otros que forman parte de esa misma naturaleza relacional (sujeto
- mundo) y, por lo tanto, esencialmente ética y política.
En resumen, los criterios de formación de personas (ciudadanos)
a lo largo de la vida, corresponden a un modelo educativo que sea reconocido:
1)
Los procesos de aprendizajes más exitosos tienen lugar a partir
de intereses, necesidades y bienestar de los sujetos que aprenden para
su desarrollo personal y humano (Friere, 1973; Giroux, 1986).
2) Los ambientes de aprendizajes deben estar basados en la promoción
de sujetos que aprenden a partir de desafíos asumidos como metas
personales, en la búsqueda de un aprendiz que resuelve problemas
permanentemente (Valente, 2001; Schlünzen, 2002).
3) La solución de estos problemas requiere de la articulación
del saber teórico y práctico en una dialéctica
que se potencia al escoger el locus del trabajo como campo de aprendizaje
preferente del aprendiz, donde construye, reflexiona, crea y recrea
los conocimientos en interacción social con sus compañeros
integrantes de dicha comunidad de aprendizaje (formador y formadores)
(Friere, 1973; Schlünzen, 2002; Canario, 2002).
4) Un modelo de formación asume, como motor del proceso, la preparación
de sujetos con una cultura de ciudadanos que coloca el acento en la
vida, la formación de valores, el respeto de los otros, asumiendo
su naturaleza relacional en el mundo (Moraes, 1998; Morin 2001).
5) Aprendices que asumen la complejidad como parte de un modo de vivir
y de hacer (Pozo, 2002).
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Guillermo Arancibia
C. es profesor de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la
Educación. Magister en Educación; Doctor © del
Programa de Postgrado en Educación (Currículo), Línea
Nuevas Tecnologías de Educación. PUC-SP, 2003. |

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