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REVISTA NÚMERO 11
CHILOÉ Y SUS MITOS
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Nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los mitos
de Chiloé. Algunos calculan que son alrededor de cincuenta
los personajes que tendrían estatura mítica. Pero
más que el número, lo que interesa es constatar la
variedad de situaciones míticas y el deterioro que ellas
presentan.
Los mitos son hoy un testimonio vigente de una cosmovisión
coherente, que compatibiliza las características de la naturaleza,
los requerimientos de la organización social, las altas demandas
de las exigencias religiosas y la preservación, en la memoria
popular, de una venerable historia sagrada: la historia del pueblo
chilote.
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Por Jaime Blume Sánchez*
Chiloé
presenta una estructura que se desmembra en infinidad de islas, llegando
algunos autores a contabilizar más de 1.500 entre archipiélagos
satélites, islas mayores e islotes (Cf. Weber, 1902:1). La amplitud
y variedad del escenario, con sus cadenas montañosas, colinas,
bosques, ríos y lagos, así como sus escarpes costeros, caletas
y playas conforman un marco adecuado para el dilatado universo mítico
de Chiloé, en el que personajes, leyendas, costumbres, creencias,
ritos y conjuros se entrelazan en mil formas diversas, dando origen a
relatos de singular naturaleza, que constituyen el tesoro mítico
de la Isla.
MITOS CANÓNICOS Y MITOS VIVOS
Los mitos chilotes han sido objeto de serios estudios,
llevados a cabo por connotados investigadores (Azócar, 1967; Cavada,
1912/1914; Contreras, 1966; Latcham, 1924; Molina, 1976; Plath, 1962;
Tangol, 1976; Vicuña, 1947; Román, Viola, 1984; Slater,
1984; etc.). Gracias a dichos estudios se ha logrado preservar una noble
tradición cultural, que de otro modo habría caído
en el olvido. Pero esta ventaja evidente tiene el inconveniente de despojar
al corpus myticum de lo que pareciera ser un factor esencial del universo
mítico: su variabilidad y mudanza. De lo dicho resulta que, hoy
por hoy, podemos acceder al conocimiento del universo mítico por
la vía de estudios como los ya mencionados (mitos canónicos)
o recogerlo de la tradición oral actual (mitos vivos). Algo diremos
de ambos sistemas.
MITOS CANÓNICOS: ESCOMBROS Y RESIDUOS
Nadie sabe a ciencia cierta cuántos son los mitos
de Chiloé. Algunos hacen llegar hasta cincuenta los personajes
que tendrían estatura mítica. Pero más que el número,
lo que interesa es constatar la variedad de situaciones míticas
y el deterioro que ellas presentan. Con ello, el factor estrictamente
narrativo elemento esencial del mito- se desvanece, dando origen
a episodios desarticulados e incongruentes. Es lo que ocurre, por ejemplo,
con engendros como el Raiquén, del cual sólo se sabe que
es un brujo que asume la forma de pájaro, pero que eventualmente
se presenta como híbrido de gato y gallo (A. Álvarez Sotomayor,
1947:139).
A excepción de algunos mitos, que se apoyan en relatos bien trabados
(Imbunche, Trauco, Caleuche), la gran mayoría opera como comparsa
de una comedia sin argumento, lo que avalaría la opinión
de algunos que sostienen que los mitos chilotes, en su actual estado de
conservación, no serían otra cosa que los escombros
de una demolición ideológica. Pese a ello, si se lograra
reunir los mitos y vincularlos entre sí se podría, de algún
modo, reconstituir una verdadera historia: la historia mítica de
Chiloé. Es lo que pretenden mostrar las páginas que siguen.
EL TERRITORIO MÍTICO
Una manera de restablecer el tejido mítico chilote
es ubicar a cada personaje en el medio natural en el que opera. Se logra,
así, un comienzo de racionalidad al interior de un universo aparentemente
caótico.
El mar: Dada la importancia del mar en la vida de Chiloé, parece
oportuno empezar por dicho elemento. El mar es fuente de alimentos y habitat
natural de algunos seres míticos (Millalobo, el señor de
los mares, y sus descendientes, la Sirena, la Pincoya y su hermano y marido,
el Pincoy). El mar es, también, lugar de destierro de la machi
Huenchur, castigada a vagar por los mares por haberse atrevido a mirar
a su nieta, la Pincoya, y espacio por el cual navega el buque fantasma
conocido como el Caleuche. Otros híbridos míticos (el Caballo
marino de los brujos, la Vaca marina y el Cuchivilu, mezcla de cerdo y
serpiente marina) hacen del mar su residencia, y es por el mar que el
barquero Tempilcahue conduce a las ánimas de Cucao a la patria
definitiva de los muertos.
Pero el relato donde el mar alcanza su estatura mítica máxima
es el del Diluvio. La crecida de las aguas, que inunda vastas extensiones
de tierra, es la resultante del conflicto entablado entre Caicaivilú
(la culebra del mar que intenta recuperar a los seres humanos que vivían,
bajo su tutela, en las profundidades marinas) y Tentenvilú (culebra
de la tierra que los proteje haciendo crecer las montañas para
que ellos puedan escapar de las aguas). Este conflicto constituye el marco
textual adecuado para plantear los grandes problemas del delito primordial,
el combate cósmico del bien y del mal y la renovación de
la humanidad. Semejante visión no se explica sino como el resultado
de una experiencia muy fuerte el contacto con la violenta realidad
del archipiélago de Chiloé-, experiencia que es tematizada
por el mito del Diluvio. El mar surge, así, como el ámbito
donde discurre la vida humana, desde su origen hasta su término:
El hombre muere con la marea que nace (Azócar, 1967;N|
76:101).
La
tierra: Lo que se dice del mar se puede aplicar analógicamente
a la tierra. Surgida del caos primitivo que la mitología concibe
como un vacío espacial y una extensión pura- la tierra es,
al decir de Hesíodo, la base segura de todo lo que es
(Grimal, 1973, T.1:101). Es en la tierra donde los fenómenos de
germinación y renovación de la naturaleza son más
patentes y espectaculares. Ello explica el hecho de que muchas tradiciones
antiguas hagan de la tierra la personificación de la Diosa Madre.
Pero esta tierra adquiere consistencia sólo en la medida en que
es asiento de la actividad humana. La tierra pasa a ser mi tierra
cuando la descubro, la fundo y la colonizo humanizándola (Eliade,
1967:70ss.). El mundo, humanizado por mi presencia y mi acción,
transforma su condición informe y caótica en cosmos
y en orden. Cuando así ocurre, se repite a escala reducida lo que
ocurre, a escala planetaria, con la creación universal.
Una réplica perturbadora de esta realidad se produce cuando el
colonizador de la tierra no es ya un hombre sino un engendro mítico.
Cuando el Trauco se interna en una sierra boscosa y con su hacha derriba
árboles o acecha el paso de jovencitas incautas, la experiencia
natural del fenómeno se transforma en la percepción de un
poder peligroso, desconocido y amenazador. En este marco, la tierra pierde
su condición de hogar cordial del hombre y se convierte en el soporte
de una acción en la que se mezcla la fascinación, el espanto
y la conciencia de nulidad humana frente al despliegue de la misteriosa
fuerza que emana de semejante personaje mítico.
En la misma línea de lo dicho, todos los rincones de la naturaleza
se enervan con la presencia mítica. Las cavernas se convierten
en moradas de Invunches (niños cristianos raptados por los brujos
y convertidos en seres monstruosos a cargo de los lugares de las reuniones
brujeriles). Los caminos se hacen peligrosos cuando los recorren la Condená,
mujer de pésima índole, o su hija, la Fiura, criatura abominable,
esposa del Trauco. Más adentro, en el interior de la tierra, se
gesta la culebra Piruquina, capaz de matar con la sola mirada, o el Camahueto,
ternero unicornio brotado de su único cacho mágico, que
algún machi enterró en el suelo. En los campos asecha Vilpoñi,
reptil que come las siembras de los enemigos del brujo, o trisca la Calchona,
oveja que los naturales alimentan como si fuera humana, pues saben
que es gente.
La acción de un personaje mítico hostil al hombre sacraliza
negativamente el espacio en el cual dicha acción se despliega.
El territorio en cuestión queda marcado por un sello que lo sustrae
al control humano y lo deja sometido a fuerzas oscuras incontrolables.
Es ésta la tierra mítica, cuyas fronteras quedan marcadas
por la autoridad y señorío del mito. En esta tierra se esconden
tesoros cuya ubicación señala la luz del Carbunclo. Por
sus senderos cabalga el Caballero de lata, jinete que monta un caballo
negro con crines de fuego, y en sus vertientes los brujos bañan
a los niños robados para borrarles el bautismo. En sus lagunas
nada la Manta o Cuero, buscando a quién devorar, y el perro Trehuaco
se apresta a emerger para enamorar a la doncella Guanilén. Como
vemos, la tierra mítica conforma una realidad que supera todo lo
conocido.
| La gran mayoría (de los mitos chilotes)
opera hoy como comparsa de una comedia sin argumento, lo que avalaría
la opinión de algunos que sostienen que ... no serían
otra cosa que los escombros de una demolición ideológica
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El aire: El concepto de aire mítico remite, en Chiloé,
a situaciones que igualmente escapan al conocimiento y control por parte
del hombre. El Basilisco, por ejemplo, mitad ave y mitad reptil, adormece
con su canto a los moradores de una casa y les inhala los alientos
(Quintana Mancilla, 1965), provocando con ello la muerte de las víctimas.
No es el único caso de aire mítico. Está también
el mito de la machi Huenchur: Todos los pobladores de la aldea de
Cucao saben que cuando el viento sopla en la parte baja de los acantilados,
es la Huenchur que les comunica la llegada del buen tiempo con el viento
sur. Pero el mal tiempo y la tempestad reinarán si la Huenchur
sopla en las alturas de los cerros y su voz retumba confusa como gritando:
cucao-cucao-cucao-culé (Ibid.,21-22).
Pero el aire también es espacio que da soporte aéreo al
vuelo de la Voladora o Ave Bauda, según algunas versiones-,
mensajera de los brujos, que vomita sus entrañas para alivianar
su peso. Junto a ella surcan los aires el Caballo marino, que transporta
a los brujos desde la tierra al Caleuche, nave que también vuela,
los pájaros agoreros el Coo y el Chucao-, la culebra voladora
Piuchén, y los mismos brujos, que vuelan gracias al Macuñ,
especie de chaleco hecho de piel humana.
El cielo: Vistos ya el mar, la tierra y el aire, quedaría por definir
el cielo, bóveda celeste cuya simple contemplación
basta para desencadenar una experiencia religiosa (Eliade, Ibid,
115). Pese a que casi no existen menciones expresas de mitos de espacio,
ciertas alusiones, casi desvanecidas, acusan la presencia de auténticos
mitos uránicos. Es el caso de Guanilén, la hija de las estrellas;
de la luna y su influencia en la navegación (la navegación
se inicia con la vaciada), en las labores agrícolas (lo
que grana bajo tierra se siembra durante el repunte, las tres
noches sin luna), y en ciertos ritos mágicos de curación,
que se realizan de acuerdo a alguna de las fases de la luna. Igual cosa
podría decirse de los nombres uránicos de ciertos clanes
(Ej.: Antimán = cóndor del sol).
Un rastreo más detenido del depósito legendario de la isla
permite detectar vestigios de viejos mitos celestes. Es el caso del mito
del Balseo de las ánimas de Cucao (Tangol, 1976:122), operación
que sólo puede realizarse en noches sin luna, el de la Nave Lucerna,
símbolo de la gran Luna, que lleva en sí la luna creciente
y la menguante, y el de Mareupuantü, el Hijo del Sol (Stark, 1980:193-213).
Mención especial merece el mito de la Estrella personal del hombre,
que aquí presentamos en la versión original entregada por
doña Rosario Hueicha, informante privilegiada de la tradición
chilote: La compañía del hombre son las estrellas,
porque, desde luego, uno tiene una estrella también que lo refleja
allí, en el cielo. Y entonces nosotros también tenemos una
estrella, y nos dirige nuestro camino por donde nosotros nos vamos. Si
no tendríamos una estrella no tendríamos por dónde
ir. (...) Contaba papá que todos nosotros tenemos una estrella
en el cielo, la que nos dirige a nosotros a la tierra. Por eso tenemos
el amor al espacio. El Sirio es compañía del Sol, y el Lucero
es de la Luna. Antes de subir la luna en el carrizal de la cordillera,
sube primero un lucero y después sube la luna. A la pregunta
de si los astros mencionados tienen influencia en la tierra y en la vida
del hombre, la testigo responde: Sí, tiene que tener, porque
si no no habría esas cosas, el mundo, no existiría nadie,
no habría ningún movimiento de la gente, nosotros, de los
humanos... Todo lo cobija el espacio, porque estamos dentro de ellos,
y ellos nos dominan y en ellos está la vida. Si no habría
eso, entonces quizás no viviríamos nada.
De lo dicho y de otros indicios complementarios surge el esquema básico
de una historia sagrada, centrada en tres capítulos En el
principio era la unidad primordial: El Hombre y Estrella personal están
unidos en el cielo, juntos al Sol y la Luna.
En el hoy del presente rige la separación: El Hombre ha
sido desterrado a la tierra mientras la Estrella personal sigue girando
en el cielo. Con ello, el hombre queda separado de su origen celeste y
desvinculado de sus hermanos.
En el futuro se recuperará la unidad escatológica:
Hombre y Estrella personal se rencuentran en el cielo.
En
esta historia subyace un código ético evidente. La manera
adecuada de conducirse el Hombre en la tierra es la de seguir la ruta
indicada por su Estrella en el cielo. Pero no se trata sólo de
una norma moral. Hay sobre todo una estructura cósmica, que exige
que cada elemento ocupe el lugar que le corresponde dentro del ordenamiento
universal. El lugar propio del hombre es el cielo, junto al Sol y la Luna.
Su recorrido terrestre es sólo un paréntesis que debe concluir
con la muerte, momento en el que el hombre y la Estrella personal se reencuentran,
la división se resuelve en unidad y el caos vuelve a ser un cosmos
ordenado. Es en esta perspectiva que los distintos mitos alcanzan su verdadera
resonancia, constituyéndose en capítulos de una historia
sagrada el mito original-, preservada confusamente en la memoria
del pueblo.
Esta concepción del mundo mítico se reproduce en la organización
social del pueblo. En efecto, la división de las parcialidades
(Llaúkawiñ) se resuelve en la unidad del Kawiñ, rito
social que reúne a las fratrías separadas y en el que se
resuelven las disputas, se pagan las deudas, se conciertan los matrimonios
y, por un momento, se vive la experiencia de la unidad recuperada.
En síntesis, a una geografía mítica estructurada
(mar, tierra, aire, cielo) corresponde un parnaso jerárquico, que
en su sector celeste incluye al Sol, la Luna y el Hombre y sus respectivos
satélites, y que en su ámbito terrestre reúne a los
diversos mitos, ordenados de acuerdo a sus afinidades geográficas:
los mitos pisciformes en el mar; los con forma humana o animal en la tierra,
los ornitomorfos en el aire y los uránicos en el cielo. Se configura
así un sistema redondo, estructuralmente dialéctico, dentro
del cual se desenvuelve una historia sagrada, que da vida y sentido a
cada mito y da forma sacra al sistema social estructurado a su imagen.
LO QUE DICEN LOS MITOS
Cada
relato mítico se conjuga con otros, conformando una constelación
mítica. Dentro de este sistema orgánico, el conjunto de
los mitos se articula del mismo modo como operan los cuerpos celestes
al interior del Universo, en cuyo seno una explosión antiquísima
(in principio) habría desencadenado la atomización
de la materia prima y su dispersión en cuerpos cada vez más
alejados del punto central. En el caso de los mitos es factible postular
un punto de huida, cuya ubicación dentro de la constelación
mítica se determina invirtiendo la trayectoria de cada uno de los
relatos. Dicho punto de partida, inexistente en la actualidad, pero recuperable
virtualmente por proyección regresiva, sería un mito originante,
primero y único en sus inicios, pero múltiple y disperso
en los tiempos que siguieron. El fragmentarismo que hoy se percibe testimonia
la existencia previa de ese mito original, que contendría en sí
la potencialidad narrativa de todos los mitos derivados.
Este mito primitivo, ubicado en límite justo entre el tiempo primordial
y los tiempos históricos (Jensen, 1975:123), vendría a ser
el canon de un Libro Sagrado, que cada mito reproduce con infinitas variables
argumentales, pero conservando la invariante de la confrontación
dialéctica de dos polos opuestos y la propuesta de una historia
sagrada, cuyos capítulos centrales serían la unidad
de origen, la dispersión y fragmentarismo del hoy del tiempo presente
y la recuperación futura de la unidad de los inicios.
Finalmente, conviene retomar sintéticamente ciertas ideas ya expuestas.
a) Una primera idea se refiere a la condición fragmentada del corpus
myticum chilote. Se trata de una verdadera demolición ideológica,
de la cual, aparentemente, sólo quedan los despojos. Pero tal situación
puede ser revertida en la medida que esos residuos narrativos se reinserten
en la constelación mítica a la que pertenecen y dentro de
la cual se gestaron.
b) Esta contextualización del corpus myticum es posible en la medida
en que quede en claro la concepción de mundo que sirve de telón
de fondo al desarrollo de la narrativa mítica. Eje central de esta
cosmología es la polaridad dialéctica unidad/dualidad.
c) La visión interpretativa de la naturaleza se refleja en la estructura
dual de la sociedad (Llaúkawiñ/Kawiñ). Dicha estructura
viene a ser una especie de correlato del orden dual percibido en la naturaleza
(noche/día, invierno/verano, cuarto creciente de la luna/cuarto
menguante, marea alta/marea baja, etc.)
d) Dicha dualidad se proyecta también a algunos mitos (Cuchivilu
= híbrido de cerdo y serpiente; Basilisco = híbrido de gallo
y serpiente), en la regencia astral mítica del sol y la luna y
en el doble ámbito mítico de la tierra (la Mandoma, celada
por el Trauco, su atrevido, que legisla sobre las siembras
del campo, y la Pincoya, que favorece la pesca.
e) La dualidad que preside el mundo cultural chilote se expresa a través
de tres códigos: la polaridad binaria de la naturaleza, el sistema
social centrado en la dualidad y el discurso mítico basado en idéntica
confrontación de opuestos. Dicha estructura binaria constituye
la trama de un hipotético primer relato fundante el Protomito-,
del cual derivarían todos los otros mitos, en calidad de capítulos
de una Historia Sagrada. En esta historia se da cuenta de la unidad de
origen, de la división actual en banderías opuestas, y de
la esperanza de recuperar, en el futuro escatológico, aquella unidad
primera, sin la cual nada de lo que existe y ocurre puede ser entendido.
De acuerdo con esto, el caos, que aparentemente caracteriza el conjunto
de relatos míticos, se transforma en una constelación, cuyo
eje gravitacional está formado por las grandes luminarias de cielo
mitos uránicos-, y cuya estructura significativa descansa
en la polaridad binaria de sus elementos.
A la luz de lo dicho, el corpus myticum de Chiloé deja de ser el
patio trasero que recoge los residuos y escombros de una cultura asolada
y a punto de derrumbarse, para convertirse en el testimonio aún
vigente de una cosmovisión coherente, que compatibiliza las características
de la naturaleza, los requerimientos de la organización social,
las altas demandas de las exigencias religiosas y la preservación,
en la memoria popular, de una venerable historia sagrada: la historia
del pueblo chilote.
*Jaime
Blume es profesor de Castellano y orientador vocacional de la PUC.
Doctor en Literatura de la Universidad de Chile, posee dos postítulos:
uno en la Universidad de Harvard sobre Orientación y, el
otro, en la Universidad de Regensburg (Alemania) sobre Literatura
Chilena. Actualmente es profesor en la Universidad Metropolitana
de Ciencias de la Educación y en la Pontificia Universidad
Católica de Chile.
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