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REVISTA NÚMERO 10
A LA VANGUARDIA DEL TEATRO NACIONAL
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El Centro Artístico Dramático del Instituto Pedagógico,
CADIP, creado y dirigido por Pedro de la Barra en los años
30, dio oxígeno y peso al alicaído teatro nacional.
Sus integrantes, alumnos del ex Pedagógico, se esmeraron
por llevar a las tablas obras de calidad. Fueron los cimientos del
glorioso Teatro Experimental de la Universidad de Chile.
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El tío Vania, de Anton Chèjov. En la foto: María
Cánepa, Domingo Tessier, Bélgica Castro, Emilo Martínez.
Puesta en Escena de 1953, Teatro Experimental de la Universidad de Chile
El Instituto Pedagógico
hizo un importante aporte al teatro nacional. Como es sabido, en la década
de los años 30´ el teatro chileno tuvo una crisis profunda,
producto de diversos factores, como la falta de críticos de buen
nivel que orientaran el proceso, la deficiente selección de obras
en cartelera, la llegada del cine sonoro en 1929, que implicó el
cambio de giro en muchas salas de teatro; la crisis económica mundial
y la convulsionada situación política nacional.
Los esfuerzos de actores como Alejandro Flores, Rafael Frontaura y el
peruano Lucho Córdoba, avecindado en Chile, por mejorar la calidad
teatral y, en el fondo, por la supervivencia del teatro entre 1929 y 1940,
lamentablemente no fructificaron. Se llegó a tal punto que el Estado
debió ayudar a los actores dictando la Ley N° 5.563 de Protección
al Teatro Nacional, que creó la Dirección del Teatro Nacional.
Pero no fue suficiente. Habría que esperar la llegada de Margarita
Xirgú en 1936 y la creación gubernativa, en 1939, de cinco
teatros móviles que recorrieron el país con repertorios
chilenos, para que comenzara la recuperación que debería
llevar a la renovación de la dramaturgia y el teatro nacionales.
No es casual entonces que en 1943, historiando el tema en su obra Eclipse
parcial del teatro chileno, Benjamín Morgado comentara ácidamente
la situación, culpando de ella a la escasa y parcialista labor
de la Dirección del Teatro Nacional y de la Sociedad de Autores
Teatrales de Chile, a los empresarios teatrales, a los actores cómicos
-entonces los más abundantes-, al público, a la crítica
y a los dramaturgos. De estos últimos, decía:
yo
he luchado desde todos los ángulos para que los autores puedan
mejorar la calidad de sus obras. Hay constancia de ello en muchas partes.
Pero siempre se me ha contestado que el autor se debe a su público,
y si el público pide mediocridad, hay que dársela.
Sin embargo, hubo una luz esperanzadora, expresada por el mismo Morgado:
En esta hecatombe de sombras y de contradicciones, en este mar de
inquietudes y de hormigas, solamente hay un muchacho que trabaja tesoneramente,
sin importarle nada más que la cultura de su patria. Y es Pedro
de la Barra. Con su Teatro Experimental a cuestas, ha encontrado un refugio
en la Universidad de Chile y, parapetado desde allí, está
lanzando la primera ofensiva hacia la recuperación de los valores
olvidados.
NACE EL TEATRO EXPERIMENTAL
Diversas
situaciones artísticas y político-sociales habían
venido preludiando el desenlace, al fin positivo, de la crisis teatral
y el advenimiento de las acciones de Pedro de la Barra: la antes mencionada
venida a Chile de Margarita Xirgú, con obras de Federico García
Lorca, George Bernard Shaw y H. Lenormand en su repertorio; la llegada
al poder del Frente Popular; el rectorado de Juvenal Hernández
en la Universidad de Chile, que significó un decisivo apoyo a los
grupos teatrales del Instituto Pedagógico -Centro Artístico
Dramático del Instituto Pedagógico, CADIP, dirigido precisamente
por Pedro de la Barra- y de la Escuela de Derecho, encabezado por Domingo
Piga.
También, las presentaciones de la Orquesta Afónica, ideada
por Moisés Miranda y dirigida también por Pedro de la Barra,
en las Veladas Bufas de las Fiestas de la Primavera; las lecturas de Stanislavsky,
con su identificación emocional actor-espectador, de Brecht, con
su realismo, objetividad crítica y compromiso, y Piscator, con
su abolición del misterio y la magia y su clara y racional mostración
de la realidad; la venida al país del ballet Joos en 1940, con
su interpretación poética de la realidad, que influyó
también en la creación del Cuerpo de Ballet de la Universidad
de Chile en 1946; el regreso a Chile desde España de Santiago y
Héctor del Campo y la llegada de José Ricardo Morales; y
el intento, en 1939, de reunir los grupos teatrales de escuelas de Educación
Superior en el Pequeño Teatro Universitario. Todo ello movió
el ambiente y animó a Pedro de la Barra, como vimos activísimo
en el Instituto Pedagógico, a crear el Teatro Experimental, que
inició la renovación total del teatro chileno.
Como han recordado Domingo Piga y Orlando Rodríguez en Teatro chileno
del siglo XX, dicho conjunto nació en los bancos de la Feria
del Libro que funcionaba frente a la Casa Central de la Universidad de
Chile y sus fundadores fueron casi todas personas relacionadas con
el CADIP del Instituto Pedagógico: Pedro de la Barra -su primer
director-, José Ricardo Morales, Santiago y Héctor del Campo,
Moisés Miranda, Gustavo Erazo, Inés Navarrete, Eloísa
Alarcón, Flora Núñez, Hilda Larrondo, María
Maluenda, Chela Álvarez, Bélgica Castro, Aminta Torres,
Luis H. Leiva, Óscar Oyarzo, Pedro Orthous, Roberto Parada, Héctor
Rogers, José Angulo, Rubén Sotoconil, Edmundo de la Parra,
Héctor González y Domingo Piga.
Si bien el alero de la Universidad de Chile no significó ayuda
económica estable para el nuevo conjunto a que sólo
llegó en 1946, al profesionalizarse dicho grupo-, fue importante
en cuanto apoyo moral, préstamo de salas de la Casa Central para
los ensayos y aporte de algún dinero para el montaje de las obras
iniciales.
La primera representación se realizó la mañana del
22 de Junio de 1941 en el Teatro Imperio, facilitado por Lucho Córdoba,
ocasión en que se puso en escena Ligazón, de Ramón
de Valle-Inclán, y el entremés La Guarda cuidadosa, de Miguel
de Cervantes, previa presentación de Santiago del Campo.
La guarda cuidadosa, de Miguel de Cervantes, primer estreno
del Teatro Experimental de la Universidad de Chile.
En el grabado, el elenco de este primer estreno el 22 de junio de 1941,
en el antiguo Teatro Imperio de Santiago.
La nueva institución se propuso cuatro grandes objetivos:
difusión del teatro clásico y moderno, formación
de una escuela de teatro, creación de un ambiente teatral y presentación
de nuevos valores. Se pretendía una organicidad que refundara -o
fundara- y revitalizara el alicaído teatro nacional, con carácter
artístico, no comercial, preocupada profesionalmente de estrenar
obras de nuevos dramaturgos -se instituyó el Concurso de Obras
Teatrales en 1945-, de formar nuevos actores -se creó la Escuela
de Teatro en 1949- y de mejorar los aspectos técnicos de la representación.
Para facilitar la consecución de dichos objetivos, se eludió
todo pronunciamiento estético, lo que significó amplia libertad
para dramaturgos, directores, actores y demás partícipes
del trabajo dramático-teatral.
Los inicios, naturalmente, no fueron fáciles: los antiguos actores
profesionales, como se autodenominaron- hicieron fuertes
críticas negativas a los experimentales, como los llamaron.
Lo recordaba Domingo Piga en 1964, en Dos generaciones del teatro chileno:
Nuestra generación irrumpió con violencia (característica
de juventud, de apasionamiento, de verdad que hace erupción). Éramos
gente de más o menos los mismos años, las mismas ideas básicas,
iguales principios teóricos, las mismas necesidades y fuerzas culturales.
Éramos una generación, más allá del hecho
biológico del año de nacimiento (
) Fuimos atacados
sin piedad, despreciados por muchos, paternal y generosamente acogidos
por otros. Los movimientos jóvenes que nacen rompiendo con el medio
y con lo académico y lo consagrado, siempre encuentran la resistencia
natural de lo establecido, de lo tradicional y de lo viejo.
Con el tiempo, la disputa se apaciguó, llegando el mutuo reconocimiento
y aprecio de la experiencia de unos y de la innovación de los otros,
al punto que, en 1961, Domingo Piga organizó un encuentro entre
actores y dramaturgos de ambos grupos, varias de cuyas interesantes ponencias
fueron publicadas en el libro antes mencionado. Por lo demás, las
nuevas ideas se habían ido imponiendo, fructificando y multiplicándose:
en 1943 un grupo de estudiantes de Arquitectura de la Universidad Católica
-Pedro Mortheiru, Gabriela Roepke y Fernando Debesa- dieron nacimiento
al Teatro de Ensayo de esa Casa de Estudios, y fueron creados otros conjuntos
universitarios: los de la Universidad de Concepción en 1947, de
las sedes de la Universidad de Chile en Valparaíso en 1947, Chillán
en 1949, Talca en 1952, Antofagasta en 1962 -Teatro del Desierto- y Temuco
en 1965; además, el Teatro Teknos, de la Universidad Técnica
del Estado, en 1958; y otros grupos no universitarios: Ictus, Sociedad
de Arte Escénico, El Aleph, A.T.E.V.A. y las compañías
Américo Vargas-Puri Durante, Lucho Córdoba-Olvido Leguía,
Pepe Rojas-Susana Bouquet, Silvia Piñeiro, Los Cuatro (familia
Duvauchelle), etc.
El resto de la historia es conocida: el Teatro Experimental ha realizado
ininterrumpidamente su labor hasta hoy, aunque con distintas alternativas
y cambios de nombre, pero manteniendo su esencia gracias a las sólidas
y visionarias bases que un día concretaron el sueño de un
joven, Pedro de la Barra, del Instituto Pedagógico.
M.F.F.

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