.

REVISTA NÚMERO 9

ENTREVISTA: PEDRO LEMEBEL
“no tengo amigos ni amigas, sólo grandes amores”

_____________________________________________________________________________________________________________________
Ácido, irónico, provocador. Así es este escritor, que ha hecho de su homosexualidad una bandera de lucha. No claudica, a pesar de que la fama lo tiene parado en terrenos pantanosos.
_____________________________________________________________________________________________________________________

Por Pilar Morales Alliende

El autor de Tengo Miedo Torero pidió reunirnos en el restorán El Toro del barrio Bellavista. Un lugar con onda, decorado con graffittis, un maniquí iluminado con luces de neón, motivos taurinos y un sinfín de detalles que lo han convertido en uno de los centros de reunión de lo más chic de la farándula alternativa. Lemebel llega de negro, pantalón ceñido de plush, chaqueta corta de cuero, botas y un gorro de lana. De estatura por sobre la media, piernas delgadas, piel blanca y pecosa, tras la chaqueta se dejan entrever algunos kilos demás. Saluda como Pedro por su casa, los mozos de cabellos multicolores se apresuran a atender a este cliente frecuente. Se le ve sonriente, cálido, tirando tallas a quien se le acerque.
Pide un caldillo de congrio y una coca cola diet. Observa con ojos lánguidos el paso de copas de vino. Se apresura a explicar su repentina abstinencia: “En este momento estoy en zona seca, a pesar de que me fascina el estado de embriaguez en el que todo es posible. Antes pensaba que no lo podía hacer. ¿Por qué dejé el copete, si me encanta? –se pregunta- No es que yo ande propagando algún canutismo, ni que me convertí en mormón. Necesitaba parar un poco el carrete. Quería probar mi fuerza de voluntad, para demostrarme que soy capaz de sacar mi próximo libro “El Zanjón de la Aguada”, conquistar chicos o dar una entrevista a una niña tonta del Pedagógico” – se ríe y me mira atento para constatar mi reacción.

Es que la provocación ha sido desde siempre su arma de seducción y defensa. Desde la época de Las Yeguas del Apocalipsis, el colectivo que creó con su amigo Francisco Casas en los años ’80. Ellos deambularon por las muestras fotográficas, el video, las instalaciones y las performances. Lemebel co-mienza por esos años a escribir cuentos y crónicas. Así nacieron “Incontables” (1986), “La esquina de mi corazón” (1994), “Loco Afán. Crónicas de sidario” (1996), “De perlas y cicatrices” (1997), y su primera y exitosa novela, “Tengo Miedo Torero” (2001).

Su descarnada e irónica descripción del mundo homosexual y travesti ha sacado más de una roncha. Pero él es un guerrero innato. Se para frente al mundo sin pedir permiso, proclamando a voces el derecho a la diferencia. “Es una estrategia minoritaria de defensa. Frente a un homofóbico, por ejemplo, me atrinchero. Lo haría aunque fuese el último maricón del mundo. No me importa nada. Uno tiene que asumir todas las plumas: la de la escritura, la travesti, la indígena, con una gran carga de eléctrico veneno”, dice y lanza una sonora carcajada.

Las mismas ideas expresó en su “Manifiesto”, publicado en “Loco Afán” …Hablo por mi diferencia/ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro/ Me apesta la injusticia/ Y sospecho de esta cueca democrática/ Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/ Hay que ser ácido para soportarlo/ Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/ Es un padre que te odia/ Porque al hijo se le dobla la patita…/Usted no sabe/ Qué es cargar con esta lepra/ La gente guarda las distancias/ La gente comprende y dice:/ Es marica pero escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Súper- buena- onda/ Yo no soy buena onda/Yo acepto al mundo/ Sin pedirle esa buena onda/ Pero igual se ríen/ Tengo cicatrices de risas en la espalda…

Manifiesto amoroso

-Las Yeguas del Apocalipsis estuvieron en el antiguo Pedagógico…

“Fue en plena dictadura. Los chicos de Arte nos invitaron para hacer una intervención en apoyo a un paro. Con Pancho pensamos que los homosexuales evidentes, las locas de atar, se refugiaban en carreras como teatro, diseño, danza, pero no en sociología, matemáticas, filosofía, que eran algunas de las carreras que se impartían en el Pedagógico. ¡Tenemos que refundar la Universidad de Chile!, dijimos.
“Se nos ocurrió ir a caballo, como Pedro de Valdivia, y desnudas, como lady Godiva. Nos conseguimos una yegua en Peñalolén. La bajamos en Macul con Las Encinas. Allí nos sacamos la ropa, y nos subimos al animal. Se veía muy bonito, como una escultura en movimiento. Más que morbosa, era una imagen tremendamente erótica, con una gran carga de homosexualidad. Vamos pasando frente a un colegio y justo coincide con la salida de los alumnos. Los cabros se quedaron plop viendo el espectáculo. La inspectora cerró las puertas para que los niños no vieran eso. Los cabros se desarmaron, se encaramaron a la muralla y, nosotros, tranco a tranco. Pensamos: aquí se nos acabó la performance, nos sacan la vida y se transforma en un escándalo. Pero se produjo un silencio impresionante. Los jóvenes nos vieron pasar y después escuchamos un aplauso cerrado. De ahí entramos al Pedagógico, salimos, volvimos a entrar y a salir sin ningún atado”.

-¿Los Carabineros no aparecieron?

“Tuvimos suerte, nunca nos llegó un apaleo. Claro que nos movíamos con un lote de amigos, en los ´80 teníamos una manga de cómplices que operaban como protección. Como son las cosas, cuando llegó la democracia los mismos que decían: oh, estos chicos que son valientes, nos cerraron las puertas en todos lados. Hasta nos pusieron guardias en el Bellas Artes para que no nos dejaran entrar. Tal vez porque “Las Yeguas del Apocalipsis” sonaba a multitudes, a un tropel de maricones. Era bonito el contraste entre el nombre -como una marquesina hollywoodense- y nosotros, dos homosexuales desnutridos”.
Dolido relata que para un acto político de la oposición en 1988, antes del plesbicito, no los dejaron actuar. “No fuimos invitados a este encuentro en el Teatro Cariola. Con el Pancho nos pusimos unos impermeables negros y nos sentamos en las primeras filas. Antes de comenzar, nos encaramamos al escenario, nos quitamos los abrigos y todos se sorprendieron al vernos vestidos como vedettes -plumas, tacos, zungas- con un cartel que decía <<Homosexuales por la democracia>>. Nadie entendía nada. No te muevas, Pancha, aquí nos quedamos, le dije a mi compañero. Muchos pensaron que era parte del espectáculo. Se produjo un gran silencio, luego nos aplaudieron y finalmente nos sacaron del escenario”.

-¿Qué sientes al saber que vas a volver al Pedagógico?, le pregunto haciendo referencia a su participación en el evento “Boleros y Poesía en el Pedagógico”

“Me emociona. Es una evocación de tantas luchas, de tantas revueltas estudiantiles”.
Se queda pensando y agrega: “Prefiero ir al Pedagógico que a un programa de televisión taquilla como “Con Mucho Cariño”, al que me invitaron y no fui. Tuve una intuición de que algo malo me tenían preparado. Tal cual, el otro invitado era Joaquín Lavín. A él sólo le daría la mano con caca. En realidad, el formato efectista, frívolo e idiotizante de estos programas no lo resisto, porque no tengo interlocutores interesantes. Ni hablar de la Miriam Hernández o del Felipe Camiroaga. Además, me expongo a una censura que yo no puedo revertir, porque lo que aparece en televisión no se puede alterar al día siguiente con una declaración escrita. Es la imagen la que gobierna. La Tati Penna –quien sí merece su respeto, lo explicita- está un poco anestesiada por la idiotez de los otros panelistas”.
La idea de participar en “Boleros y Poesía en el Pedagógico”, le pareció “muy linda, aunque yo no soy del tiempo de los boleros, soy de la época de los Rolling Stones y de los Beatles. Sin embargo, la cultura de los boleros me llega por herencia materna, como la del tango por mi abuela.
“Cuando la gente me dice: yo no soy de esa época, da lo mismo creo yo, uno tiene cultura musiquera y el bolero en su momento representó el manifiesto amoroso de la intimidad, era una carta de amor, susurrada al oído y por voces de cantantes varones muy aflautadas, amaneradas, casi amariconadas como la de Lucho Gatica, que es casi asmática. Acá lo acusaron de homosexual por cantar así, porque ese era el tiempo del tango, y para cantarlo había que tener otro registro, muy varonil. Por eso, la entrada del bolero me parece interesante, porque introduce otra sensibilidad en la canción latinoamericana popular, más femenina. Sus letras son declaraciones amorosas derrotadas, sufrientes, no por ello decadentes o bajoneantes. Si, pus niña, -me dice sonriendo- la alegría no es sólo brasilera, como dijo Charly García a propósito de Axe Bahía”.
Lo escucho con tanta atención, que no paro de fumar. De pronto, la cabeza encendida de mi cigarro cae en su entrepierna. ¡Me quemaste!, grita. Y el humo que sale y sale. Yo, al borde de un ataque de nervios, tomo una servilleta, pero no hago nada. El lugar siniestrado está demasiado cerca… sólo atino a soplar. Con un ágil movimiento, Lemebel tira la ceniza a la mesa. Comienza a hablar de que antes de que bajara siete kilos gracias a su abstinencia alcohólica, “sin Sida, lo que es mucho decir”, no se atrevía a ponerse patas, pero ahora las usa sin vergüenza.
Tratando de arreglar algo, le digo: “soy súper buena para zurcir”. “Na’ de huevás -me responde- cómprame unas nuevas. Valen dos lucas en Patronato”. Asunto cerrado. “Y apaga esa huevá niña, -agrega, indicando la grabadora- déjame comer que se me está enfriando. Negrera, ni siquiera me pagan por esta entrevista”.

-¿Cómo ha sido tu paso de lo under, de Las Yeguas del Apocalipsis, al mundo de la cultura oficial, tu asistencia, por ejemplo, a las tertulias Tobacco & Friends?

“En Tobacco &Friends me encontré por primera vez con fachos cara a cara –no estoy hablando de cuicos, sino de fachos de ideología, de hecho yo tengo amigos cuicos-. Entrando, me estaba esperando uno de Los Huasos Quincheros. No hallaba cómo correrme y el fotógrafo ahí, intentando retratarnos a los dos. Dije: ¡Ay, se me olvidaron los cigarros en el auto! Y me doy la media vuelta y el viejo me seguía. ¡Ay, que tengo que ir al baño! Todo era para no darle la oportunidad al fotógrafo de retratarnos juntos. Y él tenía que presentarnos al entrevistador – el Pato Fernández, director de The Clinic- y a mí. En esa situación quien perdía era yo, no el Pato. Si salgo en la Revista Cosas al lado de uno de Los Huasos Quincheros, de qué estoy hablando. Llegó el momento en que nos tenía que presentar. Le dije al viejo: mira, lo vamos a hacer de esta manera: sale y anúncianos. Y yo voy después. Ah, tienes razón, me respondió. El viejo se la comió. Así me evité estar con él en el escenario y ser víctima de una foto. Para mí fue muy difícil estar ahí. En un momento me di cuenta que el único discurso posible en ese lugar era el agresivo, porque las preguntas eran muy puntudas.
Una vieja muy frunci me dijo:
-Señor Lemebel, usted escribe sobre los pobres con la mano izquierda y agarra el dinero con la mano derecha...
“¿Por qué cree Ud. que estoy aquí?, le dije Por plata, a mí me pagan por estar soportando esta cuiquería. Fue una contestación real, la necesidad tiene cara de hereje. Me acordé de la vieja Lola Flores, en algún momento le preguntaron porqué durante el franquismo había sido la cantante de Franco. La Lola respondió -imita el acento español- yo tenía que mantener a la lolita, a los niños y bueno... –vieja sinvergüenza, se ríe- es como la señora pobre que recibe paquetes de mercadería que le da la derecha y vota por quien quiere. Pero recibe, demás poh…” Y continúa hablando de esa memorable jornada. “Un viejo bien pepepato, con esa ironía pedante de la gente que tiene plata, sonriendo con la mandíbula caída, porque la risa es parte del bolsillo, me pregunta:
-Señor Lemebel, ¿cuál va a ser la crónica que va a escribir sobre este encuentro?
-No va a haber crónica, porque no pienso venir más a huevear aquí. Y punto”.

-Has dicho en reiteradas ocasiones que la piratería de textos te parece válida. Por el hecho de haber firmado contrato con una editorial tan importante como Pla-neta y siendo tú uno de los escritores más pirateado, ¿ha cam-biado tu visión sobre este “oficio”?

Lemebel junto a Sonia La Única, en el evento “Boleros y Poesía en el Pedagógico”.“No tengo la moral para atacar o censurar a los vendedores de textos piratas, también trabajé en eso. Cunetié, arraqué de los pacos... Me emociona ver mis textos en la calle, subir a un taxi y que el chofer me lo muestre –el libro, claro, - en una versión pirateada. Esto permite que mis libros tengan otro recorrido, más inesperado. Hay mucha gente que tiene miedo de entrar a una librería. De hecho, yo nunca he comprado un libro en una librería, a lo más me lo he robado. En una feria sí”. Entusiasmado, agrega: “A mí me gustaría hacer una Antología Pirata de Pedro Lemebel, y sacar los mejores textos de mis libros y hacer una edición pirata directamente para que se piratee”.



La tinta de su escritura

-El título de tu novela y este restorán tienen nombre de toro, ¿tienes alguna obsesión al respecto?

“No tengo fantasías por el toreo ni por la tauromaquia. Encuentro que es un deporte cruel. Me tocó ver una corrida de toros en un lugar muy insólito, Puno (Perú), una ciudad horrible. Fue un espectáculo muy posmoderno, porque los toreros eran peruanos, los toros, mezclas de llama y vacuno. Corría tanta sangre que no lo resistí. Además, como eran toreros incipientes, daban y daban estocadas al pobre toro, una verdadera carnicería. Lo ideal es que se mate al animal de una estocada, que no haya sufrimiento. Los aplausos son para el toro, no para el torero. Cuando no lo matan de una, lo pifian.
Oye… déjame comer, mierda. –dice entre risas. Esto está exquisito. Échale verduritas, Angélica”. Pilar -rectifico- “Te llamas Angélica. Así te voy a decir toda la vida. Es bonito el nombre”.

-La historia que relatas en tu novela es la de un travesti –al que llamas ‘loca’- que se ve involucrado sin querer por un grupo de frentistas en el atentado contra Pinochet. ¿Por qué no se llamó “La Loca del Frente”?

“De hecho era así, pero conversando con una travesti vieja que hacía el doblaje de la Sarita Montiel, me nombró la canción “Tengo Miedo Torero”. Yo no la conocía, ni siquiera sabía si existía o no, porque los travestis son bien fantasiosos. Pero me gustó. Y así titulé el libro. Más tarde me regalaron un cassette con la música y supe que era real. En España han hablado de la canción como leit motiv de la novela. Este título es un poco ambiguo, ¿quién le teme a quien? ¿el torero tiene miedo a que el toro lo mate o es el toro el atormentado?”

- En tus libros tratas amorosamente a tus locas, los gay y los travestis. No sucede lo mismo con el peluquero amanerado de “Tengo Miedo Torero” quien es, evidentemente, Gonzalo Cáceres.

“No obligadamente. Es el estereotipo del gay peluquero, arribista y fascistón, que se reprodució también en Argentina. La Evita Perón tenía un peluquero –Paco Andreu- con el mismo prototipo. No es necesariamente la guatona fofa de la tele, una verdadera propaganda anti Sida. Él entero es un cliché que no da para ningún análisis interesante.

-Conocida es tu negativa a darle la mano a personas que fueron partidarias del régimen de Pinochet. Incluso se la has negado al escritor Arturo Fontaine. ¿Por qué esa actitud?

“No le doy la mano a cualquiera. El cuerpo es propio, único. Dar la mano o compartir una mesa es un gesto muy difícil para una persona polémica. Yo puedo estar en una discusión, pero no voy a tomarme un trago con un UDI. En ese sentido, soy a lo mejor una vieja porfiada, cascarrabias, pegá y resentida, como me dicen, pero con ese resentimiento yo escribo, es la tinta de mi escritura”.

Con sus cercanos, en cambio, es dulce como la miel. Nombres como Gladys Marín, Carmen Lazo, Carmen Soria e ilustres desconocidos salen a menudo en su conversación. “En realidad, agrega con un dejo melancólico, no tengo amigos ni amigas, sólo grandes amores”.