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Ácido, irónico, provocador. Así es este escritor,
que ha hecho de su homosexualidad una bandera de lucha. No claudica,
a pesar de que la fama lo tiene parado en terrenos pantanosos.
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Por Pilar Morales Alliende
El
autor de Tengo Miedo Torero pidió reunirnos en el restorán
El Toro del barrio Bellavista. Un lugar con onda, decorado con graffittis,
un maniquí iluminado con luces de neón, motivos taurinos
y un sinfín de detalles que lo han convertido en uno de los centros
de reunión de lo más chic de la farándula alternativa.
Lemebel llega de negro, pantalón ceñido de plush, chaqueta
corta de cuero, botas y un gorro de lana. De estatura por sobre la media,
piernas delgadas, piel blanca y pecosa, tras la chaqueta se dejan entrever
algunos kilos demás. Saluda como Pedro por su casa, los mozos
de cabellos multicolores se apresuran a atender a este cliente frecuente.
Se le ve sonriente, cálido, tirando tallas a quien se le acerque.
Pide un caldillo de congrio y una coca cola diet. Observa con ojos lánguidos
el paso de copas de vino. Se apresura a explicar su repentina abstinencia:
En este momento estoy en zona seca, a pesar de que me fascina
el estado de embriaguez en el que todo es posible. Antes pensaba que
no lo podía hacer. ¿Por qué dejé el copete,
si me encanta? se pregunta- No es que yo ande propagando algún
canutismo, ni que me convertí en mormón. Necesitaba parar
un poco el carrete. Quería probar mi fuerza de voluntad, para
demostrarme que soy capaz de sacar mi próximo libro El
Zanjón de la Aguada, conquistar chicos o dar una entrevista
a una niña tonta del Pedagógico se ríe
y me mira atento para constatar mi reacción.
Es que la provocación ha sido
desde siempre su arma de seducción y defensa. Desde la época
de Las Yeguas del Apocalipsis, el colectivo que creó con su amigo
Francisco Casas en los años 80. Ellos deambularon por las
muestras fotográficas, el video, las instalaciones y las performances.
Lemebel co-mienza por esos años a escribir cuentos y crónicas.
Así nacieron Incontables (1986), La esquina
de mi corazón (1994), Loco Afán. Crónicas
de sidario (1996), De perlas y cicatrices (1997),
y su primera y exitosa novela, Tengo Miedo Torero (2001).
Su descarnada e irónica descripción
del mundo homosexual y travesti ha sacado más de una roncha.
Pero él es un guerrero innato. Se para frente al mundo sin pedir
permiso, proclamando a voces el derecho a la diferencia. Es una
estrategia minoritaria de defensa. Frente a un homofóbico, por
ejemplo, me atrinchero. Lo haría aunque fuese el último
maricón del mundo. No me importa nada. Uno tiene que asumir todas
las plumas: la de la escritura, la travesti, la indígena, con
una gran carga de eléctrico veneno, dice y lanza una sonora
carcajada.
Las mismas ideas expresó en su
Manifiesto, publicado en Loco Afán
Hablo
por mi diferencia/ Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro/ Me apesta
la injusticia/ Y sospecho de esta cueca democrática/ Pero no
me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/
Hay que ser ácido para soportarlo/ Es darle un rodeo a los machitos
de la esquina/ Es un padre que te odia/ Porque al hijo se le dobla la
patita
/Usted no sabe/ Qué es cargar con esta lepra/ La
gente guarda las distancias/ La gente comprende y dice:/ Es marica pero
escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Súper- buena- onda/
Yo no soy buena onda/Yo acepto al mundo/ Sin pedirle esa buena onda/
Pero igual se ríen/ Tengo cicatrices de risas en la espalda
Manifiesto amoroso
-Las Yeguas del Apocalipsis estuvieron
en el antiguo Pedagógico
Fue en plena dictadura. Los chicos
de Arte nos invitaron para hacer una intervención en apoyo a
un paro. Con Pancho pensamos que los homosexuales evidentes, las locas
de atar, se refugiaban en carreras como teatro, diseño, danza,
pero no en sociología, matemáticas, filosofía,
que eran algunas de las carreras que se impartían en el Pedagógico.
¡Tenemos que refundar la Universidad de Chile!, dijimos.
Se nos ocurrió ir a caballo, como Pedro de Valdivia, y
desnudas, como lady Godiva. Nos conseguimos una yegua en Peñalolén.
La bajamos en Macul con Las Encinas. Allí nos sacamos la ropa,
y nos subimos al animal. Se veía muy bonito, como una escultura
en movimiento. Más que morbosa, era una imagen tremendamente
erótica, con una gran carga de homosexualidad. Vamos pasando
frente a un colegio y justo coincide con la salida de los alumnos. Los
cabros se quedaron plop viendo el espectáculo. La inspectora
cerró las puertas para que los niños no vieran eso. Los
cabros se desarmaron, se encaramaron a la muralla y, nosotros, tranco
a tranco. Pensamos: aquí se nos acabó la performance,
nos sacan la vida y se transforma en un escándalo. Pero se produjo
un silencio impresionante. Los jóvenes nos vieron pasar y después
escuchamos un aplauso cerrado. De ahí entramos al Pedagógico,
salimos, volvimos a entrar y a salir sin ningún atado.
-¿Los Carabineros no aparecieron?
Tuvimos
suerte, nunca nos llegó un apaleo. Claro que nos movíamos
con un lote de amigos, en los ´80 teníamos una manga de
cómplices que operaban como protección. Como son las cosas,
cuando llegó la democracia los mismos que decían: oh,
estos chicos que son valientes, nos cerraron las puertas en todos lados.
Hasta nos pusieron guardias en el Bellas Artes para que no nos dejaran
entrar. Tal vez porque Las Yeguas del Apocalipsis sonaba
a multitudes, a un tropel de maricones. Era bonito el contraste entre
el nombre -como una marquesina hollywoodense- y nosotros, dos homosexuales
desnutridos.
Dolido relata que para un acto político de la oposición
en 1988, antes del plesbicito, no los dejaron actuar. No fuimos
invitados a este encuentro en el Teatro Cariola. Con el Pancho nos pusimos
unos impermeables negros y nos sentamos en las primeras filas. Antes
de comenzar, nos encaramamos al escenario, nos quitamos los abrigos
y todos se sorprendieron al vernos vestidos como vedettes -plumas, tacos,
zungas- con un cartel que decía <<Homosexuales por la democracia>>.
Nadie entendía nada. No te muevas, Pancha, aquí nos quedamos,
le dije a mi compañero. Muchos pensaron que era parte del espectáculo.
Se produjo un gran silencio, luego nos aplaudieron y finalmente nos
sacaron del escenario.
-¿Qué sientes al saber
que vas a volver al Pedagógico?, le pregunto haciendo referencia
a su participación en el evento Boleros y Poesía
en el Pedagógico
Me emociona. Es una evocación
de tantas luchas, de tantas revueltas estudiantiles.
Se queda pensando y agrega: Prefiero ir al Pedagógico que
a un programa de televisión taquilla como Con Mucho Cariño,
al que me invitaron y no fui. Tuve una intuición de que algo
malo me tenían preparado. Tal cual, el otro invitado era Joaquín
Lavín. A él sólo le daría la mano con caca.
En realidad, el formato efectista, frívolo e idiotizante de estos
programas no lo resisto, porque no tengo interlocutores interesantes.
Ni hablar de la Miriam Hernández o del Felipe Camiroaga. Además,
me expongo a una censura que yo no puedo revertir, porque lo que aparece
en televisión no se puede alterar al día siguiente con
una declaración escrita. Es la imagen la que gobierna. La Tati
Penna quien sí merece su respeto, lo explicita- está
un poco anestesiada por la idiotez de los otros panelistas.
La idea de participar en Boleros y Poesía en el Pedagógico,
le pareció muy linda, aunque yo no soy del tiempo de los
boleros, soy de la época de los Rolling Stones y de los Beatles.
Sin embargo, la cultura de los boleros me llega por herencia materna,
como la del tango por mi abuela.
Cuando la gente me dice: yo no soy de esa época, da lo
mismo creo yo, uno tiene cultura musiquera y el bolero en su momento
representó el manifiesto amoroso de la intimidad, era una carta
de amor, susurrada al oído y por voces de cantantes varones muy
aflautadas, amaneradas, casi amariconadas como la de Lucho Gatica, que
es casi asmática. Acá lo acusaron de homosexual por cantar
así, porque ese era el tiempo del tango, y para cantarlo había
que tener otro registro, muy varonil. Por eso, la entrada del bolero
me parece interesante, porque introduce otra sensibilidad en la canción
latinoamericana popular, más femenina. Sus letras son declaraciones
amorosas derrotadas, sufrientes, no por ello decadentes o bajoneantes.
Si, pus niña, -me dice sonriendo- la alegría no es sólo
brasilera, como dijo Charly García a propósito de Axe
Bahía.
Lo escucho con tanta atención, que no paro de fumar. De pronto,
la cabeza encendida de mi cigarro cae en su entrepierna. ¡Me quemaste!,
grita. Y el humo que sale y sale. Yo, al borde de un ataque de nervios,
tomo una servilleta, pero no hago nada. El lugar siniestrado está
demasiado cerca
sólo atino a soplar. Con un ágil
movimiento, Lemebel tira la ceniza a la mesa. Comienza a hablar de que
antes de que bajara siete kilos gracias a su abstinencia alcohólica,
sin Sida, lo que es mucho decir, no se atrevía a
ponerse patas, pero ahora las usa sin vergüenza.
Tratando de arreglar algo, le digo: soy súper buena para
zurcir. Na de huevás -me responde- cómprame
unas nuevas. Valen dos lucas en Patronato. Asunto cerrado. Y
apaga esa huevá niña, -agrega, indicando la grabadora-
déjame comer que se me está enfriando. Negrera, ni siquiera
me pagan por esta entrevista.
-¿Cómo ha sido tu paso
de lo under, de Las Yeguas del Apocalipsis, al mundo de la cultura oficial,
tu asistencia, por ejemplo, a las tertulias Tobacco & Friends?
En Tobacco &Friends me encontré
por primera vez con fachos cara a cara no estoy hablando de cuicos,
sino de fachos de ideología, de hecho yo tengo amigos cuicos-.
Entrando, me estaba esperando uno de Los Huasos Quincheros. No hallaba
cómo correrme y el fotógrafo ahí, intentando retratarnos
a los dos. Dije: ¡Ay, se me olvidaron los cigarros en el auto!
Y me doy la media vuelta y el viejo me seguía. ¡Ay, que
tengo que ir al baño! Todo era para no darle la oportunidad al
fotógrafo de retratarnos juntos. Y él tenía que
presentarnos al entrevistador el Pato Fernández, director
de The Clinic- y a mí. En esa situación quien perdía
era yo, no el Pato. Si salgo en la Revista Cosas al lado de uno de Los
Huasos Quincheros, de qué estoy hablando. Llegó el momento
en que nos tenía que presentar. Le dije al viejo: mira, lo vamos
a hacer de esta manera: sale y anúncianos. Y yo voy después.
Ah, tienes razón, me respondió. El viejo se la comió.
Así me evité estar con él en el escenario y ser
víctima de una foto. Para mí fue muy difícil estar
ahí. En un momento me di cuenta que el único discurso
posible en ese lugar era el agresivo, porque las preguntas eran muy
puntudas.
Una vieja muy frunci me dijo:
-Señor Lemebel, usted escribe sobre los pobres con la mano izquierda
y agarra el dinero con la mano derecha...
¿Por qué cree Ud. que estoy aquí?, le dije
Por plata, a mí me pagan por estar soportando esta cuiquería.
Fue una contestación real, la necesidad tiene cara de hereje.
Me acordé de la vieja Lola Flores, en algún momento le
preguntaron porqué durante el franquismo había sido la
cantante de Franco. La Lola respondió -imita el acento español-
yo tenía que mantener a la lolita, a los niños y bueno...
vieja sinvergüenza, se ríe- es como la señora
pobre que recibe paquetes de mercadería que le da la derecha
y vota por quien quiere. Pero recibe, demás poh
Y
continúa hablando de esa memorable jornada. Un viejo bien
pepepato, con esa ironía pedante de la gente que tiene plata,
sonriendo con la mandíbula caída, porque la risa es parte
del bolsillo, me pregunta:
-Señor Lemebel, ¿cuál va a ser la crónica
que va a escribir sobre este encuentro?
-No va a haber crónica, porque no pienso venir más a huevear
aquí. Y punto.
-Has dicho en reiteradas ocasiones que
la piratería de textos te parece válida. Por el hecho
de haber firmado contrato con una editorial tan importante como Pla-neta
y siendo tú uno de los escritores más pirateado, ¿ha
cam-biado tu visión sobre este oficio?
No
tengo la moral para atacar o censurar a los vendedores de textos piratas,
también trabajé en eso. Cunetié, arraqué
de los pacos... Me emociona ver mis textos en la calle, subir a un taxi
y que el chofer me lo muestre el libro, claro, - en una versión
pirateada. Esto permite que mis libros tengan otro recorrido, más
inesperado. Hay mucha gente que tiene miedo de entrar a una librería.
De hecho, yo nunca he comprado un libro en una librería, a lo
más me lo he robado. En una feria sí. Entusiasmado,
agrega: A mí me gustaría hacer una Antología
Pirata de Pedro Lemebel, y sacar los mejores textos de mis libros y
hacer una edición pirata directamente para que se piratee.
La tinta de su escritura
-El título de tu novela y este
restorán tienen nombre de toro, ¿tienes alguna obsesión
al respecto?
No tengo fantasías por el
toreo ni por la tauromaquia. Encuentro que es un deporte cruel. Me tocó
ver una corrida de toros en un lugar muy insólito, Puno (Perú),
una ciudad horrible. Fue un espectáculo muy posmoderno, porque
los toreros eran peruanos, los toros, mezclas de llama y vacuno. Corría
tanta sangre que no lo resistí. Además, como eran toreros
incipientes, daban y daban estocadas al pobre toro, una verdadera carnicería.
Lo ideal es que se mate al animal de una estocada, que no haya sufrimiento.
Los aplausos son para el toro, no para el torero. Cuando no lo matan
de una, lo pifian.
Oye
déjame comer, mierda. dice entre risas. Esto
está exquisito. Échale verduritas, Angélica.
Pilar -rectifico- Te llamas Angélica. Así te voy
a decir toda la vida. Es bonito el nombre.
-La historia que relatas en tu novela
es la de un travesti al que llamas loca- que se ve
involucrado sin querer por un grupo de frentistas en el atentado contra
Pinochet. ¿Por qué no se llamó La Loca del
Frente?
De hecho era así, pero conversando
con una travesti vieja que hacía el doblaje de la Sarita Montiel,
me nombró la canción Tengo Miedo Torero. Yo
no la conocía, ni siquiera sabía si existía o no,
porque los travestis son bien fantasiosos. Pero me gustó. Y así
titulé el libro. Más tarde me regalaron un cassette con
la música y supe que era real. En España han hablado de
la canción como leit motiv de la novela. Este título es
un poco ambiguo, ¿quién le teme a quien? ¿el torero
tiene miedo a que el toro lo mate o es el toro el atormentado?
- En tus libros tratas amorosamente a
tus locas, los gay y los travestis. No sucede lo mismo con el peluquero
amanerado de Tengo Miedo Torero quien es, evidentemente,
Gonzalo Cáceres.
No obligadamente. Es el estereotipo
del gay peluquero, arribista y fascistón, que se reprodució
también en Argentina. La Evita Perón tenía un peluquero
Paco Andreu- con el mismo prototipo. No es necesariamente la guatona
fofa de la tele, una verdadera propaganda anti Sida. Él entero
es un cliché que no da para ningún análisis interesante.
-Conocida es tu negativa a darle la mano
a personas que fueron partidarias del régimen de Pinochet. Incluso
se la has negado al escritor Arturo Fontaine. ¿Por qué
esa actitud?
No le doy la mano a cualquiera.
El cuerpo es propio, único. Dar la mano o compartir una mesa
es un gesto muy difícil para una persona polémica. Yo
puedo estar en una discusión, pero no voy a tomarme un trago
con un UDI. En ese sentido, soy a lo mejor una vieja porfiada, cascarrabias,
pegá y resentida, como me dicen, pero con ese resentimiento yo
escribo, es la tinta de mi escritura.
Con sus cercanos, en cambio, es dulce
como la miel. Nombres como Gladys Marín, Carmen Lazo, Carmen
Soria e ilustres desconocidos salen a menudo en su conversación.
En realidad, agrega con un dejo melancólico, no tengo amigos
ni amigas, sólo grandes amores.