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REVISTA NÚMERO 9

"TODAVÍA SIENTO LA MUERTE DE PABLO"

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Testimonio de quien fuera amigo, cómplice y camarada del gran poeta por más de treinta años. Fue dado a la periodista Pilar Morales Alliende poco antes de que recibiera el Premio Nacional de Literatura 2002.
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Tendría unos 13 años cuando oí el nombre de Pablo Neruda por primera vez. Yo estudiaba en un liceo de Talca. Un día, el profesor de castellano llegó a la sala de clases con un par de libros recién publicados en Santiago. Este profesor leyó versos muy audaces para la época: “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos… morena la besadora, rosal de todos los besos en una hora…” Me llamó la atención Farewell. “Amo el amor de los marineros/ que besan y se van. Dejan una promesa/ No vuelven nunca más…”
Estos versos me hicieron recordar una escena de mi infancia. Un tío tenía una tienda en Curicó y yo iba mucho a conversar con los empleados. Me producía una gran fascinación una mujer muy hermosa que pasaba todos los días frente al almacén, orgullosa, sin hablar con nadie. Uno de los dependientes me dijo que la llamaban la Kay Francis –una gran actriz del cine mudo-. A ella se le acercaban jóvenes que le hablaban al oído y yo, naturalmente, la veía como alguien admirable, pero inasequible.
- ¿Quién es?, pregunté a un dependiente llamado Benito Guerra.
- Es la cabrona, la regente del prostíbulo más importante de la ciudad.
- ¿Pero tú la conoces?
- Claro, anoche estuve en su casa.
- ¿Qué estabas haciendo?
- Había una fiesta. Nos divertíamos, bailábamos, yo cantaba, otra gente leía versos. El recitador dijo una poesía muy bonita sobre unos marineros que besan y se van “y una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”
- ¿Quién escribió eso?
- No lo sé

En la clase de castellano descubrí el nombre del autor: Pablo Neruda, y desde entonces me convertí en un nerudiano furioso. Le supliqué al profesor que me prestara esos libros -“Crepuscularios” y “Veinte Poemas de Amor”- jurándole que en una semana se los devolvería, pero previamente los iba a copiar en el cuaderno de composición, cosa que hice. Me aprendí todos los poemas de memoria, pasó a ser mi ídolo.
Después, cuando llegué a Santiago el año 1932, ya me había recibido de poeta provinciano y de agitador político, pues había participado en manifestaciones callejeras contra Ibánez, que cayó el 26 de julio de 1931.
Quería ser poeta, pero también revolucionario para cambiar el mundo. Necesitaba entrar a la universidad. Pero mi familia era pobre y no podía pagarme la permanencia en Santiago, por lo que debía ganarme la vida. Encontré trabajo en el Diario Ilustrado, que era el más reaccionario de Chile, y allí me desempeñé en deportes.
Alcancé a vivir algo de la institución de los conventillos que vivió Pablo en su juventud. Era la pobreza misma, los estudiantes alquilábamos piezas en casas grandes en decadencia. Y no sólo vivían universitarios sino también familias muy pobres.
Cuando Neruda llegó a Santiago, en 1921, tenía 16 años. Su padre le enviaba algún dinero para que estuviera en una pensión mediana. Aquí conoció la camaradería de alumnos poco aplicados que descubrían la vida, las mujeres, las cantinas, que visitaban todas las noches. Muchas veces no pudo pagar las pensiones y tenía que irse. Para él era muy importante que la dueña de la pensión no se metiera en la vida de los inquilinos, porque le interesaba llevar a sus novias. Bebían mucho y comían poco, porque no tenían plata. Conversaba de poesía con amigos como Tomás Lago, Diego Muñoz y Homero Arce.
Él siempre estaba escribiendo, era una actividad diaria. En la pensión de la calle Maruri escribió mucho. A mí me llamaba la atención que hubiese sido tan prolífico en esa época, porque a un poeta joven le cuesta encontrar su propia forma de expresarse. Una vez le pregunté si había tenido estos problemas. Él me dijo que no, que todos los días escribía dos o tres poemas y que siempre los hacía a partir de una experiencia personal.
En ese tiempo había un gran fantasma que asechaba a la juventud que no comía bien: la tuberculosis. Murieron algunos de sus compañeros, por ejemplo, su amigo Romeo Murga, quien falleció a los 20 años.
Era una vida zarrapastrosa, su grupo era una especie de banda de sablistas por necesidad. Entonces les organizó un poeta que tenía diez años más que ellos, con bastante experiencia en las artes de encarar la vida de cualquier manera: Pablo de Rokha. Él se convirtió en jefe de la banda, era el cappo, -daba las órdenes y no podían ser discutidas. Les decía: tú vas y le pides cinco pesos a fulano, tú le robas un libro a este que tiene una gran biblioteca, tú empeñas la camisa, etc... Todo lo tenía organizado y lo controlaba de manera rigurosa.
Un día, esta situación hizo crisis. El grupo de Pablo prepararó una conspiración. Cuando De Rokha llegó a un bar donde habían acordado juntarse, no se atrevieron a encararlo. El tipo entró al baño y mientras orinaba, Tomás Lago sacó la voz y leyó su carta de independencia. Ahí se disolvió la banda.
Neruda tuvo mucho éxito con los libros que publicó, pero tuvo problemas para financiarlos. Una vez empeñó un reloj, en otra ocasión lo ayudó Alone… era muy conocido en el círculo estudiantil, una revelación absolutamente sorprendente, la gente en todos lados quería que recitara, pero la plata no llegaba. El padre le había cortado la mensualidad porque descubrió que había dejado la universidad.
Para él, la época del Pedagógico (1921-1924) fue mágica. No porque fuera un gran estudiante de Pedagogía en Francés –eligió esta carrera para poder leer a los poetas franceses- sino porque fue su primer encuentro con la poesía, los camaradas, la cultura, pero sobre todo el encuentro con las muchachas. Eso fue lo más importante. Ahí conoció a Albertina Azócar y empezó a sentirse pleno, porque había descubierto el amor. Durante toda la época juvenil, la pasión fue lo fundamental y la aprovechó para su poesía, porque su obra es esencialmente autobiográfica. También existió Terusa, esa mujer del sur de buena familia. Pero con Albertina fue distinto. Neruda se enamoró perdidamente de ella, fue para él la primera mujer del amor pleno y físico, y es la principal musa de los Veinte Poemas.

¿Preciosos Ridículos?

Un día, leí en el diario que Pablo Neruda había vuelto del Oriente (1932) y que daría un recital en el teatro Miraflores. Fui muy ilusionado de poder ver y escuchar al poeta, pero no pensaba acercarme a él, porque me intimidaba su grandeza y fama. En el recital, escuché sólo la voz del poeta, pero no lo vi. Él leyó unos cuantos poemas de un libro que estaba escribiendo “Residencia en la Tierra”, oculto detrás de unos grandes biombos chinos. Lo que se escuchaba era una voz soñolienta, arrastrada, que recitaba una poesía que muy poco tenía que ver con “Veinte Poemas de Amor” –que es claro, melodioso y directo-. La obra era misteriosa al primer oído y desconcertante. Me fui medio defraudado. No lo había visto y su poesía me había dejado un tanto desorientado. Después, leída con calma, la encontré de enorme profundidad, fundamental en el cambio de época en la poesía nerudiana. Es enigmática, producto de su gran soledad de Oriente, donde no hablaba con nadie en castellano. Se sentía abandonado, tenía muchas dudas si podría salir de ese gran hoyo asiático.
En esos años me encontré con numerosos aprendices de poetas, muchos del Pedagógico. La mitad de sus alumnos aspiraban a ser poetas, escritores o actores.
Eduardo Anguita y yo queríamos publicar un libro que fuera la gran proclama, la develación de los verdaderos talentos poé-ticos y dejar afuera a los dioses del escenario literario. Elegimos entonces a diez poetas y eliminamos a Gabriela Mistral. El libro –publicado en 1935- se llamó “Antología de la poesía chilena nueva”. Abusando de nuestra calidad de compiladores, nos incluimos. Hubo una discusión respecto de incorporar o no a Neruda, finalmente optamos por incluirlo. Muchos de los poetas que antologamos resultaron ser de los más grandes de Chile.
El libro era muy serio, porque además de los poemas, pedimos a cada autor un breve ensayo respecto de su concepto de la poesía. En el caso de Neruda, yo le mandé una carta explicándole que éramos dos jóvenes desconocidos y que nos interesaba mucho su poesía y que preparábamos este volumen. Nos contestó enseguida, para nuestra sorpresa, y nos mandó varios poemas inéditos muy hermosos, entre ellos, “Sólo la Muerte”.
Este libro produjo la más palabreada de las polémicas literarias chilenas del siglo XX, porque Pablo de Rokha reaccionó mal. Pensaba que éramos el enemigo, emisarios de Vicente Huidobro, además quería que incluyéramos a su mujer Winétt. De Rokha reaccionó cañoneando la antología. Empezó con Huidobro, luego con Neruda, después con el editor del libro -el propietario de Zig-Zag- y finalmente con los antologistas.
Por otro lado, la crítica oficial dedicó páginas enteras para condenar el libro. Nos dijeron que lo único que habíamos hecho era derribar las estatuas de la plaza, a los héroes y las figuras del sistema literario. Alone nos trató de chiquillos apresurados que toman medidas adelantadas para entrar en la inmortalidad. “¿Obra de preciosos ridículos?” escribió en La Nación. Neruda no se enojó con nosotros, sino con Huidobro y De Rokha.
Gabriela Mistral, en cambio, nunca se dio por aludida con esta publicación. Escribió por esos años un ensayo respecto de la poesía futurista que la colocaba al otro lado de la trinchera. Mi principal arrepentimiento luego de la publicación de la antología fue haberla excluido.

“Saludo al Norte”

En 1937, Neruda volvió de España, trayendo el manuscrito “España en el corazón”. Yo trabajaba en ese momento en la revista “La semana”, a cargo de la sección cultural. Su director, Luis Enrique Délano, me dijo que debía entrevistarlo. No quería ir, a pesar de que ya había pasado un buen tiempo de la publicación de la famosa antología. Imaginaba que Neruda podría tener sangre en el ojo. Pero mi jefe insistió.
Neruda me recibió muy cordial en un departamento en la calle Vicuña Mackenna. Me habló de España, incluso me dio un poema inédito, llamado “Himno y Regreso”, que de alguna manera anunciaba la llegada del barco Winnipeg. Así nació una relación literaria que luego se convirtió en relación política y de verdadera amistad. Fue humana, cotidiana, de mucha confianza, él era un gran amigo. Conversamos durante 30 años y en los periodos que estaba en Chile, casi todos los días. Hablábamos de todo, Pablo no era solemne, sino directo y cotidiano, le cargaba la gente que se embarcaba en grandes teorías abstractas, lo aburrían, él quería la vida concreta.
Las mujeres fueron muy importantes en su vida, un tipo muy apasionado, sabía su importancia, pero no la hacía pesar.
Neruda, el coleccionistaCon el paso del tiempo, se hacía más y más importante no sólo como poeta sino también como figura pública. A nosotros nos unía también la política, yo era un político más experimentado que él, por una razón simple: ingresé a la juventud del Partido Comunista a los 16 años, mientras él se integró recién a los 41 años. Esto no quiere decir que no haya sido político antes. Siempre tuvo una mentalidad anarquista y revolucionaria. Se sentía parte del pueblo, perteneciente a una familia de obreros, de gente modesta.
Le gustaba leer poesía en público. No lo hacía frente a sus amigos, cuando se lo pedían recitaba unos poemas cómicos que no eran de él. Así se sacaba el bulto. Le encantaba ir a los pueblos, recitar a los campesinos, a los cargadores de la vega y también a públicos más cultos. Durante aquellos años dio esa serie de notables conferencias en el Salón de Honor de la Universidad de Chile y en el teatro Caupolicán. “Viaje alrededor de mi poesía”, “Viaje al corazón de Quevedo”, “Viaje a las costas del mundo”, fueron conferencias deslumbrantes. Habló sobre los caracoles, las mariposas, los hombres, García Lorca, la guerra de España...
En 1945 el Partido Comunista le propuso ser candidato a senador por Tarapacá y Antofagasta. Neruda respondió que él no hacía discursos, que no era un orador. Entonces, su compañero de lista –Elías Lafertte- le dijo: no des discursos, lee poesía. Y escribió “Saludo al norte”, que es un poema muy hermoso donde nombra cada uno de los pueblos donde tiene que pasar para proclamarse.

De cantante a reina

Siempre he contado que yo vivía en otro mundo que el de Neruda, pues no pertenecía a la generación del año 20. Sin embargo, me invitaba mucho a su casa. Ya se había instalado en el trono la Hormiga (Delia del Carril), a quien yo admiraba mucho, pues era una intelectual, una persona reservada que no sabía nada de la casa, pero todo del mundo.
El vate acompañado del muralista mexicano, Diego RiveraDelia era el centro de todas las reuniones, donde participaban las antiguas parejas de Neruda, entre ellas, Albertina y su marido, el poeta Ángel Cruchaga Santa María.
La ruptura con la Hormiga en 1956 provocó un verdadero cisma entre sus amistades. Un tercio se alineó con uno o con el otro y al tercero, no le importó demasiado, no iban a declarar la guerra mundial por esto. Juvencio Valle, por ejemplo, asumió una actitud pacífica, no estaba para guerras que no eran suyas.
Cuando la Hormiga se enteró de la relación con Matilde por una persona que trabajaba en la casa de Isla Negra, Pablo decidió escribirle una carta y me pidió que se la entregara. Para la Hormiga, esto fue un gesto de deslealtad de mi parte, lo que sentí porque realmente la admiraba.
Desde de la separación hasta el premio Nobel, transcurrieron 15 años. En este tiempo, Matilde y Pablo crearon un nuevo ambiente. Matilde Urrutia era una muchacha de provincia, que quiso tener una carrera de cantante, hasta entonces sin mayor éxito. Ella con Neruda pasó a ser la reina. Una reina cuidadosa, inteligente, pero muy severa cuando algo rompía la normalidad que debía existir.

“Con amor, para Alicia”

Supe de Alicia Urrutia muy luego, fue llevada a la casa por Matilde, quien desempeñaba varios ministerios en el hogar: el de economía, el de justicia y el de interior.
Alicia, sobrina de Matilde, llegó con una niña de alrededor de cinco años, Rosario, que fue matriculada en la escuela de Isla Negra. Pablo se encariñó con la pequeña, lo que todos nosotros atribuimos a que él no tenía hijos. Yo notaba que algo raro estaba pasando entre Alicia y Pablo, aunque nunca tuve una noción clara del asunto. El día que Matilde se enteró de la relación entre ambos, procedió de forma enérgica y la echó a patadas. Él volvió con Matilde, quien fue la persona que lo acompañó hasta el final.
Sibarita ante todo.Cuando se celebraron los 50 años de la publicación del “Canto General” se hizo un recital en la escalinata de la Biblioteca Nacional. En esa oportunidad me tocó hablar. Al final se me acercaron algunas calcetineras a pedirme autógrafos en una hoja que se editó con poemas de Neruda. Se formó una fila. En ella vi a una mujer joven que se acercó a mí y me dijo algo al oído que no logré entender bien. Luego se identificó como Alicia Urrutia. Le escribí entonces el autógrafo: Con amor, para Alicia. Me besó en la mejilla y se fue. Yo, por respeto a su privacidad, no la volví a buscar. Físicamente se veía igual a Matilde.
El 11 de septiembre de 1973 yo estaba en Roma. Debía tomar un avión a Moscú y después a Santiago, pero aquí todos los aeropuertos estaban cerrados. Me llamaron de la radio para pedirme mi opinión. Me quedé en Moscú hablando por radio, porque sentí que era lo que me correspondía. Alguien tenía que contar lo que ocurría en Chile, dar la otra versión en un tiempo de censura absoluta. En esos momentos el mundo se me vino abajo, pero tuve que levantarme, no por mí, sino por la gente que estaba muriendo.
Me enteré de la muerte de Pablo por los corresponsales extranjeros. Aunque estaba muy enfermo, el Golpe Militar precipitó su muerte. Los médicos estimaban que tenía posibilidades de vivir más tiempo, cinco o seis años.
Todavía siento la muerte de Pablo. Echo de menos su conversación, la amistad, la confianza, los secretos, la poesía, su bondad, su manera de encantar la vida. Le gustaba el humor, no tenía ninguna gracia para contar chistes, pero siempre buscaba la alegría. Y era muy serio a la vez, no era un hombre banal. Siempre tuvo la noción de su responsabilidad, el ser un portavoz del pueblo. Y además, escribía de su vida, de sus amores, que son los amores de todos.

P.M.A.