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REVISTA NÚMERO 8
GRACIELA HUINAO:
"Sigo creyendo que somos polvo de estrellas"
Ser mujer, pobre y más
encima mapuche son tres estigmas que esta poetisa ha tenido que sortear
para desarrollar su carrera. Como primera mujer de esta etnia en las letras
nacionales, debió tocar muchas puertas antes de publicar un libro
en Chile. Y, como ya parece ser parte de nuestra idiosincrasia, sus poemas
fueron editados con anterioridad en Estados Unidos.
Resulta sorprendente, casi envidiable, la claridad que tiene Graciela
Huinado sobre su misión en esta tierra: Los mapuches tenemos
una carga tremenda de historia que no se ha publicado, muere con nosotros.
Yo no quiero que eso me pase, siento que mi función es dar a
conocer la memoria de mi pueblo, todas aquellas historias y vivencias
de mi infancia en Osorno.
La primera escuela de mi raza
es el fogón
en medio de la ruka
donde arde
la historia de mi pueblo.1
Los
sábados nos quedábamos despiertos hasta tarde. Mi mamá
nos hacía bistec, cocía las típicas papas del sur
y nos sentábamos a tomar mate junto a la estufa a leña.
Mi papá nos contaba la historia de nuestros antepasados, de Lautaro
y Caupolicán. Después nos relataba la historia de su gente,
de cómo había sido la Pacificación. Mi
bisabuelo, que era de la costa, tenía 21 años cuando participó
del último levantamiento huilliche en 1883. Hace poco hice una
exposición sobre ese levantamiento en la Biblioteca Nacional y
nadie sabía nada, ni siquiera los historiadores que estaban presentes,
porque no existen registros, la historia del pueblo mapuche es oral.
Mi papá nos contó también que los chilenos
hacían redadas para llevárselos a la Guerra del Pacífico
y los ponían como carne de cañón, detrás iban
los chilenos, y eso no se sabe. Mi bisabuelo tenía 12 años
en esa época y lo salvaron vistiéndolo de mujer. Se llevaron
a todos sus hermanos. A un familiar de él lo llevaron de caballerizo,
tenía 16 años. Cuando volvió, se trastornó.
Se paseaba por una pampa con el uniforme de la guerra todo hecho tira;
al despertarse por las mañanas, hacía como que alguien venía
y decía: <<¡A la carga!>> con un pedazo de madera
en la mano.
Con esta fuerte carga emotiva, llegó a un mundo desconocido. A
mí me pusieron en una escuela cerca de mi casa. Me sentía
como gallina en corral ajeno, porque el racismo es muy grande entre los
niños
Yo estaba orgullosa de mi origen y me dijeron que los
indios eran flojos, borrachos, piojentos y ladrones. Fue un golpe muy
fuerte. Una niña de seis o siete años no entiende mucho
de esas cosas. Mis papás hablaban mapudungun y no nos enseñaron,
porque en ese tiempo era muy mal mirado. Incluso en el colegio me decían
que lo olvidara. Sólo ahora lo estoy aprendiendo, porque necesito
comunicarme con mi gente. Cuando leo mis poemas en mapudungun siento que
este lenguaje es más firme y potente que el español.
Y mi padre está allí
con una rodilla en el suelo
a dos manos apretaba el viejo sombrero.
Me asusté
nunca había visto a mi padre tan pequeño.
Dijo una oración en Mapudungun que no
entendí.
Sin embargo, me transmitió la pena.
de ese árbol que vio nacer
todas las generaciones que corren por mis venas 2
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-¿De qué otra manera se
expresó este choque cultural?
-Cuando era pequeña me insistieron
para que hiciera la primera comunión, pero peleé con el
cura. A mí me habían hablado de la naturaleza, del Nguillatun.
Mis profesores me decían que eran cosas malas, casi diabólicas,
que existe un Dios, una Virgen y ángeles. Esas ideas empezaron
a girar en mi cerebro. ¿Cuál era la verdad? Me crié
entre esas dos aguas. Pero ahora tengo las cosas más claras, sigo
creyendo que somos polvo de estrellas (hace alusión al mito mapuche
sobre la creación del mundo).
En señal de la cruz
-¿Cuándo surge la motivación
por la poesía?
- Siempre me gustó escribir. Un
hecho que me marcó sucedió cuando estaba en octavo básico.
Un día la profesora de Castellano nos pidió que hiciésemos
un cuento. Estaba en mi salsa, feliz. Escribí sobre un ave. Llegó
el día de las notas. Entregó todos los trabajos menos el
mío. Me dejó al último y dijo: Graciela Huinao, pase
adelante. Me preguntó: ¿Quién te hizo tu cuento?
Señorita, lo escribí yo, le respondí. Te voy a bajar
la nota, te iba a poner un siete, pero como me estás mintiendo
te voy a colocar un cuatro.
- ¿Qué sentiste en ese momento?
- Me dio pena y mucha rabia. Yo era la
única que sabía la verdad. Pero también pensé
que ella, como profesora, había leído muchos cuentos y por
algo no creyó que era mío. Imaginé que ese cuento
sobresalía sobre todos los de mis cuarenta compañeros. Ahora
le doy otra interpretación: si otra niña que no hubiese
sido mapuche lo hubiese escrito, a lo mejor lo habría aceptado,
pero como yo era mapuche, no me creyó. En todo caso, ella no tenía
la culpa, porque la educaron así, con la idea que los mapuches
no éramos capaces de esas cosas.
Pero Graciela perseveró. En primero medio ya le decían la
poeta y era muy solicitada por su talento para escribir cartas de
amor que otros firmaban.
Su vida en Rahue, el barrio que la vio nacer en 1956, poco a poco comenzó
a vestirse de gris. A los trece años el mal agüero cantó
su terrorífica marcha nupcial: mi madre y la muerte se unían
para siempre, sin mi consentimiento, (ni el de mi padre), en una ceremonia
que me traería tristeza para toda la vida 3
Algunos años más tarde le llegaría el turno a su
progenitor. Después de tanta miseria y antes que se le apolillara
el terno de salida, mi padre se peleó con la vida, no se defendió.
Llevó su sombrero café para que la compañera de infancia
lo reconociera y un ramo de flores blancas por los ocho años de
espera. Sé que juntos me miran cuando escribo algún poema.
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Tras la muerte de sus padres y 22 años sobre sus hombros, Graciela
huyó de su hogar al recibir una visita ingrata y arrolladora. Entró
en mi casa, por la puerta que más duele y cuando se le hizo pequeña
mi casa salió a las calles donde yo arrancaba dejando de par en
par las puertas abiertas de mi ciudad, por la razón más
desbocada que persigue a todo animal: el hambre 5
.
Así llegó a la capital, en 1988, con la esperanza de poder
seguir escribiendo, pero con la certeza de que la poesía no le
daría techo ni comida. Y, como la mayoría de sus congéneres,
una casa con rostros ajenos y costumbres extrañas la recibió.
Acá en Santiago fue otro mundo, no sabía dónde
estaba el norte ni el sur, la única alegría que tenía
era cuando miraba la luna alumbrando la casa en la que yo trabajaba como
nana y pensaba que era la misma que iluminaba mi hogar en el sur.
Se levantaba a las seis de la mañana, cuidaba niños, hacía
aseo y cocinaba. A las diez de la noche se iba a dormir en una pequeña
habitación anexa a la cocina. En esa época no tenía
amigos ni familia, estaba sola. Esta rutina la repitió por
cuatro años, cuando decide arrendar una pieza y estar puertas afuera.
Al trabajar por menos horas, pudo disponer de más tiempo para escribir,
afición que nunca había abandonado.
-¿Cómo diste el salto
para llegar a publicar?
-
Un día la señora me pilló escribiendo y me pidió
leer algunos textos. En ellos hay poesía, son cosas que están
muy dentro tuyo, me dijo. Ella la incentivó a mandar un par
de poesías a un diario de circulación comunal. Gran sorpresa
gran: ambos fueron publicados. El siguiente paso fue ingresar a un taller
literario, pero ahí se sintió coartada. Yo escribo
como siento, como se me viene a la cabeza. En los talleres te dicen: tienes
que escribir con rimas, hacer esto de tal manera, como si fuera un colegio,
que dos por dos son cuatro y punto. A mí me gusta la libertad,
no encasillarme. Pero esta corta experiencia de cuatro meses rindió
sus frutos, ya que conoció gente ligada al mundo de las letras.
Dejó su trabajo e ingresó a una fábrica de confecciones,
donde permaneció ocho años. De ahí consiguió
un puesto como secretaria. A esas alturas ya participaba en recitales
de poesía e incluso viajaba fuera de Santiago a mostrar sus obras.
Un hito dentro de su peregrinar fue haber sido incluida en la antología
Ül, Four mapuche poets, que Cecilia Vicuña publicó
en Estados Unidos en 1996.
Como otros poetas de su etnia, la nostalgia, la imposición de una
cultura sobre otra, la rabia por el desalojo y la discriminación
y los mitos y leyendas, son la materia viva que nutre su trabajo. Ella
construye a partir del material poético que le proporciona lo lárico,
una estela nítida respecto del pasado de su pueblo, trasmitido
oralmente de generación en generación
Salmo 1492
Nunca fuimos
el pueblo señalado
pero nos matan
en señal de la cruz. 6
Hoy, como única mujer mapuche urbana
dedicada a la poesía, dice con orgullo que es una de los pocos
literatos que vive exclusivamente de las letras. Tal vez la palabra sea
sobrevive, ya que arrienda dos piezas en Lo Prado y a duras penas logra
cubrir sus necesidades básicas.
La razón que tiene esta poetisa para permanecer en esta urbe es
contundente. Santiago es mi tierra. No tengo la culpa que aquí
hayan fundado una ciudad. Los mapuches llegaban hasta Aconcagua antes
del arribo de los españoles. Yo estoy viviendo en mi tierra, quienes
la ocupan son los chilenos. En este país lamentablemente lo mapuche
es una cultura extranjera. Si uno se topa con un moreno y le pregunta
si es mapuche, lo niega y se enoja. Es una ofensa decir que el Chino Ríos
o la Miriam Hernández tienen cara de indios, capaz que se querellen.
Ella es una mapuche pulida, esos pómulos nunca se los va a poder
bajar, tampoco podrá cambiar su cara redonda. Esos rasgos los reconozco
altiro.
El 26 de octubre de 2001 lanzó su primer libro que ella misma financió
titulado Walinto en el Centro Cultural de España. Walinto
es una comunidad que queda a 60 kilómetros de Osorno. Ahí
todavía está la casa de mis abuelos, donde pasé gran
parte de mi niñez.
Un niño tiene que haber pintado
las pampas de Walinto.
Por la forma de sus árboles
lo simple de su geografía.
Sus ruka porfiadas al tiempo
se levantan en resistencia día a día.
Allí engendraron mis ancestros
para que la historia continúe.
Mi abuela
Almerinda Loi Katrilef
se levanta de esa tierra
a esculpir golpe a golpe
una macabra escultura:
Tres chilenos
embistiendo a caballo
a una mujer williche
en su octavo mes de embarazo.
Hacha en mano abuela
defendiste tu tierra.
Cerraron tus cicatrices
y yo abro este poema.
Fue el día que el diablo se instaló
en su puerta
-me dijo-
Y de lo heroico de tus manos
yo aprendí a querer mi tierra 7 .
Pilar Morales Alliende
1 Huinao, Graciela,
Walinto, Los cantos de José Loi. Ediciones La Garza
Morena, Santiago, 2001, pág. 41.
2 Ibidem, A filo de hacha, pág. 37.
3 Ibidem, pág. 9.
4 Ibidem, pág. 11.
5 Ibidem, pág 11.
6 Ibidem, pág. 13.
7 Ibidem, Walinto, pág. 43.

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