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REVISTA NÚMERO 8

MIL RUTAS DE DOLOR


Primero fueron gotas aisladas. Luego, una lluvia copiosa que inundó las grandes urbes. Son la gente originaria de nuestra tierra que hoy vive en su mayoría entre bocinazos y smog. Tal vez los nubarrones más oscuros de su devenir no sean la escasez de recursos ni la falta de oportunidades, sino algo que los empapa y deja helados: la discriminación.

Por Pilar Morales Alliende*


Niño afectado por el Mal de Chagas. Presenta el “Signo de Romaña” caracterizado por la hinchazón de párpados, propio de la etapa aguda de la enfermedad.

En La Florida, calle Rojas Magallanes 2320, la comunidad Lelfunche tiene en comodato una explanada de tres hectáreas. Es uno de los pocos lugares donde los mapuches de Santiago tienen la posibilidad de reunirse, festejar y realizar sus ritos sin problemas de espacio. Aquí sí pueden sentir la fuerza de la madre tierra –ñuke mapu- que aún reina en su imaginario, a pesar que muchos nacieron y se criaron en la capital.
El escenario rememora algo de los parajes sureños. Una cortina de eucaliptus, pasto verde, una ruca y un rehue (objeto sagrado donde convergen las fuerzas de la naturaleza) reciben a numerosas familias que acuden a celebrar ancestrales ceremonias como el Nguillatún, rogativa que se realiza por la preservación de las costumbres y del idioma de las comunidades en un reencuentro con la tierra. También celebran el Wiñol Tripantu o Año Nuevo, entre el 21 y el 24 de junio. Al igual que otros grupos étnicos, los mapuches se reúnen cada solsticio de invierno para festejar un nuevo ciclo solar.
Estos encuentros se llevan a cabo por lo general los días domingo. Muchos visten con trajes tradicionales, los hombres con un cinto en la frente y ponchos, las mujeres con faldas largas y joyas de plata. En sencillas ramadas se amasan sopaipillas y catuto (pan de trigo entero) y se pelan y pican verduras para suculentas cazuelas que luego cocinan en grandes fogones. Jarrones de greda albergan licores como el mudai (chicha de trigo o maíz).
Un locutor que habla en español y mapudungun intenta ordenar la cosa. Comienza la rogativa. A periodistas y camarógrafos se les prohibe filmar y sacar fotografías. Más de alguno protesta. Hombres de poncho y cintillo vigilan con celo el cumplimiento de esta norma, como también que nadie dé la espalda al rehue En la ceremonia todo ocurre en mapudungun. Es una oración larga y monótona a los oídos neófitos al son del kultrún y de cascahuillas (pequeñas campanas). El lonko habla y algunos responden. Es claro que muchos no entienden. Sobre todo los jóvenes, que se remiten a escuchar con respeto. Más tarde vendrá la comilona y el juego de palines o chueca, con entusiasmados jugadores. Los festejos culminan con alegres vítores del equipo vencedor.

Largo Periplo

Son los mapuches urbanos quienes tomaron la batuta en la preservación de su cultura en las urbes. Según el Censo de 1992, la población mayor de 14 años que se autoidentificó con alguno de los tres principales pueblos indígenas -mapuche, aymara y rapanui- alcanzó a 998.385 personas. El mayoritario es el mapuche con 928.060, es decir, el 93%, siguiéndole el aymara con 48.477 (4,8%) y el rapanui, con 21.848 (2,2%). Lo sorprendente fue que casi el 80% se concentra en las ciudades. Sólo en Santiago se registraron 450 mil aborígenes.
La historia de la migración campo-ciudad en el caso mapuche se deriva principalmente de la escasez de tierras producto del sistema de reducciones impuesto por el Estado chileno a fines del siglo XIX, tras la llamada “Pacificación” de 1881. Comenzó en los años ’30, cuando se hizo crítica la disminución progresiva de la tenencia de tierras. En un primer momento se desplazaron a ciudades cercanas como Temuco o Villarrica, pero pronto se aventuraron a la capital buscando mejores perspectivas. Así lo testimonió Ricardo Coña al investigador José Ancán:
“Me vine a Santiago para andar mejor, tener otra vida, un mejor porvenir, porque el campo no era para adelantar mucho. Entre los hermanos había un poco de rencor, entonces busqué una vida buena, tranquila… En 1938, cuando llegué a Santiago, había pocos mapuches. Ellos no se conocían y no tenían donde dormir, así que las panaderías les daban hospedería, algo para dormir, una piecesita. Se quedaban a trabajar puertas adentro.” 1
Durante las siguientes décadas, la migración es cada vez mayor, caracterizada por una suerte de “invisibilidad” del mapuche. Ésta se explica por dos factores: el trabajo puertas adentro de hombres y mujeres y el deliberado ocultamiento de la identidad, fruto de un medio adverso y discriminatorio.
Sólo en los años ’60, cuando el Estado aplicó planes masivos de viviendas, los pueblos autóctonos accedieron a ellas. Esto constituye un verdadero hito en sus vidas que da inicio a un fenómeno que los caracteriza hasta hoy: su agrupamiento en algunos sectores dentro de comunas populosas como Pudahuel, Peñalolén, Cerro Navia, La Pintana, Lo Prado, Renca, San Ramón, Pedro Aguirre Cerda y La Florida.
Algo similar sucedió con los aymara en el norte. La tenencia de la tierra, su sobreexplotación, o el efecto de persistentes sequías son factores relevantes. “La pérdida de recursos productivos o de subsistencia en las comunidades alto andinas, ha fomentado una migración que es bidireccional. En efecto, una corriente migratoria es de carácter rural-rural, esto es, se dirige del altiplano a los valles; la otra, en cambio, es rural-urbana, es decir, va desde el altiplano a las ciudades”. 2
Los aymaras se han sentido atraídos por las oportunidades laborales que brindan las actividades mineras, comerciales, portuarias y de servicios. Esto los incitó, sobre todo a los jóvenes, a migrar buscando una mayor capacitación que les abriría nuevas perspectivas, lejos de sus comunidades.
Olga Quilagayza pertenece a una de las dos organizaciones aymaras que existen en Santiago. Tiene una particular visión de la historia de su pueblo. “Los territorios que ocupan los aymaras eran bolivianos y peruanos. Después de la Guerra del Pacífico, pasamos a ser traidores, nos prohibieron la lengua, la vestimenta, los ritos, todo lo que nos identificaba como etnia. Mi madre recordaba a un señor que perseguía a los <<indios>> sólo para molestarnos. Se reía porque nos sentía temerosos”.

“Los territorios que ocupan los aymaras eran bolivianos y peruanos. Después de la Guerra del Pacífico, pasamos a ser traidores, nos prohibieron la lengua, la vestimenta, los ritos, todo lo que nos identificaba como etnia”, afirma Olga Quilagayza.

En las comunidades tradicionales (ayllus) la tierra y el agua eran comunitarias. Con la llegada del sistema capitalista, se obligó a la gente a inscribir sus territorios, aunque algunos no lo hicieron. Les fueron quitando el agua, vinieron las crisis económicas, la gente se comenzó a ir para subsistir. Muchos se insertaron en las urbes. Otros se fueron a Bolivia atravesando la cordillera a lomo de mula.
La familia de Olga hizo un periplo muy semejante al de sus compañeros de etnia. Eran doce hermanos que nacieron en la localidad de Limaxiña, al interior de la Quebrada de Tarapacá. Buscando mejores oportunidades, primero bajaron al tranque de Pachica, luego a la oficina salitrera Alianza. Como ahí sólo había una escuela primaria, derivaron a Iquique. Ella terminó estudiando Educación de Párvulos en Santiago.
Olga QuilagayzaIquique y Arica fueron las principales ciudades que los recibieron. A las mujeres, mayoritariamente como empleadas domésticas y, a los hombres, en las salitreras y después en el cobre.
Ya hacia la década de 1950 la aculturalización era una realidad ineludible. El idioma y las costumbres se habían ido diluyendo. En la actualidad, ni los mayores dominan el aymara, salvo escasas excepciones, pero existen iniciativas por parte de las organizaciones de recuperar esta lengua.
“Yo me siento más libre en Santiago que en Iquique. Ahí había colonias españolas e italianas que monopolizaban la vida económica y social”. Sin embargo, las señora Olga no deja de sentirse discriminada. “Muchas personas me saludan sólo cuando necesitan algo, si no pasan de largo como si no me vieran. También en el plano físico, por el hecho de ser morenos y bajos no servimos para ciertos puestos, el modelo es europeizante. Como educadora de párvulos no tuve trabajo hasta que hicimos un movimiento para presionar al Estado para que nos dieran pega. Ello ocurrió en 1955. Éramos de distintas etnias”.
El aymara, a diferencia de otros grupos, se camufla más, adopta todos los modos ajenos. “Me sucede que, cuando invito a mi organización a alguien de mi mismo origen –reconozco sus rasgos con una simple mirada-, se ofende. Son personas a las que el medio se los comió”.

Lenky, “la santiaguina”

Hacia los años ‘60 comienzan a llegar a Santiago grupos de rapanui debido, entre otras razones, a la mayor frecuencia de barcos de la Armada que los transportaba a bajo costo. Lenky Atan, educadora intercultural y microempresaria, cuenta que su padre y sus tíos se vinieron a estudiar. “ Aquí el mundo se les abrió, conocieron cosas que jamás imaginaron”. Así como la familia Atan, otros llegaron a hacer el servicio militar, a integrarse a las Fuerzas Armadas y a adquirir nuevos conocimientos. Las mujeres en particular se inclinaron por carreras como enfermería, peluquería y pedagogía.
Lenky AtanEn buena parte ella explica el fenómeno también por “la curiosidad y el espíritu de aventurar”. En los primeros tiempos sintieron cierto resquemor por parte de los continentales. “Nos miraban con rechazo y curiosidad porque éramos <<indios>>. A mi papá lo marcó el hecho que hablara mal el castellano. A nosotros nos prohibió comunicarnos en rapanui”.
La situación fue mejorando con el paso de los años. “Me vine hace quince años, enamorada de un continental. El hecho de ser isleña me abrió muchas puertas, algo que no pasa con los mapuches. Creo que es porque nosotros tenemos una actitud arrogante, estamos orgullosos de nuestras raíces. Aunque persisten algunos prejuicios, por ejemplo, los hombres creen que las mujeres somos fáciles y que no tenemos cerebro”.

El drama de la migración indígena radica en que, sobre todo en los inicios, pasaron a engrosar las filas de la mano de obra no calificada, ocupando así los últimos tramos de la estratificación social. Sus vidas están plagadas de historias de pobreza, marginalidad y discriminación.

El drama de la migración indígena radica en que, sobre todo en los inicios, pasaron a engrosar las filas de la mano de obra no calificada, ocupando así los últimos tramos de la estratificación social. Sus vidas están plagadas de historias de pobreza, marginalidad y discriminación.
Cuando llega a la ciudad, el indígena toma dos caminos: se desvincula totalmente o reencuentra su identidad relacionándose con sus pares. Su condición étnica es una marca cuya principal manifestación es el apellido. A veces recurren al camuflaje de la identidad a través del cambio del mismo, un “blanqueo” premeditado. Sólo el año pasado cerca de dos mil jóvenes cambiaron sus apellidos originales por otros para evitar la discriminación. Pero también suele ocurrir que algunos llegan a la casa de un familiar, quien participa en alguna organización, donde “desarrolla su forma de ser mapuche como se hace en el sur, en comunidad, siguiendo las tradiciones”, afirma Eliana Queupumil, artesana del Centro de Exposición de Arte Indígena, ubicado en el cerro Santa Lucía y empresaria gastronómica de la organización Ad Malen (Mujer Admirada).
A través de estas entidades se plantea, por un lado, una estrategia común de adaptación al medio urbano y, por otro, se reivindica el derecho a ejercer y transmitir la cultura originaria. En Santiago se calcula que existen cerca de cien, de las más variadas naturalezas: territoriales, culturales, económico-laborales, estudiantiles y políticas.

Botín de Guerra

Corría 1989. El entonces candidato de la Concertación, Patricio Aylwin, se reunió con los pueblos indígenas y firmó el llamado “Pacto de Nueva Imperial”, rememorando los antiguos parlamentos. En él, Aylwin se comprometió a reconocer constitucionalmente a los pueblos indígenas, adscribir el convenio internacional 169 de la OIT y crear un fondo de etnodesarrollo a través de una ley indígena. Por su parte, los aborígenes prometieron entregarle su voto.
En 1993 se promulga la ley N° 19.253, llamada Ley Indígena. En ella se establece que es deber del Estado la protección, el fomento y el desarrollo de los pueblos indígenas. Se crea, para este efecto, la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), la que se impuso tres áreas de trabajo: la defensa y ampliación de las tierras, la educación y la cultura y el desarrollo de las comunidades. Aún cuando el trabajo se ha enfocado preferentemente hacia el sector rural, algunas iniciativas también abarcan al mundo urbano. Destaca el apoyo a la microempresa, con fondos concursables y capacitación.
En el área laboral, hombres y mujeres se desempeñan en ámbitos distintos. Mientras los hombres son obreros de la construcción, panaderos, comerciantes, operarios, agricultores, guardias, garzones, jardineros, cocineros y muy pocos profesionales, las mujeres son asesoras del hogar, artesanas, temporeras, comerciantes, vendedoras ambulantes, maestras de cocina y escasas profesionales.
El 40% de la población indígena femenina de la Región Metropolitana son empleadas de casas particulares. Este fenómeno existe desde la Conquista, cuando eran parte del botín de guerra, o simplemente asignadas dentro de la encomienda que se le otorgaba a cada conquistador. Desde entonces se han “infiltrado” en un mundo ajeno, conociendo desde adentro sus usos y costumbres y, de alguna manera, transmitiendo su cosmovisión y tradiciones.
El acceder a un trabajo distinto, mejor mirado por la sociedad –lo que no significa necesariamente obtener un mejor sueldo- se ve dificultado por las escasas posibilidades que tienen de ahorrar, dado los bajos sueldos y a la obligación de mandar dinero a sus familiares. Pero a veces lo logran, dependiendo de su empuje y de las facilidades que puedan darles la patrona. Es el caso de Eliana Queupumil:
“Todo mapuche que emigra de su comunidad viene a buscar mejores posibilidades de vida, yo vine a trabajar a una casa particular. Mientras pude, junté dinero e hice un curso de Secretariado Ejecutivo y de Contador Técnico. Eso me permitió trabajar como secretaria del administrador de los edificios Phillips. Después me independicé e inicié mi taller de orfebrería mapuche, lo cual me llena muchísimo”.

“En Santiago es difícil ejercer las costumbres del mapuche al no tener el contacto directo con la naturaleza, con la tierra. Estamos aquí sobre el cemento, en medio del ruido de las bocinas, además siempre llegan extraños a interrumpir nuestros actos”, asevera Eliana Queupumil.

A orillas del fogón

La educación constituye un factor fundamental para insertarse en la sociedad, y romper así el círculo de la marginalidad. A partir del proceso de expansión educativa de los años ’60, acceden con mayor facilidad a la educación básica, media, técnica e incluso universitaria. En la actualidad, se calcula que cerca del 60% de la población mapuche citadina es segunda, tercera e incluso cuarta generación de migrantes, vale decir, han nacido y se han criado en un ambiente urbano. Es en ellos en los que la educación juega un rol preponderante, razón por la cual la Conadi estableció a partir de 1991 un programa de becas indígenas, que ha resultado claramente insuficiente dada la alta demanda.
Existe la idea que los indígenas son profesores o contadores. Aunque siguen prefiriendo el área docente, hoy también se inclinan por la ingeniería, carreras del ámbito de la Salud, administrativas o del comercio.
En el proceso de adaptación urbana, preocupa el tema de la pérdida progresiva de la identidad. Esta es una de las principales razones para que en los últimos años, se hayan creado oficinas de asuntos indígenas, en comunas como Peñalolén, Cerro Navia, Pudahuel y La Pintana, siendo esta última la pionera en su género. El antropólogo Sebastián Vergara fue el encargado en Cerro Navia por varios años. “La idea de tener un espacio es no limitarse a realizar ritos, sino abocarse a resolver los problemas generales de los aborígenes: salud, vivienda, trabajo y educación”. Luego de un detallado estudio de la condición de esta gente en la comuna, enumera como principales problemas la pérdida de identidad, la pobreza y la discriminación. A pesar de ello, destaca que muchos indígenas cultivan sus tradiciones, orgullosos de sus orígenes.

Eliana Queupumil“En Santiago es difícil ejercer las costumbres del mapuche al no tener el contacto directo con la naturaleza, con la tierra. Estamos aquí sobre el cemento, en medio del ruido de las bocinas, además siempre llegan extraños a interrumpir nuestros actos”, asevera Eliana Queupumil.
El contacto con el medio rural raras veces se rompe. Primero, por la obligación de ayudar a mantener a los familiares y también por periódicos viajes a la tierra de los ancestros. Lenky Atal va a la Isla de Pascua a lo menos tres veces al año. “Necesito oler mi tierra, ver a mi gente. Aunque, allá también me discriminan, <<llegó la santiaguina>>, me dicen”.
Gran parte del rescate de la identidad pasa por saber de dónde se viene, a qué familia se pertenece y la historia de su pueblo, conocimientos que generalmente transmiten los ancianos. El poeta mapuche Elicura Chihuailaf escribió en “Sueño Azul”.
“Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del pan horneado por mi abuela, mi madre o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –lonko de la comunidad- observaban con atención y respeto. Sentado en las rodillas de mi abuela oí por primera vez historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y la gente… Largos silencios, largos relatos que nos hablaban del origen de la gente nuestra, el primer espíritu mapuche arrojado desde el azul. De las almas que colgaban en el infinito, como estrellas. Nos enseñaba los caminos del cielo, sus ríos, sus señales…”.


1 Ancán, José. “Rostros y voces tras las máscaras y los enmascaramientos: los mapuche urbanos”. Actas del Segundo Congreso Chileno de Antropología. Tomo I. Santiago, 1997.
2 Bello, Alvaro et al. “Pueblos Indígenas. Educación y Desarrollo”. Centro de Estudios para el Desarrollo de la Mujer. Universidad de la Frontera. Temuco, 1997.