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REVISTA NÚMERO 7

Entrevista
ÁREAS SILVESTRES (DES)PROTEGIDAS

No sólo Douglas Tompkins tiene problemas con su Parque Pumalín. Unos más, unos menos, parques, reservas y monumentos naturales se enfrentan a diversos enemigos. Tanto el ecólogo René Covarrubias**, la bióloga Cecilia Concha* como el guardabosques David Ferreira coinciden en que, sin lugar a dudas, el más peligroso es el ser humano.

Por Pilar Morales Alliende


Reserva Nacional Río Clarillo


Domingo por la mañana. Unos tímidos rayos de sol auguran un día luminoso. ¡Qué mejor panorama que un buen asado al aire libre! El señor Mardones llega a sentir el olorcillo de los chorizos y del asado carnicero cocinándose a las brasas. Carga el auto con todo lo necesario y más, nada puede faltar. Echa arriba a la señora y los cabros chicos y a Vicuña Mackenna los pasajes. Llegan a la reserva nacional Río Clarillo. Primera sorpresa: cada integrante debe pagar ¡$3.500! Moneda a moneda, logran juntar los viles pesos.

Segunda sorpresa: no pueden instalarse donde les plazca, hay lugares habilitados para ello. Incluso baños. Mientras los niños se bañan en el río, el matrimonio prepara lo que será el almuerzo para lo cual cortan ramas de los árboles circundantes. La coca-cola y las empanadas comienzan a correr. También, la ensalada a la chilena, el vino tinto, los choripanes y la carne. Los restos van cayendo al suelo. Polito, el menor, chutea un envase de bebida, que termina navegando por el río. Adrián, romántico en sus 14 años, se entretiene haciendo corazones en las rocas que rodean el lugar.

En una improvisada cancha de fútbol entre maitenes y arrayanes, juegan una pichanga; la contienda no es fácil para los Mardones. La familia vecina cuenta con buenos delanteros y un arco infranqueable. Pero el tinto hace lo suyo y pronto caen exhaustos en un 5-5 que no deja heridos. En eso llega uno de los guardabosques, impeliéndolos a no romper el entorno. Interpela a Adrián quien niega la autoría de los corazones. Llega la tarde y el resultado es deplorable: un montón de basura esparcida por doquier, botellas, servilletas, restos de carne, rocas ralladas, ramas quebradas…
Aunque ficticia, esta situación se repite en los distintos espacios naturales que reciben público. Chile cuenta hoy con 94 áreas silvestres protegidas por el Estado, de los cuales 31 son parques nacionales, 48 reservas nacionales y 15 monumentos de la naturaleza, las que cubren una superficie aproximada de 14 millones de hectáreas, equivalentes al 19% del territorio nacional. Los parques se distinguen porque todos los recursos naturales que existen en ellos, flora, fauna, recursos hídricos, etc… no pueden ser utilizados con fines económicos. Además, son grandes extensiones.
De éstos y otros problemas que sufren estos lugares conversamos con el ecólogo René Cobarrubias, director del Instituto de Entomología de la UMCE; la bióloga y ecóloga de esta Casa de Estudios, Cecilia Concha y el guardabosques de la reserva Río Clarillo, en Pirque, David Ferreira.

-En la práctica, ¿cuáles son las diferencias entre los parques y las reservas?
René Covarrubias: En primer lugar, está el parque nacional, que es un área que no se debe tocar. En algunos países son muy estrictos, incluso si se cae un árbol se deja ahí, no se le sacan las ramas, no se venden como leño, porque la idea es que se respeten los ciclos naturales. En los parques nacionales de todo el mundo, se suele reservar partes muy exclusivas para fines científicos, y se dejan otras para que la gente conozca, se eduque y recree. Ahí hay una idea importante: no se puede introducir nada, cualquier elemento externo puede alterar, producir una peste. Incluso un inocente bichito puede provocar una defoliación, que es la caída prematura de las hojas.
Las reservas, en cambio, pueden ser explotadas de manera sustentable. Como el término expresa, son lugares que el Estado o particulares guardan para futuras acciones. Río Clarillo es una reserva estatal, manejada por Conaf. Allí se llevan especies que están en peligro de extinción.

Cecilia Concha: En esta reserva se han hecho planes de manejo de la erosión, se intervino para poner algunos elementos artificiales para detener este fenómeno. Así también se introdujeron loros tricahue, que estaban en vías de extinción. En la zona de manejo se encuentran plantaciones de lingues y ciprés de la cordillera. Otras reservas nacionales, como la Pampa del Tamarugal en la II región, se puede explotar, de hecho Conaf vende leña y produce carbón. La gran mayoría de los tamarugos están plantados, hay un sector chiquitito más natural, pero eso es una reserva forestal, podrían cortarla y venderla si el Estado lo considerara conveniente.

-¿Cómo es el comportamiento de la gente que visita estas áreas?
David Ferreira: Se supone que las personas que vienen tienen la cultura necesaria de parque, que no botan basura, sin embargo, esto no es así. Todos los días debemos limpiar la zona de uso público. Además, la cantidad de gente que llega en verano es mucha, por lo que no podemos andar ni en moto por la cantidad de autos. En una ocasión unas diez personas me insultaron pues no querían retirarse a la hora de cierre. Cuando logré que se comprometieran a irse, una de las señoras del grupo defecó a pasos del baño. Fue algo horrible que no he podido olvidar.

Cecilia Concha: Cuando a Río Clarillo se le dio el carácter de reserva nacional, en 1982, se habilitó una zona para acampar. Fueron tantos los destrozos, peleas y borracheras, que tuvieron que restringir las visitas, permitiendo sólo hacer camping. Ello no impide que corten ramas y produzcan daños en el entorno. Es más, suele ocurrir que las visitas de estudiantes no son aprovechadas para educar. A mí me ha tocado ver que llegan micros con niños y profesores, juegan fútbol, se ríen y corretean. El profesor se preocupa que los menores no se alejen mucho y nada más. No recorren el sendero para ir mirando las distintas especies. En Africa, los niños ya a los 3 y 4 años, van a los parques a aprender sobre la flora y la fauna. En Chile son poquísimas las personas que se saben los nombres de las especies naturales, de

repente me encuentro con alumnos que confunden el sauce con el maitén. Pasan por el paisaje y ven árboles, pero no saben identificar un roble, un maqui, un quillay, que son los más comunes.
En otros lugares donde es posible acampar, como el parque nacional La Campana, en la V región, la gente es muy irresponsable, porque va a hacer asados, a pasarlo bien, a poner la radio a todo lo que da. Eso en un parque nacional no se debería hacer, dado que las especies que están en reproducción necesitan tranquilidad, sino no se aparean. También existe otro riesgo: los visitantes toman alcohol y en esas condiciones pueden producir un incendio. Cuando los guardaparques tratan de controlar estas situaciones, se encuentran con respuestas incomprensibles.

-Si uno de fija en los niños, son los que tienen más conciencia, los adultos suelen tirar colillas o papeles en la calle.

David Ferreira: Al año entran 11 mil personas a la reserva Río Clarillo. Un gran porcentaje son escolares, ellos saben que hay límites que deben respetar y por ende cuidan el parque. Los adultos son los que más ensucian, no dejan la basura en bolsas dentro de los basureros por lo que los zorros las desparraman por todos lados, las bombillas de los jugos, las tapas de las cervezas y las colillas de los cigarrillos también están en el suelo.

Cecilia Concha: Ello ocurre porque falta un refuerzo a nivel educacional, de entregar no sólo la conciencia que tiene el menor, que aprende que ‘es malo botar los papeles’ pero no sabe exactamente por qué. Cuando empieza a racionalizar, en la media y en la universidad, si no se le entrega argumentos, él va actuar de otra manera. Por ejemplo, hay niños que en básica les han hecho separar los papeles, los cartones, los vidrios, etc., pero cuando se dan cuenta de que no tienen dónde botarlos y que al final igual va todo a la basura, se decepcionan.

René Covarrubias-¿Por dónde pasa la solución?
René Covarrubias: El único modo realmente efectivo es que todo el sistema educativo chileno se aboque a ello, que todos los profesores de biología y ciencias naturales lleven a sus estudiantes a estos lugares y les enseñen a conducirse en ellos. Que sepan escuchar el canto de las aves. Si uno está en un bosque del sur puede oír, por ejemplo, el golpeteo de los pájaros carpinteros o el canto del chucao. Hay muchos países donde esto ya es un culto. En los parques nacionales de Europa hay caminos para recorrerlos y no se puede salir de éstos, porque se rompen las ramas y, si pasan cientos de personas, el musgo deja de crecer. En Estados Unidos hay secoyas gigantes por cuyos troncos pasan caminos. En su momento esto provocó una verdadera guerra entre los que trabajaban la madera y los que querían protegerlas. El hombre tiene que aprender, ahora a nadie se le ocurriría destruirlas porque además se lo llevarían preso.
En el Pan de Azúcar –II región- hay una parte que se puede visitar. En realidad es muy fácil que la gente invada las otras áreas. Lo valioso que existe ahí son unos cactus únicos en el mundo. Habría que conservarlos, pero a veces la gente no sabe apreciarlos, dicen: “es un desierto ¡qué lata!”. Tienen que ser guiados. El europeo medio que haya pasado por la universidad conoce los árboles, porque ya sus padres les enseñaron. Conocen las variedades de mariposas, cómo se llama cada uno de los insectos. Hasta los viejitos, con bastón en mano, andan por arriba del cerro mirando las especies sin destruirlas. Es un problema cultural.

Los científicos extranjeros que nos visitan preguntan dónde están los árboles nativos. En la Plaza de Armas había unos pinos retorcidos que ahora los sacaron, y fueron reemplazados por palmas chilenas, es un avance. No sucede lo mismo con la mayoría de las plazas y parques chilenos. Uno mostraría con orgullo araucarias chilenas u otras especies autóctonas. En cambio, hay uno que otro roble o un peumo perdido.

Cecilia Concha-¿Qué papel podría tener en esto la UMCE?
Cecilia Concha: Debiera tener y tiene un rol preponderante, porque es el único modo de evitar estos problemas. Que todos los profesores incluyan en su currículum de formación profesional la asignatura de educación ambiental. Ello, independiente de cómo está planteada la Reforma Educacional, en la que se aborda sólo como un tema transversal que es difícil implementar, dada la libertad que se les otorga a los profesores.
Todos los niños de Chile, a través de sus profesores, debieran aprender lo que es el respeto a la naturaleza, a conducirse en ella, a apreciar la biodiversidad. Me acuerdo que hace un par de años, había una iniciativa del gobierno de generar una instancia dentro del currículum de los alumnos, para que fueran a parques nacionales o a lugares naturales, con un equipo de profesores interdisciplinarios, y así aprendieran en terreno. No he tenido noticias de que ello se haya concretado.

David Ferreira, guardabosques de la Reserva Nacional Río Clarillo-¿La Conaf facilita a profesores y alumnos en su labor educativa?
Cecilia Concha: Antes a nosotros nos dejaban entrar gratis al parque nacional La Campana y ahora nos están cobrando $5.000 por alumno. Somos una universidad de pocos recursos, y hacemos mucho más que otras universidades. Se supone que se debe mejorar el sistema de funcionamiento de estas áreas, privilegiar la educación y están promoviendo lo contrario. Esto debiera ser la regla: si es cosa de educación, costo cero, si es turismo, que cobren lo que quieran.



-¿Se producen conflictos con la gente que vive en las cercanías?
Cecilia Concha: El parque nacional La Campana, a 70 kilómetros de Santiago, tiene una importancia grande, porque tiene una conjunción de formas vegetacionales que son propias de la zona sur con otras características de las áreas septentrionales. Por ejemplo, están los robles que son sureños y también hay árboles nativos como el raulí, las palmas y una serie de otras especies. Ahí estuvo Darwin, describiéndolas en su libro “El origen de las especies”. En este lugar de repente se escucha ruido de vacas pastando, uno se pregunta qué hacen en un parque nacional. Ahí hay otro problema que es muy grave: la presión de los vecinos. Ellos saben que no puede entrar con sus animales, pero hay un conflicto social tremendo.
Otro ejemplo es la explotación de los cocos de las palmas, si uno va en la época en que maduran, se ven como hileras de hormigas a hombres saliendo por los cerros con los sacos de cocos, que los venden en Santiago o en la V Región. Mucha gente dice: “qué va a pasar si saco unos coquitos, hay tantos”. Siempre tienen explicaciones porque ellos no comprenden qué es un ecosistema. Qué pueden hacer unos pocos guardaparques en un área inmensa. Y hay otros parques donde hay recursos importantes, como Torres del Paine, que tiene una zona de estepa patagónica con abundante pasto que comen normalmente las ovejas. Los hacendados ya han sobreexplotado su parte y como en el parque hay unos pastos magníficos, entran rompiendo cercos.
David Ferreira: Hemos tenido problemas con aquellos que ingresan a Río Clarillo sin permiso para el pastoreo de sus animales o el talaje de los bosques, antes obviamente esto era en mayor escala. Con el trabajo de los guardaparques en los colegios del sector se han allanado algunas posturas, por ejemplo, en el día de la Virgen del Paso, los habitantes del sector tienen pase liberado. Es una tradición de la Colonia. En estos casos la gente dice: “venimos a nuestra reserva”, ya es parte de ellos.
Se creó entre los propios vecinos una comunidad talajera que se relaciona administrativamente con nosotros, de esta forma se regula el recurso. Cobramos por el pastoreo dentro de estas dependencias, pero éste tiene un límite de 210 cabezas de ganado. El dinero por este concepto se le entrega a la Fundación Raíces que es de la Conaf, la que lo entrega posteriormente a esta reserva. La comunidad talajera se organiza, elige la gente para el pastoreo y ellos velan por el cumplimiento de las normas y nosotros supervisamos su trabajo. Si pasa algo indebido, como que los animales ocupen zonas restringidas, se termina la autorización.

-¿Qué opinión les merece la iniciativa de Douglas Tompkins?
Cecilia Concha: En sí el proyecto me parece interesante, nosotros nos quejamos que no tenemos plata para proteger y mantener los parques, pero aparece una persona que invierte en nuestro país para proteger ecosistemas y nos quejamos. La iniciativa de Tompkins es muy válida, porque uno de los problemas de nuestros parques es que no tienen la extensión suficiente para permitir que las especies sobrevivan. Hay especies que necesitan grandes extensiones para su desarrollo y que están adecuados con la evolución de las otras especies. Si sólo tenemos áreas protegidas muy pequeñas es lo mismo que nada. Qué bueno que Tompkins haga una cosa como se debe hacer, con un espacio amplio, donde realmente las especies puedan ser protegidas, donde el ingreso a las personas esté muy bien regulado y con condiciones de limpieza, seguridad y con la amplitud necesaria.
Ojalá que eso mismo de Tompkins se repitiera con ecosistemas que no están siendo protegidos en estos momentos como la flora de la costa, son puntos calientes dentro de la tierra que se consideran de un alto endemismo –exclusivas en el mundo- y gran biodiversidad. No hay nadie que la esté protegiendo y está siendo sobreexplotada, ni siquiera están descritas todas las especies que están ahí.
Se supone que estamos como país por el desarrollo sustentable. Ello implica conjugar las variables económicas, de equidad social y la conservación biológica de los recursos. Pero esta última se produce en el tiempo. No sacamos nada con explotar todo y quedarnos sin nada para los años posteriores, de hecho se ha visto que el contacto con la naturaleza mejora las condiciones síquicas de las personas. Eso nosotros lo hemos probado en las salidas a terreno, yo he llevado gente que se odia entre sí, y hemos terminado después de tres días con una buena comunicación. Es algo que cada día se sustenta más en el aspecto teórico-sicológico. Hay estudios en Europa demostrativos que para el equilibrio emocional se necesita del contacto con la naturaleza, lo quieran o no, y este cemento nos va a volver locos a todos si no lo paramos.
Entonces, no se trata de explotar solamente, se debe velar por una calidad de vida, si esa gente que vive cerca del Parque Pumalín era pobre antes, el gobierno es el que tiene que generar instancias para que eso cambie, no Tompkins. Él vino con una misión, que era conservar la naturaleza. El gobierno verá qué hace con esas personas, que siempre han sido pobres.


-¿El ecoturismo genera también problemas?
René Covarrubias: Es toda una industria. En países africanos han pasado por todo esto, y han descubierto que genera mucha riqueza, incluso empleos, es una cosa mucho más controlada y rechazan la caza, porque las especies se extinguen. Sí es bueno incentivar los safaris fotográficos. Las islas Galápagos se hicieron tan famosas que empezaron a llegar demasiados turistas y, aunque es reserva de la biosfera y son bastante cerrados, se están extinguiendo varias especies, porque llega mucha gente y el turismo está mal organizado. En países de Africa eso lo logran, el Parque Krueger, por citar uno, tiene concesión privada, pero está muy bien cuidado y no entra nadie sin permiso, de modo que no se maten los elefantes, no se espanten las cebras y las jirafas y todo el mundo los vea.

-¿Qué pasa con los grupos originarios?
René Covarrubias: En Estados Unidos y en Australia, hay tribus que han vivido siempre ahí, forman parte de la naturaleza, a ellos generalmente se les permiten explotar lo que han hecho siempre, lo que no se les permite es que arrienden un tractor moderno y alteren el entorno. Ellos saben por tradición que si explotan demasiado echan a perder el ecosistema. Nosotros recién estamos comprendiendo. Los pehuenches cuidan mucho la araucaria, que es su árbol sagrado y fuente de sobrevivencia.

* Cecilia Concha es bióloga de la Universidad de Concepción, Magister en Ciencias, mención Ecología (Universidad Austral de Chile) y Magister en Educación y Multimedia (Universidad Autónoma de Barcelona). Hoy se desempeña como profesora de Biología en la UMCE y ha participado en una serie de proyectos nacionals y extranjeros en el tema de la ecología y la enseñanza.

** René Covarrubias es médico veterinario y Doctor en Ciencias, (Universidad de Lovaina, Bélgica). Hoy es profesor y director del Instituto de Entomología de la UMCE. Redactor en variadas revistas de la especialidad, es corresponsal de Societé des Acarologues de la langue Francaise.