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REVISTA N° 3

COMPETENCIAS REQUERIDAS PARA EL EJERCICIO DOCENTE

Prof. Dra. Luz Cox M.
Departamento de Alemán
Facultad de Historia, Geografía y Letras UMCE

RESUMEN

El presente artículo pone de manifiesto las falencias observadas en el sistema educacional chileno, destacando los roles que le competen a cada uno de los actores involucrados en el proceso educacional. Asimismo, aborda, desde una perspectiva muy pragmática, el proceso de enseñanza-aprendizaje, indicando algunos factores que tienen fuerte incidencia en los resultados que se obtienen en la actualidad. Desde este punto de vista, se sugieren competencias a desarrollar en los estudiantes de pedagogía, a fin de romper la tendencia actual respecto de los resultados obtenidos en todos los niveles del sistema.

El quehacer docente en el siglo XXI

La educación chilena se encuentra enfrentada a grandes desafíos que se derivan de la globalización, que se hizo cada vez más patente a través de la televisión por cable y, posteriormente, del uso –hoy bastante masificado– del computador con sus conexiones a la red para el tráfico de la información.
Hace una década, el acceso a estos medios –llámense televisión por cable e internet– era privativo de un sector reducido de la sociedad. A través del impulso dado por el gobierno a la modernización de la educación en Chile, a poco andar se equiparon algunas escuelas con salas multimediales, con el propósito de disminuir la brecha entre ricos y pobres y poner a disposición de los jóvenes, a través del acceso a la información globalizada, una fuente de información para su desarrollo intelectual y su trabajo autónomo. En la actualidad, parece impensable que las escuelas y liceos no dispongan de los avances tecnológicos para que los niños y jóvenes accedan al conocimiento.
El desarrollo tecnológico, los avances científicos, el cúmulo de conocimientos desarrollados durante las dos últimas décadas implican un decidido esfuerzo de los docentes en función de: a) propiciar el desarrollo autónomo del educando, a fin de que él construya su conocimiento según intereses y necesidades, b) entregar las herramientas necesarias que permiten que el educando maneje software de utilidad en su vida de estudiante, c) orientar adecuadamente el proceso de enseñanza-aprendizaje en el aula, seleccionando los sitios más relevante para la formación de los jóvenes del país.
Estas tareas docentes, entre muchísimas otras, implican una formación de profesores acorde con los tiempos en que vivimos, de forma de capacitarlos para dar cumplimiento a los grandes requerimientos que nos demanda la sociedad actual y el desarrollo logrado y, por ende, el sistema educacional, que debe adecuarse al desarrollo imperante.

Actores en el proceso de formación

Uno de los grandes problemas que concita el proceso de formación se deriva de la poca claridad de muchos padres respecto de su rol como actores relevantes en él.
Cada vez se hace más notorio el hecho de que los padres entienden como labor de la escuela y de sus profesores la adecuada formación de los niños. Una vez que se logre despejar y se asuma, efectivamente, el rol formativo al interior de cada hogar, se podrá lograr avances progresivos y sustentables en el tiempo.
Es una utopía pensar que la escuela debe asumir el proceso total sin apoyo de la familia, por el hecho de que las deformaciones producidas en el seno del hogar –por las razones que fueren–, difícilmente pueden cambiarse, aun cuando se apliquen todas las herramientas con que cuentan los docentes.
La mal intencionada crítica que se hace a los docentes de no estar cumpliendo con su rol formador evidencia la postura cómoda de los detractores del sistema que pretenden responsabilizar al gobierno de turno de las falencias en la formación de los niños.
Por cierto, no se puede desconocer que el sistema educacional adolece de múltiples deficiencias, que finalmente también inciden en este proceso, sin embargo, los resultados no sólo son atribuibles al sistema, sino que obedecen a un amplio abanico de factores.
En la última década se ha reiterado la necesidad de desarrollar un trabajo conjunto entre padres y profesores, a fin de implementar cambios que produzcan, a su vez, avances perceptibles en el desarrollo integral de los niños.
Son, pues, la comunidad educativa y la familia, en un primer término, los responsables de este proceso, sin desconocer, ciertamente, que el papel fundamental recae en la familia, pues es en el núcleo de ésta donde los niños y jóvenes adquieren los valores y principios que sustentarán sus vidas. A través de una metáfora, se puede decir que si el árbol crece torcido, en sus primeros años de vida, y no se le coloca el puntal en el momento requerido, éste seguirá su crecimiento torcido y a mayor tiempo menor será la posibilidad de enderezarlo. De allí la importancia de la familia en los primeros años de formación de los niños.
El arduo trabajo del profesor para enderezar árboles torcidos se ve permanentemente frenado por múltiples factores externos que inciden en el proceso. Por una parte, afecta este proceso el hecho de que muchos profesores deben cumplir dos jornadas de trabajo, para contar con un ingreso que le permita satisfacer las necesidades mínimas del núcleo familiar; por otra parte, este mismo hecho implica que muchos deben desplazarse para cumplir en otro establecimiento la segunda jornada; por último, se suman a lo recién mencionado otros factores como cursos con un excesivo número de alumnos, infraestructuras poco acogedoras, falta de medios didácticos, bibliotecas –si es que las hay– poco acogedoras, con carencia casi absoluta de bibliografía que estimule el interés de los niños y jóvenes por adentrarse en la lectura, jóvenes desprovistos de todo interés provenientes de hogares de alto riesgo, etc, etc. Estos son sólo algunos de los factores que influyen negativamente en el proceso, sin considerar la salud mental del docente quien –con tanto ajetreo, preocupación, strés– pierde motivación e interés por enderezar el árbol torcido. Uno debe preguntarse si, luego de mencionar sólo algunos factores, es aceptable la crítica que se hace al sistema.
Ciertamente, quien opta por estudiar pedagogía sabe de antemano lo que conlleva el ser docente en un país que poco reconoce su labor; no obstante ello, la entrega debe ser total y absoluta, pues está, en gran parte, en manos de los docentes provocar el cambio que nos permita lograr el nivel de país desarrollado.

La importancia de la infraestructura y otros medios

Quienes tienen la suerte de estudiar en un colegio particular son aquellos niños y jóvenes que provienen de hogares económicamente mejor situados y cuentan, en consecuencia, con los elementos necesarios para desarrollarse integralmente, sin presiones, sin preocupaciones, sin temores y por qué no decirlo, sin hambre, sin carencia de útiles escolares, etc. La realidad de la escuela pública, del liceo, dista mucho de esta realidad. Comenzando por la infraestructura, hay que decir que muchos alumnos a lo largo del país están expuestos al frío durante el invierno, porque en la sala de clases hay un vidrio roto, cuántos alumnos sobreviven sólo con los alimentos que reciben en el colegio, porque en sus hogares no existen los medios que permitan darles una alimentación adecuada, cuántos de ellos viven en condiciones de hacinamiento, compartiendo incluso con animales domésticos sus pobres camas para sentir un poco de calor, sin siquiera imaginar lo que significa tener su propia habitación.
Ante una realidad tan aberrante en tiempos actuales, la escuela debe ser el lugar de acogida de estos niños y jóvenes que deben formarse en el espíritu de superación para, en un futuro cercano, derrotar la extrema pobreza.
Sí, la escuela del siglo XXI debe ser esto y tal vez mucho más, pues sólo a través de la educación el país podría lograr alzarse en un país desarrollado. Sin embargo, esta escuela y este liceo deben contar con las condiciones adecuadas –aquí ya no es posible hablar de condiciones mínimas, dado el avance económico del país– dígase buena infraestructura, buen mobiliario, buenos materiales, equipos computacionales de última generación y, por sobre todo, con una excelente biblioteca abierta que permita a los niños potenciar sus áreas de interés.

El rol del Estado

Todo gobierno que pretende producir cambios sustanciales en un país debe centrar su quehacer prioritario en la educación. La inversión en educación es tal vez la única inversión en donde no se debería escatimar esfuerzos en pos de subsanar todos aquellos aspectos que presentan falencias para que la educación que se entrega a lo largo y ancho del país sea, efectivamente, una educación de calidad. Es, en consecuencia, necesario que el Estado invierta. El mejoramiento debería comenzar con la infraestructura de los establecimientos educacionales existentes, muchos de los cuales se hallan en un estado bastante desmejorado, especialmente sus servicios higiénicos.
La tendencia de reducir costos construyendo grandes escuelas, para albergar en ellas a un gran número de estudiantes, debería erradicarse, a fin de propiciar el desarrollo de los jóvenes y de velar por su crecimiento intelectual. En los grandes colegios se produce la deshumanización de la educación con actitudes represivas por parte de los profesores para mantener el control. La situación actual, con un aumento progresivo de la violencia y, por qué no decir, de la delincuencia al interior de los mismos establecimientos educacionales debería llevar a pensar que sólo dentro de grupos pequeños es posible vencerla, es decir, si se tiene control sobre los alumnos y estos no desaparecen en el anonimato de la gran masa de alumnos. Pareciera ser que el cambio cualitativo en lo concerniente a los aspectos recién mencionados, sólo se logrará si se construyen pequeños colegios al interior de las comunas, en los cuales la comunidad escolar termina transformándose en una gran familia. En el seno de esta familia, los estudiantes se sentirían acogidos por sus profesores, éstos, a su vez, podrían mantener una relación más estrecha con sus alumnos, la que les permitiría detectar más fácilmente posibles problemas en los niños y jóvenes e implementar la orientación necesaria en orden de ir en ayuda y solución de los mismos. Con esto se podría lograr avances cualitativos muy superiores partiendo del solo hecho de que los niños y jóvenes no estarían expuestos a riesgo, desplazándose a colegios ubicados en sectores muy alejados de sus hogares; la familía podría mantener un mayor control sobre ellos y trabajar a la par con los educacdores, de este modo se evitaría la excesiva exposición de los jóvenes a la calle que se ha transformado en el centro de operaciones de los narcotraficantes, de la violencia, etc.,

La reforma de la educación

Sin lugar a dudas, la reforma educacional implementada en el país, luego del retorno a la democracia, ha significado un avance sustantivo, por sobre todo, en el aspecto de la inversión hecha –la cual aún resulta insuficiente– y desde el punto de vista de la orientación que se ha dado al quehacer docente en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Se deben destacar los siguientes aspectos de relevancia: implementación de aulas multimediales –ciertamente aún insuficientes– en un alto número de escuelas y liceos, cambio del centro de atención en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en donde el docente ya no cumple la función de transmisor de conocimientos, sino que más bien se transforma en facilitador de aprendizajes, destacando aquí al alumno en el centro de atención del quehacer docente; también la ampliación de la jornada escolar ha sido bien recibida por la sociedad.
Aun cuando es innegable la relevancia de estos hitos de la reforma, resulta cuestionable que no se haya preparado, primeramente, a los profesores que debían atender las aulas multimediales. A este respecto hay que decir, que, iniciados los grandes cambios, los profesores se enfrentaron a la triste realidad de que no manejaban el computador –ni siquiera a nivel de usuario–, e incluso sentían temor, temor de que los alumnos manejaran mejor este medio, temor a producir desperfectos en el aparato por desconocimiento de su manejo. En un comienzo, se consideró la incorporación del computador como medio en el proceso de enseñanza-aprendizaje como pérdida de tiempo. Los docentes no contaban con el know how requerido para elaborar sus propios materiales. No obstante ello, el gobierno, consciente de las múltiples ventajas de esta tecnología, decidió iniciar cursos de capacitación para los docentes, pues era creciente la motivación de los niños y jóvenes por incursionar en el medio, con el propósito de desarrollar sus trabajos escolares. Por otro lado, la infinita cantidad de información disponible en la red podía ser usada tanto por profesores como alumnos para facilitar el trabajo de ambas partes.
El cambio del centro de atención en el proceso de enseñanza-aprendizaje conllevó, para el docente, el uso de nuevos medios didácticos y nuevas formas sociales de trabajo en aula; a este respecto hubo mucha resistencia a la aplicación de nuevas metodologías, se rehuyó el cambio, pues todo cambio implica necesariamente más trabajo. Hoy por hoy se espera que todos los profesores hayan adecuado sus metodologías y que su quehacer docente se haya centrado efectivamente en el alumno.
En lo relativo a la ampliación de jornada, ésta cumplía con el propósito de sacar a los niños y jóvenes de la calle y mantenerlos ocupados en el colegio con distintas actividades del currículo y con otras extra-curriculares, las que redundarían en beneficio del alumno. A este respecto, pareciera ser que la visión del gobierno fue un tanto limitada; eventualmente se actuó cautelando el excesivo costo de las actividades extra-curriculares, pues con la reforma se llegó al extremo de suprimir asignaturas –por ejemplo el alemán como lengua extranjera–, eliminando la posibilidad de electividad a que tienen derecho los niños en su formación ciudadana. En estas circunstancias se pierde la opción de hacer otras actividades que enriquezcan su bagaje cultural, centrándose en el mismo quehacer.

La formación docente

Muy posterior a iniciada la reforma en las escuelas y liceos del país, se visualiza en algunos centros de formación del profesorado la necesidad de reformular el currículum. Éste debería reflejar los cambios impulsados por la reforma en las escuelas y liceos e incorporar un fuerte componente valórico, sobre cuya base se desarrollaría el trabajo en cada asignatura. Este componente, que debería estar presente en toda la malla curricular, pretende rescatar los valores sobre los cuales se cimenta la convivencia armónica, el respeto por los demás, por las diversidades, por el medio ambiente, etc.
Posterior a esto, es el gobierno, quien, sobre la base de las evaluaciones hechas a la reforma en marcha, visualiza la necesidad urgente de crear el programa denominado «Fortalecimiento de la Formación Inicial Docente», cuyo propósito es mejorar la calidad de la formación de los futuros docentes. A este respecto, el gobierno llamó a participar con proyectos académicos que aseguren la formación del profesorado acorde a los tiempos. El concurso de fondos estaba destinado a financiar las áreas de intervención priorizadas, dando especial énfasis a la innovación curricular, a la innovación pedagógica y otras áreas de interés en la formación docente.
A partir de esta base, las universidades dedicadas a la formación de docentes, inician la elaboración de proyectos concursables, a fin de contar con los medios económicos y poder implementar los cambios que estaba requiriendo la sociedad y el país.
En lo referente al currículum, se implementan cinco líneas curriculares, sobre cuya base se supone cubrir los requerimientos de la reforma.
Surge la necesidad de capacitar a los formadores de formadores y se implementan, con el concurso de universidades extranjeras, diversos planes especiales de magíster y doctorados, con el propósito de preparar a los responsables del proceso de formación de profesores para asumir el desafío que estaba imponiendo la sociedad; asimismo, se ofrecen diversos cursos de capacitación en el uso de tecnología moderna. En atención a que la enseñanza en los colegios adolece de falencias tales como poca participación de los educandos, mucho aprendizaje de memoria, poca motivación por el estudio, desconocimiento de estrategias de estudios, etc., se decide implementar el cambio de metodologías, en un comienzo muy resistidas, a fin de que los futuros profesores experimentaran y vivenciaran a diario nuevas formas de enseñanza y, por sobre todo, se compenetraran con técnicas de enseñanza y de aprendizaje que les permitieran acceder a aprendizajes cualitativamente mejores y mucho más efectivos.
A este respecto, parece ser que la formación de formadores para los alumnos del sistema aún no logra dar cuenta acabada de lo que conlleva ser profesor en el siglo XXI.

El educando del siglo XXI

El desarrollo de la sociedad chilena, el avance económico logrado en el país, las actuales demandas de la sociedad, entre otros, nos indican que aún no se ha encontrado el rumbo que debe asumir la educación en Chile, para sobrellevar los múltiples y variados fenómenos que se han instalado en el país y de los cuales los jóvenes han sido presa fácil.
El alto grado de agresividad de los educandos pareciera tener su origen en el alto grado de permisividad de los padres, en la alta competitividad que impera entre los jóvenes (lamentablemente esta competitividad no se expresa en lo académico), en el laissez-faire que se instaló luego del retorno a la democracia, después de haber estado conculcados los derechos de los chilenos por más de una década, y por qué no decir, también en la globalización, que ha permitido que se instalen en el escenario nacional, a través de internet y de la televisión por cable, realidades ajenas a la idiosincrasia chilena, las que han ido minando la identidad nacional y, aún más, han propiciado en los jóvenes cambios, ajenos a las buenas costumbres, los que si no se orientan tempranamente podrían conducir al país a su desplome total. Nunca antes estuvieron tan al alcance de los jóvenes las drogas y el alcohol, cuyos efectos son bien conocidos.
Los jóvenes del siglo XXI requieren de profesores tolerantes, afables, abiertos, comprensivos, involucrados socialmente, que demuestran cariño por su profesión, que se interesan por los jóvenes; sin estas características, no es posible pretender alzarse como modelo de un joven que no tiene interés por cambiar en una sociedad que no le ofrece mayores perspectivas de vida. El profesor debe partir aceptando al joven tal cual es y desde ahí propiciar paulatinamente el cambio. El profesor no debe olvidar que jóvenes reprimidos, en constante búsqueda de válvulas de escape, finalmente, equivocan irreversiblemente el camino correcto y se transforman en lastre para la sociedad.

Competencias del profesor del siglo XXI

La profesión docente es tal vez la única que encierra una formación en diversos ámbitos del saber. Ciertamente hay profesores que saben mucho de su especialidad, pero carecen por entero de tantas otras competencias, imprescindibles en el profesor del siglo XXI.
Los tiempos actuales exigen formar profesores con múltiples competencias, de forma de mejorar la formación de los jóvenes educandos. Dos argumentos refuerzan la necesidad de cambio en la formación de los futuros docentes; por un lado está el nuevo enfoque que se da al proceso centrado en el aprendizaje y por otro, los profundos cambios que han experimentado los jóvenes chilenos. Un acucioso análisis de las encuestas de evaluación de los docentes universitarios arroja, año a año, como evidencia la ausencia de características inherentes al profesor universitario; en una gran mayoría de los docentes de las universidades, muchas de sus características son consideradas típicas de los profesores de escuelas y liceos. Por otro lado, los jóvenes de hoy abandonan las aulas de sus liceos carentes de apoyo en una serie de ámbitos antes impensados para la universidad. Es necesario lanzar una mirada crítica y analizar aquellos ámbitos que se aluden permanentemente en las encuestas, a fin de producir en los docentes el cambio que ayudará a llevar a buen término el proceso de enseñanza-aprendizaje en la universidad, de modo de formar profesores felices, realizados, comprometidos con el quehacer docente y dispuestos a trabajar por el cambio.
Resulta interesante escuchar las quejas de los docentes en torno al rendimiento de sus alumnos. Mucho más interesante sería buscar los factores que inciden en el rendimiento y dar la debida orientación a los estudiantes. Si los docentes cuestionan el quehacer de sus alumnos, es doblemente necesario que cada docente realice una autocrítica y trate de descubrir dónde se encuentra la falla. El proceso enseñanza-aprendizaje es un proceso en el cual influyen permanentemente factores internos y factores externos que el buen profesor no debe perder de vista; de allí es que resulta fundamental que cada profesor haga parte de sus prácticas habituales la autoevaluación. Así como hay malos alumnos también hay malos profesores; expuesto en forma un poco más positiva se podría decir que hay profesores que carecen de las competencias necesarias para desarrollar su quehacer docente como también alumnos que adolecen de falencias que le dificultan abordar en forma aceptable su trabajo académico. Pareciera ser ineludible la responsabilidad que recae en los profesores del siglo XXI y, consecuentemente, en las instituciones formadoras de profesores.
En consecuencia, debemos esperar que las instituciones de educación superior, que forman en sus aulas a los profesores que demanda la sociedad actual, enfoquen su quehacer en el desarrollo de las competencias necesarias requeridas para la formación del profesor del sistema educacional chileno; se espera que éste, durante su formación, desarrolle una serie de competencias inherentes a la labor del profesor actual. Entre otras, por ejemplo, las siguientes:
* Competencia pedagógica: ¿Cuándo o bajo qué circunstancia podríamos aseverar que un profesor es pedagógicamente competente? Los principios y el modo de actuar, que subyacen y dirigen el proceso de enseñanza-aprendizaje conforman, tal vez, la primerísima y más importante condición de una persona que actúa como difusor de conocimiento. Un profesor pedagógicamente competente parte de la premisa que el proceso de enseñanza debe estar orientado en función del proceso de aprendizaje. La estructuración, planificación y la realización del proceso de enseñanza debe apuntar siempre a un cambio del nivel de conocimientos del alumno. Una hora de clases que no logra dejar huellas en el alumno sólo se puede calificar de una hora de clases mal estructurada, quizás mal planificada o eventualmente mal realizada, a través de la cual no se logró los objetivos propuestos por el profesor en función de los resultados a alcanzar en los sujetos de la educación. Hay que considerar, sin embargo, que las horas de clases están dirigidas a un grupo curso y que en este caso es decisivo que al menos el 50% de los alumnos logre modificar su estado de conocimiento. Un porcentaje inferior debería llevar al profesor a cuestionarse la hora de clases y a realizar el correspondiente análisis de las acciones desplegadas, a fin de poder establecer si el problema radicó en él o en los alumnos; en consecuencia, la autoevaluación resulta fundamental en el proceso.
Se podría resumir diciendo que la competencia pedagógica se refiere a las acciones «enseñar» y «aprender». El enseñar se refiere a las prácticas de enseñanza, es decir cómo se enseña, y el aprender se refiere a los resultados del aprendizaje. La relación de estos dos ámbitos debería motivar la permanente reflexión, el permanente análisis de las prácticas y los resultados. Aquí podría aplicarse el silogismo hipotético «a buenas prácticas de enseñanza, buenos resultados de aprendizaje». Si hay ausencia de resultados positivos en el aprendizaje, es necesario poner bajo la lupa las prácticas de enseñanza. No obstante, si se logra concluir –luego de un análisis crítico– que las prácticas fueron del todo buenas y que los resultados de aprendizaje no son atribuibles a las prácticas de enseñanza, entonces es aconsejable que el profesor se proponga hacer el análisis crítico desde otra perspectiva, por ejemplo dilucidar las estrategias de aprendizaje aplicadas, investigar la calidad del estudio realizado por los alumnos, etc.
* Competencia en la especialidad: Ésta está referida al ámbito del conocimiento a difundir por parte del profesor. Si se trata de un profesor de matemáticas, éste debe manejar las matemáticas del nivel para el cual fue formado, si, por ejemplo, debe dedicarse a enseñar las operaciones básicas, debería manejarlas a la perfección. Por el contrario, si se trata de un profesor de un idioma extranjero, entonces se espera que maneje –en todas las habilidades– la lengua a enseñar. Se espera, en consecuencia, que pueda leer, comprender, escribir y hablar la lengua. Si el profesor no maneja su especialidad, se corre el riesgo de que enseñe los fenómenos de forma equivocada y se haga un enorme daño a los alumnos, si éstos son confrontados con un profesor más competente. Centrándose específicamente en la enseñanza de una lengua extranjera, es deseable no pretender que un profesor, que estudió la lengua como especialidad y dentro del ámbito de la lingüística, pueda explicar textos filosóficos o de alguna otra área del saber ajenas a ésta.
* Competencia didáctica-metodológica: Se espera de todo profesor que sea versátil, es decir que sea capaz de elegir la metodología apropiada para entregar el conocimiento y que se apoye en los medios más adecuados en la práctica de enseñanza. Si el profesor de biología pretende lograr conocimientos efectivos respecto del efecto de la luz solar sobre el crecimiento de las plantas, lo más indicado sería que pidiera a los alumnos realizar el experimento y observar los cambios que se producen por efecto del sol sobre una planta. El proceso cognitivo que realizan los alumnos asegura conocimientos efectivos y cualitativamente mejores. Si sólo se describe el efecto del sol, lo más probable es que no comprendan el proceso y no deduzcan la función del sol sobre la planta. Pero, volviendo al concepto de competencia didáctico-metodológica, un profesor competente se halla permanentemente tras la búsqueda de nuevas formas y métodos de enseñanza; regularmente busca formas que facilitan la comprensión de los fenómenos a enseñar. Este profesor busca con el propósito de innovar sus prácticas pedagógicas. El profesor competente da valor a los métodos más adecuados, da valor a la calidad de los materiales empleados en el proceso, da valor al empleo de diferentes medios para dar cumplimiento a los conocimientos pedagógicos. La competencia en cuestión es tanto más importante cuanto que está científicamente demostrado que la capacidad de concentración del estudiante suele mantenerse –en el mejor de los casos– no más allá de 45 minutos. El profesor competente podrá visualizar claramente el momento en que debe cambiar de materia, de metodología, de actividad, de estrategia, etc.
* Competencia psicosocial: No menos importante parece ser la parte humana del profesor. Un profesor que excluye, de buenas a primeras, a un alumno más débil y no se acerca a ver su parte humana, a examinar qué está aconteciendo en su interior, en su entorno, etc., es porque su interés se radica en dar cuenta de su quehacer de transmisor de conocimientos. Cómo se podría ayudar a estos alumnos carece para muchos profesores de toda importancia. De allí que sea altamente importante que el profesor aplique conocimientos de psicología y de sociología, a fin de ayudar al joven estudiante a mantenerse en el proceso; es, en consecuencia, altamente aconsejable que el profesor se mantenga en permanente búsqueda de los elementos que gatillan bajos rendimientos en sus estudiantes; un análisis de estos elementos puede conducir, finalmente, a establecer que de parte del alumno hubo poco interés por el ramo, atribuible a veces a factores internos del quehacer docente referidos por ejemplo a la falta de motivación, falta de preparación de la hora de clases, etc., o que estos elementos se refieren exclusivamente a un problema de aprendizaje ocasionado por una fuerte carga emocional en el seno del hogar que propiciaría un ambiente contrario al requerido para el estudio. A este respecto, se aconseja también tener presentes los resultados que arrojan las investigaciones del ámbito cognitivo. Ciertamente los adultos aprenden de manera diferente a los niños; éstos suelen hacerlo por imitación, por el contrario, aquéllos lo hacen a través de un proceso cognitivo, el que, según Piaget, presupone, en una primera instancia, la asimilación y, en una segunda, la acomodación. En relación con la adquisición de lenguas extranjeras, es sabido que la persona adulta pierde aquella movilidad intelectual o plasticidad que hace que el niño en edad infantil aprenda a través del juego. Ciertamente esto no sólo es aplicable a la adquisición de lenguas extranjeras; a nivel general podría decirse que el estudiante adulto aprende con más rapidez a través de su compenetración en el proceso, a través de experiencias prácticas. Se puede decir que un profesor competente psicosocialmente está siempre dispuesto a escuchar a sus alumnos, se interesa por sus éxitos. En caso de fracasos, se ocupa por investigar la razón; es una persona amable, atenta, y muestra interés por el prójimo, asigna valor a las buenas relaciones sociales y emocionales. En este ámbito, compete al profesor establecer reglas claras de comportamiento. Si los alumnos conocen las reglas del juego, referidas al comportamiento, que les rigen, entonces se atienen regularmente a ellas. En el ámbito de la competencia psico-social se hallan otras tareas, tales como reconocer los avances y expresar el estímulo correspondiente. Todo logro debería ser reconocido en el grupo, por pequeño que éste sea. El profesor competente sabe que una palabra de reconocimiento puede marcar la diferencia. De esta forma, el estudiante vivencia actitudes que le ayudan a afirmar su autoestima, pues un pequeño éxito despierta la preocupación por éxitos consecutivos.
* Competencia pragmática: La competencia profesional del profesor comprende también una competencia pragmática. El profesor competente en este aspecto es aquel que es abierto frente a sus alumnos, que se acerca a ellos, libre de prejuicios y que nunca aparece frente a ellos como un «sabelotodo». En la medida en que el profesor se presenta como una persona «humilde», es decir sin rasgos de arrogancia, es altamente probable que tenga éxito, al igual que sus alumnos. La sinceridad, el tacto y la sensibilidad frente a las personas, así como la franqueza frente a consultas, preguntas y problemas son tal vez características altamente relevantes que deberían estar presentes en todos los profesores. El profesor competente se preocupa por proteger los sentimientos de su prójimo, debe desplegar habilidad en su trato con los demás, cuidando siempre de ser sincero, sin herir las susceptibilidades de sus alumnos. Un profesor con competencia pragmática se maneja en un ambiente de trabajo amistoso con sus alumnos, valora el trabajo en equipo de sus alumnos y construye su éxito sobre la base de un apoyo solidario recíproco. Por ser una persona práctica, este profesor está permanentemente buscando fórmulas que facilitan el proceso de enseñanza-aprendizaje, pues no se trata exclusivamente de «enseñar» y «aprender», sino que se trata de objetivos aún más generales, es decir del grupo y de cada uno y no sólo en el ámbito disciplinar sino en la vida en comunidad.
A todas las competencias a que se ha aludido podrían agregarse otras de tanta o quizás mas relevancia, según sean los requerimientos del grupo curso. La creatividad es, por dar un ejemplo más, otra competencia que debería poseer el formador de formadores.

Reflexión final

En el momento en que el Ministerio de Educación nuevamente está impulsando cambios a través de proyectos concursables, en que promueve el modelo europeo que se ha venido gestando desde fines de la década de los 90, en el que se pretende sintonizar los estudios a nivel de los países de la comunidad europea, sin pretender asimilarlos con la consecuente pérdida de identidad, sino que más bien de manera formal, deberíamos plantearnos seriamente si es pensable copiar este modelo, pues él conlleva un cambio de visión, éste presupone comprender y aceptar la globalización, lo que a su vez significa una fuerte mejoría de las prácticas y de los resultados de aprendizaje, si realmente queremos ser competitivos en el mundo global que promueve la movilidad de las personas.