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REVISTA N° 1

EL ESTADO Y LAS UNIVERSIDADES EN AMÉRICA LATINA: EL CASO CHILENO

Prof. Psic. Luis Rubilar Solis

I.- Sobre la Educación Superior chilena en este final de siglo

Una somera evaluación del desarrollo de la Educación Superior chilena demuestra que, desde el Discurso-fundador de don Andrés Bello (1843), su aporte a la cultura nacional, latinoamericana y caribeña, en todas sus manifestaciones, ha sido fundamental y relevante, enriquecidas por movimientos gremial-docentes y estudiantiles, y por soportes teóricos provenientes de muchos educadores: Valentín Letelier, Darío Salas, Luis Galdames, Irma Salas, Francisco Salazar, Amanda Labarca, Pedro Aguirre Cerda, Oscar Vera, Alberto Hurtado, s.j., Olga Poblete, Roberto Munizaga, entre ellos (Ver, Luis E. Rojas, 1997).
En tal sentido, nos parece que la connotación que otorga a estas entidades el Rector Universitario Juan Gómez Millas dibuja bien sus funciones y su misión permanente:
“Las Universidades son organismos esenciales para la sociedad. Tienen por función conservar y desarrollar la Cultura mediante el cultivo de la Filosofía, las Ciencias, las Artes y las Letras, y su difusión a través de la Docencia y la Extensión. Son constituyentes tan esenciales a una comunidad, para la vida, el desarrollo y la seguridad de los Estados como los Poderes Públicos y las grandes instituciones sociales. Todas ellas tienen una vida interior, un espíritu que las anima y autonomía de desarrollo que les permite cumplir sus funciones y adaptarlas a las condiciones del ambiente nacional e internacional… Somos por esencia una comunidad de trabajo, extremadamente fluida y variada, cuya misión es poner la verdad, la belleza y la esperanza en la existencia de la Nación, a la cual servimos directamente” (1963, 15).
Connotación ampliada y profundizada aún más por su sucesor en la Universidad de Chile, Eugenio González: “La Universidad ha de cumplir una función ética y social, haciendo suyos los problemas de nuestro pueblo. El problema universitario es un problema político… la democratización de la Universidad será posible en forma cabal cuando se democratice la educación nacional en su conjunto, y esto sólo será posible cuando se modifiquen las estructuras basales de la sociedad y del Estado” (Diario El Mercurio, 10-02-1968, también en J.C. Jobet, 1970: 622).
En 1999, se firmó en la USACH el Acuerdo de Santiago, con el que culminó la “Primera Cumbre Iberoamericana de Rectores de Universidades Estatales”, en el cual nuevamente se reitera el concepto de “Universidad Pública” relevando cuatro características básicas: “1) Su pertenencia: forman parte del Estado; o son públicas autónomas por ley. 2) Su financiamiento: es responsabilidad del Estado. 3) Su misión: es su compromiso social. Este compromiso es en realidad un compromiso del Estado con la Sociedad, inscrito en la Constitución, que lo cumple a través de la Universidad. En este sentido la Universidad Pública es una institución que responde a los valores constitucionales y no a políticas contingentes. De ahí el concepto de autonomía que garantiza el ejercicio de esos derechos. 4) Su concepción del conocimiento: como un bien social y no un bien privado”.
Tal concepción de Universidad, en tanto función pública, crítica, plural y generadora de conocimientos y de recursos humanos al servicio de la Nación, fue destruida en Chile por el régimen dictatorial, y ella es, actualizada y recreada, la que debemos (re)postular y practicar al compás de la lenta recuperación democrática del país.
La continuidad, coherencia y enriquecimiento de ese legado cultural y estilo educativo y universitario, constituye hoy un dramático desafío dada la galopante imposición del sistema económico neoliberal, la interrupción del proceso democrático (1973) y la fracturación de su sistema educacional (1980-1990), con enclaves legales y actitudes psicosociales internalizadas que, como porfiadas secuelas, aún enmarcan y marcan el acontecer cotidiano nacional, en todos sus ámbitos. Como lo señala Humberto Maturana:
“Tenemos que ser nosotros, autónomos en nuestra identidad. Hemos perdido identidad. Queremos ser como el resto del mundo. Se escudan en la inminencia de la globalización. Y la verdad es que debiéramos meditar si nos dejamos avasallar por la globalización o usamos la globalización. O nos dejamos avasallar por Internet o usamos la Internet. Los 17 años de dictadura abrieron un espacio y cambiaron el modo de relacionarse de una manera que fue consolidada a través del miedo. Los 17 años de dictadura fueron 17 años de miedo, miedo a hacer cosas que implicasen lo que justamente se estaba rechazando: se estaba rechazando una visión de responsabilidad social del Estado, por un Estado centrado en la administración del libre mercado, de la libre empresa” (“¿El miedo cambió a Chile?”, Diario La Nación, Santiago, 16 de Julio del 2000, pág. 8).
En la última década del siglo “privatizar, competir, ningunear (al otro), consumir, discriminar”, son algunos de los verbos con los que se pretende sustantivar nuestro carácter social e identidad nacional, transformando la emblemática canción: “ Si vas para Chile.../ y verás cómo quieren en Chile al amigo ‘si tiene dinero’ ”.
En lo educacional, a través de arbitrarios dictámenes constitucionales (1980), aún vigentes (Artículo Nº 19, números 10 y 11), de forzados Decretos sobre Educación Superior (bienio 1980-1981) y de una nefasta saga legal, la Ley Nº 18.962-1990 (LOCE), el régimen militar dejó su impronta y amarre ideológico - castrense y neoliberal - en el sistema nacional.
Así se quebró una larga y fructífera tradición democrática y cultural, enrumbándose nuestra educación por sobrepuestos patrones individualistas y competitivos, incluyendo una inconsulta ‘municipalización’ (Dto. Nº 13.063-1980), y estableciéndose el elitismo y agravando la segmentación socioeconómica, como lo confirman los crudos datos del 2000: en la prueba SIMCE, en las TIMSS (conocimientos científicos y matemáticos, lugar 35º), y en la P.A.A.1
La percepción diacrónica y sincrónica que se va configurando de nuestra condición identitaria social y cultural es, dicho lacónicamente; errática y confusa. Tales connotaciones, y otras similares, han venido siendo diagnosticadas y comunicadas en el último tiempo por notables pensadores de lo nuestro, a través de significativos ensayos. Y la imagen transmitida por algunos de ellos respecto a este Chile jaguar y competitivo es: de dudosa ‘modernidad’ (Bernardo Subercaseaux, 1996), de ‘mitología’ (Tomás Moulian, 1997), de ‘amnesia’ (Marco Antonio de la Parra, 1997), o de ‘perplejidad’ (Alfredo Jocelyn-Holt, 1999).

II.- Amarres legislativos y secuelas de la dictadura (1973-1990)

El conjunto de las ordenanzas de la década 1980-1990 cumplía varios objetivos: privilegiar la enseñanza privada en detrimento de la estatal (privatización y comercialización); reemplazar la acción estatal preferente por una subsidiaria (= socorro, ayuda o auxilio extraordinario de carácter económico); descentralizar el sistema; iniciar la municipalización de los establecimientos; modificar los Planes y Programas de estudio en conformidad a las directrices ideológicas del régimen; entregar la habilitación de las instituciones de Educación Superior a la empresa privada y cautelar el control político de las estatales a través de Rectores designados y de representantes oficialistas en las Juntas Directivas, desarticulándolas a través de la atomización de la Universidad de Chile y de la disminución progresiva de los aportes fiscales (Aporte Fiscal Directo, AFD) necesarios para su mantención, con vistas a lograr a mediano plazo su autofinancimiento. 2
La reestructuración de la Educación Superior (autoconferida por el dictador Pinochet a través del Decreto-Ley Nº 3.541, 1980), que fue el nivel mas afectado, se instrumentó por la vía de la fuerza de los inconsultos Decretos con Fuerza de Ley: el Nº 1, que norma y facilita la creación de nuevas Universidades (a la fecha eran 8, hoy son 64, de ellas 39 privadas), le siguen el Nº 2 que apunta al pronto desmembramiento de la U. de Chile y el Nº 3 que fija remuneraciones. Más tarde (1981) se dictarán los Decretos Nº 4, 5 y 24, referidos a las nuevas instancias: Institutos (hoy 68) y Centros Técnicos (118). Pero aquí nos interesa especialmente el Nº 4, ya que con él (art. 2º ) se inicia la aplicación del principio de subsidiariedad en este nivel, al determinar la gradual disminución del aporte fiscal (AFD) a las Universidades Estatales (que a la fecha ya no cubre ni la tercera parte de los presupuestos institucionales) y la obligatoriedad del pago de aranceles, con la meta mediata de transformarlas en empresas privadas y/o autosustentadas financieramente. Aquí está el origen intervencionista de la situación crítica por la cual atraviesan en la actualidad, más dramáticamente aún en el caso de las pedagógicas, en tanto sus fines social-humanistas no son congruentes con una situación instruccional y competitiva en la cual rija la lógica del mercado y del lucro. La aplicación de su art. 3º premiando con dinero a las Universidades que incorporen a los postulantes con los mejores 20.000 puntajes en la P.A.A.(hoy 27.500), ha (de)generado (en) situaciones de pugna fagocitaria no sólo en las instituciones de Educación Superior sino, también, en las de Educación Media, desnaturalizando el sentido de formación integral del alumno y, por último, desfavoreciendo a las universidades tanto regionales como pedagógicas (= desigualdad social legalizada). En general la política de crédito fiscal universitario aquí establecida no cumplió sus objetivos y, por el contrario, significó y sigue significando este año 2001 un foco permanente de inequidades y conflictos.
El 14 de Enero del 2001, el senador Roberto Muñoz Barra (Presidente de la Comisión de Educación de la Cámara Alta), al referirse al “Financiamiento y crédito universitario” escribe:
“Hemos perdido mucho más que el Estado docente, entendido como ejecutor y contralor del proceso educacional del país... convertida ya la educación universitaria en una mercadería que se vende y se compra, y abierto el campo para carreras y profesiones que saturan el mercado, el Estado aparecerá como cómplice de un proceso que, si no configura un ilícito... una irresponsabilidad dolosa... Uno de los problemas más graves que se nos muestran ahora es el del financiamiento, el cual, según las palabras del Rector Riveros, está haciendo agua por todas partes... necesidad de constituir un sistema de crédito nacional centralizado, para evitar que las universidades estatales sigan cumpliendo, como ahora, de prestamistas y cobradoras... Cuando la Universidad de Chile se venga abajo junto con la estatua de don Andrés Bello, será demasiado tarde para el arrepentimiento de muchos”. (Diario La Nación: Editorial).
Paradojalmente, aquello de que “las Universidades estatales no operen como prestamistas y cobradoras” ha sido interesadamente mal interpretado, una vez más, por la democrática autoridad ministerial para proponer una insólita e inconsulta solución a lo del crédito. Se ha publicado que se copiaría “un modelo norteamericano”, centralizado, no estatal, y aplicable indiscriminadamente a universidades estatales y privadas. Esta vez y en esta materia, ya no sólo se muestra palmariamente la dependencia de patrones económicos foráneos sino la burda imitación, sobrepasando los límites de la autonomía y dignidad nacionales.3
El conjunto normativo-jurídico dictatorial, que hemos esbozado, ha generado y genera -como vamos viendo - una serie de secuelas prácticas en el ámbito de la “compleja” Educación Superior chilena:
- Proliferación indiscriminada de instituciones y carreras del sub-sistema, mayoritariamente guiadas por el incentivo lucrativo, con la honrosa excepción de Universidades respaldadas por la Masonería e Iglesias, y algunas regionales.
- Pérdida galopante de la identidad institucional, de la misión universitaria y de su función ética social-humanista, con el subsecuente deterioro del rol académico, reducido a mero docente contratado (‘profesor-taxi’), y desagregación de las funciones académicas básicas, tanto a nivel grupal como individual. 4
- Discriminación y atentados múltiples a los derechos laborales, a la justicia social, a la equidad, etc., en tanto los modos perversos de financiamiento (AFD y AFI) favorecieron a las universidades centrales frente a las regionales, a las funcionales al régimen económico frente a las formadoras de cientistas sociales y humanistas, a los postulantes provenientes de colegios privados frente a los subvencionados y municipalizados, a los alumnos cuyas familias pueden solventar los ingentes cobros de las instituciones frente a la mayoría que no puede hacerlo, generándose así una verdadera aristocratización de las universidades nacionales (más del 60% del estudiantado universitario proviene de las clases privilegiadas y, acaso, el 10% de los sectores populares). Todo esto, contraviniendo expresos Acuerdos internacionales (ONU, 1948, art. Nº 26; Unesco, 1960, art. Nº 4, letra a; Pactos Internacionales, 1966, art. Nº 13, nº 2, letra c; Convención sobre Derechos del Niño, ONU-1989, artículos Nºs. 28 y 29), vinculantes para los estados Miembros, los cuales reiteran la disposición que se expresa así en los Pactos: “La enseñanza superior debe hacerse igualmente accesible a todos, sobre la base de la capacidad de cada uno, por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita”.
- Heterogeneidad, desequilibrio y menoscabo en la calidad de la formación de científicos, investigadores y profesionales, especialmente docentes, dadas las situaciones de represión, exilio y exoneraciones y las condiciones socioeconómicas en las que ha trabajado y trabaja el Magisterio nacional, incluido el de la Educación Superior.
- El traslado de la regulación desde el Estado al Mercado, iniciado ayer y mantenido hoy por los Gobiernos democráticos, ha sumido a las Universidades en una crisis de anomia y desperfilamiento que no evidencia visos de solución inmediata. Fue el propio Rector de la U. de Chile, Jaime Lavados (1993) quien lo ratificara al criticar la ‘laxitud jurídica’ existente sobre la materia universitaria: “No se han definido políticas de acción adecuadas en estas áreas con lo que se vuelven confusas e incoherentes”. Incoherencia, por lo demás, cuyo dividendo ha sido bien instrumentado por los sectores privados para profitar y extender sus redes empresariales, a través de la proliferación de instituciones educativas de la más variada índole, oportunidad que les ha sido regalada por este aparentemente confuso ‘neoliberalismo educativo’. Su lenguaje prevalente alude a “fondos competitivos; PROYECTOS (bis); eficiencia, control y evaluación de calidad (total)”, en la semántica gerentocrático-empresarial dictaminada como “agenda para la Reforma” por el Banco Mundial, y cuyos mensajes y prácticas socio-instituciones discurren sobre ‘privatización, desregulación y orientación por el mercado’. 5

III.- Educación siglo XXI: ¿cambalache Estado-mercado?

En lo nacional, el proyecto de reformular cupular y sectorialmente el sistema educativo, sin modificar las bases constitucionales y legislativas heredadas, a través de una Reforma modelada (España) y dirigida (Banco Mundial) exógenamente, no ha logrado ni recuperar la condición integrada de la mayor justicia social y calidad que ostentaba como “servicio público”, ni reposicicionar los fundamentos político-educacionales y éticos ínsitos en un Programa de Educación efectivamente democrático.
La reforma educacional en curso, además de depreciar el propio bagaje educativo nacional, se autocomplace en generar la competitividad, la excelencia individualista, la hiperbolización de la racionalidad y tecnología instrumental, olvidando lo que la propia Psicología organizacional del sistema señala en su ‘teoría x e y’: la relevancia del ‘factor humano’, de su motivación, calidad de vida y satisfacción de sus expectativas de vida y laborales. Esto es aplicable tanto a los discentes (en términos “freirianos”, 1997) como, a fortiori, a los docentes, cuyo estatus socioeconómico y condiciones laborales vienen significando la piedra de tope cotidiana para el adecuado logro de las metas socioeducativas. 6
Por otra parte, al intentar una Reforma educacional no se puede excluir su condición sistémica e integral, incluyendo sus niveles Pre-escolar, Especial, Básica, Media, Adultos, Superior. Correlativamente, ello requiere la formulación de una Filosofía y Política Educacional de carácter nacional, también sistémica y holística, basada en los valores democráticos y en los Derechos Humanos, tanto individuales como civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, y muy especialmente en la Convención sobre los Derechos del Niño (1989).7
El sustento político-ideológico y jurídico existente, ya reseñado, es contradictorio, discriminativo y antagónico para el logro de una educación socialmente justa, de calidad, permanente (continua) e integrada. Como bien lo explicita Viola Soto (Premio Nacional de Educación, 1991):
“Las políticas actuales del Estado chileno han sido formuladas en relación a dos fuentes diametralmente distintas: la que proviene de nuestra cultura mestiza...y la que emana de la civilización transnacional expresiva del racionalismo instrumental...(para) nuestra inserción en la competitividad de los Mercados internacionales, que exige una fuerte defensa de los intereses individuales, lo que en verdad se opone a la cultura de la solidaridad” (1994: 58).
Al igual que en el ámbito educacional general, mientras en el de la Educación Superior Estatal no se elabore una Política sectorial coherente y participativa, respaldada por un aval presupuestario suficiente, será imposible estructurar el subsistema coordinadamente con aquél y con la adecuación y eficacia que ameritan, regional y nacionalmente, sus finalidades reflexivas y creativas en los planos social-humanista y científico-tecnológico y de formación de líderes y recursos humanos para el desarrollo social, económico y cultural del país.
En Chile, en éste como en otros ámbitos, se cumplen obediente y ejemplarmente los patrones del sistema económico neoliberal, así descritos por Noam Chomsky:
“El mundo está siendo movido hacia un tipo de modelo del Tercer Mundo, por una política deliberada de Estado y las corporaciones, con sectores de gran riqueza, una gran masa de miseria y una gran población superflua, desprovista de todo derecho porque no contribuye en nada a la generación de ganancias, el único valor humano... La última tendencia estructural observable es la disminución del papel del Estado en la educación, que está siendo sustituido por el mercado; en las áreas donde le conviene a los intereses dominantes, se entiende (1995: 36).
En el caso de nuestro país, los gobiernos no han sido capaces de instalar en el escenario nacional la discusión y la participación que hagan posible el efectivo fortalecimiento de la Educación y el consecuente respaldo a las Universidades Estatales, en tanto instrumentos estratégicos del desarrollo personal y social, por móviles e intereses que no están claros ante la opinión pública. No sólo nos referimos a la desfasada y desmarcada “Ley-Marco”, que deambuló por la autopista entre Valparaíso y Santiago, cruzando tres gobiernos (desde 1993), sino a las concesiones, evidentes y no tanto, a los sectores empresariales y confesionales. Tal situación, digna del mejor “curriculum oculto”, ha llevado al Presidente del Colegio de Profesores de Chile, A.G., Jorge Pavez, a expresar en forma representativa y responsable lo siguiente, respecto al MINEDUC: “Aquí cuando hay olor a sacristía, cuando hay olor a iglesia católica, el ministerio empieza temblar y a santiguarse y cuando hay olor a empresarios y a discurso privatizador permanente al Ministerio le tiemblan las piernas y todo esto no nos parece bien, porque acá se debe estar claramente con el magisterio y en la defensa de la Educación Pública” (Diario El Mercurio, 15 de enero del 2001: C-5).
El Presidente del Colegio está representando el sentir y el mandato que, respecto a su situación gremial y profesional, ha expresado el Magisterio en el “Primer Congreso Nacional de Educación”. En su Informe Final (Octubre, 1997) se contienen las conclusiones respecto a tres “ejes temáticos”: “Marcos referenciales”, “La función educativa del Estado y “La profesión docente”, sin que los respectivos Gobiernos las hayan considerado en la Reforma educacional ni en su implementación institucional, tanto presupuestaria como organizacional y formativa; no se cumple, pues, la obvia recomendación de la UNESCO-OIT de que: “Tanto los estudiantes como el profesorado de una institución de formación de personal docente deberían tener la posibilidad de expresar su opinión sobre las disposiciones que afectan a la vida, la actividad y la disciplina, de la misma institución” (1996). Sin embargo, teóricamente se afirma y se exige: “Los profesores... son los protagonistas principales del proceso de enseñanza...., la columna vertebral de nuestro sistema escolar... para eso deben poseer un sólido conocimiento en ciertas disciplinas de base de la educación y en las materias que constituyen su campo de especialización pedagógica... prepararse para una diversidad de roles: como enseñantes en una sala de clase, como miembros de un equipo docente, como consejeros de padres y alumnos, como encargados del orden en la escuela, como personas de influencia en la comunidad (Los desafíos de la educación chilena..., 1995). Ahora se les ha ocurrido “medir” los estándares de desempeño-FID (Mineduc-2000), exportados empeñosamente para “evaluar” tanto los “portafolios” como las “tareas” de los trabajadores de la Educación.
El último simulacro de notables de “pensar” la Educación Superior, que continúa y complementa (diez años mediante) uno anterior a cargo de la “Comisión de Estudio de la Educación Superior” (1990), es el llamado “Foro de la Educación Superior”, llamado por el Mineduc el 18 de julio del 2000. Ambos elitescos intentos comparten una visión tecnocrática y acrítica del modelo neoliberal, operando en lo medular con el criterio de “Estado subsidiario”.
El dicho “Foro” tuvo tres Comisiones conformadas mayoritariamente por instituciones y personas ligadas al sector “privado”, y a través de sus Informes intentan menoscabar el rol estatal, homogeneizar la institucionalidad universitaria a través de “cooperaciones” (vía “holdings”, consorcios). Su basamento conceptual incluye el par “empleador-cliente” (“oferta”) y el otorgamiento de prioridad a la globalización, la producción económica y la industria: los tan publicitados “desarrollo humano”, “justicia social” y bienestar de las mayorías o –al menos– el cristiano “bien común”, no integran el mapa conceptual que orientaría el porvenir de la Educación Superior en el Chile-jaguar del siglo XXI. Obviamente, es notoria la ausencia, ya crónica de las Universidades y Facultades Pedagógicas, del Colegio de Profesores, de las Asociaciones Gremiales Universitarias Estatales, y cómo no, de las Organizaciones Estudiantiles representativas que, dada su juventud e inexperiencia, no tienen derecho a opinar en tan delicadas materias que les competen y comprometen directamente en su presente y en su futuro. Sí opinaron personeros ligados a la economía (nacional y transnacional), a la industria y el comercio, así como instituciones particulares y entidades privadas. Paradojalmente, pues, es el propio Estado (como en 1980) el locus en que se radica la acción autofagocitaria y minivaluadora de su rol ductor, en pro de subalternos intereses economicistas, todo esto, por demás, en forma disonante a lo (com)prometido como prioridad de su gobierno por el Presidente de la República, Ricardo Lagos, en cuanto a la “centralidad” de la Cultura, al fortalecimiento de la Educación Pública y de las Universidades Estatales. 8

IV.- Señales propicias para la Educación en América Latina

En lo internacional, aparte de las direcciones economicistas y mercantiles del Fondo Monetario y Banco Mundial (además de Chomsky, ver: Banco Mundial, 1995; J. Schatan,1998, y G. Baum, 1999), en 1996, la UNESCO publicó su “Informe sobre la Educación para el siglo XXI”, a cargo de una Comisión presidida por Jacques Delors (La Educación encierra un tesoro). Junto a datos cuantitativos que evidencian la desigualdad y la injusticia hoy existente a nivel mundial, la Comisión, entre otros puntos, destaca la necesaria contribución de la universidad a la “formación de profesores” (21), declarando, además que: “Ninguna reforma dará resultados positivos sin la participación del cuerpo docente. La Comisión recomienda que se preste una atención prioritaria a la situación social, cultural y material de los educadores” (23). Como vimos, tal situación, explicitada y comunicada en el Informe Final del Congreso magisterial está siendo ‘ninguneada’ por las cúpulas enquistadas en el ya criticado Ministerio de Educación existente. A la Universidad se le atribuyen cuatro funciones esenciales: “1. La preparación para la investigación y la enseñanza; 2. La oferta de tipos de formación muy especializados y adaptados a las necesidades de la vida económica y social; 3. La apertura a todos para responder a los múltiples aspectos de lo que llamamos educación permanente en el sentido lato del término, y 4. La cooperación internacional” (154).
Frente a la ‘globalización’ económica e informática, junto a la apropiación crítica y (re)creativa de sus ventajas y logros es preciso, también, hacer operar los factores etnocéntricos, geoecológicos e históricosociales que definen diferencialmente nuestra condición identitaria y sus diversidades culturales, como naciones y como Región.
“Es indispensable rechazar el ‘pensamiento único’ - nos dice Miguel Rojas Mix- que pone el rendimiento económico por encima de cualquier ideología y que tiene al mercado como referente fundamental y a la eficiencia como piedra angular del desarrollo, anteponiéndola a los valores de solidaridad y justicia....La eficiencia no puede ser un criterio que rija las políticas de salud, educación, bienestar o cultura... Internet puede ser un instrumento del pensamiento único o una formidable tribuna crítica y de contestación. Es ahí donde la Universidad puede y debe tener un papel fundamental... La Universidad debe pensar la globalización en términos latinoamericanos... la idea de identidad y solidaridad cultural americana frente a la geopolítica de bloques que va a dominar el próximo siglo, es hoy más válida que nunca. La solidaridad como factor de cohesión social consiste en cultivar valores en común... Es una doble responsabilidad de la Universidad, ella debe ejercer el liderazgo, y a la vez, formar los líderes culturales para el presente y el futuro... La Universidad debe formar de manera crítica para recuperar el valor de lo propio... La Universidad Pública tiene una función social acentuada frente a la universidad privada... tiene que ser abierta y pluralista, y entre sus funciones está la de desarrollar la democracia... la formación de las generaciones futuras... que la educación sea el principal factor igualitario de la sociedad moderna... Ricardo Lagos, en una reflexión reciente (1998), destacó entre líneas una frase del ministro israelí Itzhak Navon: ‘La democracia sólo se concreta en un sistema educativo con calidad igual para todos. Si esto no se da, usted no tiene democracia’....” (1999: 139-140).
En la medida que en la convivencia democrática el “cambio” es lo característico, la Educación debe preparar inter-generacionalmente a los sujetos sociales para vivirlo en forma pertinente y prospectiva, en el sentido planteado por Manuel Castells, quien postula la apropiación crítica, selectiva y creativa que debemos realizar para incorporar a la cultura “alfabético-fonética”, la “electrónico-visual” que planetariamente se viene imponiendo, por lo cual dice:
“El cambio educativo es más necesario que nunca. Necesitamos modernizar tecnológicamente las escuelas, lo cual no supone sólo colocar ordenadores ‘on-line’, sino aprender qué hacer con ellos... La ciencia y la tecnología poseen grandes valores, pero a condición de que se pongan al servicio del pueblo. Lo importante es saber si se limita a una pequeña elite o si se difunde en el conjunto de la gente” (1998: 83)
El problema es, pues, de justicia social, de cómo se distribuyen los bienes, no sólo materiales, sino también los símbólicos y culturales, y para todos: jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ricos y pobres, mapuches y elites extranjeras, creyentes y no creyentes..
Los logros democráticos se hacen posibles a través de la formación cívica y el ejercicio permanente de la participación, en tanto la democracia no es un patrimonio que se hereda pasivamente, sino una ‘tarea’ permanente en relación a la cual cada generación debe asumir la responsabilidad de recrearla y perfeccionarla. Por tanto, en el sistema educacional, muy especialmente en sus niveles superiores, los jóvenes deben “vivirla” a través de las organizaciones sociales a las cuales se van incorporando o “perteneciendo”, más aún hoy, en que la mayoría de edad se alcanza a los 18 años, con todos los derechos y deberes adultos. Así, por ejemplo, en las Universidades ella debe practicarse cotidianamente, desde el aula hasta sus estructuras de gobierno, ya que la ‘democracia’ no se puede aprender-enseñar “anti-democráticamente”. La visión gerentocrática y gerontocrática, excluyendo a los jóvenes estudiantes, tan defendida por el inefable Mineduc y otras instancias de poder académico, públicas y privadas, no expresa sino la vieja discriminación generacional y la defensa del poder simbólico que les otorga el “saber” academicista.
En síntesis, educar es una función democrático-social, y generar conocimientos, investigar y difundirlos, educar a los educadores - como advirtiera el viejo Marx - es función supra-social, y tales tareas, por definición y proyección, corresponden prioritaria e indelegablemente al Estado.
Afortunadamente por estas tierras, tanto nacionales como latinoamericanas, vienen soplando nuevos y tibios aires de fronda social y cultural para nuestro “desarrollo humano”, posibilitados por el debilitamiento de los regímenes dictatoriales y los avances de corte democrático y progresista. 9
En nuestra América tenemos un excelente precedente de “integración educativa, científica y cultural” en el Convenio Andrés Bello (Bogotá, 1970; ver R. Hernández, 1971), cuya efectiva implementación y ampliación a la América Latina toda, podría significar un gran aporte para nuestro desarrollo continental. Si bien el espectro de acciones que puede desplegar el sistema educativo integral es multifacético, es importante destacar la relevancia que adquiere el área de la Historia y de las Ciencias Sociales. Para muchos investigadores, entre ellos, el Padre Jaime Díaz Castañeda, su rol es trascendente, por lo cual él propone “la enseñanza de la Historia como estrategia de integración”, y no como lo ha sido hasta ahora: de “desintegración y antagonismo entre nuestras naciones” (1995), 10 Y la mirada no sólo debe ser diacrónica, también sincrónica, perspectiva que ayudará a superar al abisal desconocimiento que existe entre nuestros propios países. Sabemos más de la historia, vida cotidiana, cultura y problemas de los Estados Unidos que respecto a los propios de nuestras naciones amerindianas.
En tal sentido es rescatable la experiencia sociopolítica y educacional inédita que está ocurriendo hoy en la hermana República Bolivariana de Venezuela. La nueva y plebiscitada Constitución Política (Asamblea Nacional Constituyente, 1999), en su Capítulo VI (“De los Derechos Culturales y Educativos”) establece autónomos principios y criterios con “coherencia histórica y pertinencia a su realidad nacional” (Mariano Picón-Salas, 1939). Desde el artículo Nº 102 se explaya sobre el tema, determinando entre otros preceptos los siguientes:
“La educación es un derecho humano y un deber fundamental, es democrática, gratuita y obligatoria. El Estado la asumirá como función indeclinable... es un servicio público... participación activa, consciente y solidaria en los procesos de transformación social consustanciados con los valores de la identidad nacional, y con una visión latinoamericana y universal.... derecho a una educación integral, de calidad, permanente... obligatoria en todos sus niveles... La impartida por el Estado es gratuita hasta el pregrado universitario... El Estado reconocerá la autonomía universitaria... .”
Es aleccionador, creemos, establecer un parangón entre estos sencillos párrafos, tan representativos de nuestra tradición cultural, y los que rigen, por ejemplo, en Chile, cuyas disposiciones fueran dictaminadas inconsultamente, hace ya dos décadas.
Superar la crisis en que se encuentra el estado del arte educativo y la ambivalente situación valórica por la que atraviesan las Universidades en América Latina y El Caribe constituye, para los intelectuales, maestros e historiadores, un inmenso desafío y una ineludible tarea por cumplir, en orden a revitalizar la Educación Pública, incluida la Superior, a cargo del Estado, para responder a las necesidades psicosociales que apremian a nuestros pueblos. Su finalidad social debe ser el logro de un desarrollo económico sostenible, autónomo e integrado, en justicia social y con una adecuada distribución de los bienes materiales y simbólicos, en forma consonante con los valores democráticos y los Derechos Humanos, tanto individuales como sociales, culturales, económicos, civiles y políticos.
En América Latina, sus sistemas educativos y Universidades Públicas deberán ser coadyuvantes para el cambio social y la construcción de un imaginario colectivo de pertenencia y de identidad, afincado en su pasado milenario, en su rica geocultura y en su postergado proyecto de unidad e integración latinoamericana. Y ello, a través de una Educación de calidad para todos durante toda la vida, guiada por los principios democráticos de “libertad, igualdad y solidaridad” (José Gimeno Sacristán, 1999). Tal vez así podamos cumplir durante este siglo el sentido designio del Maestro don Andrés Bello:
“América desempeñará en el mundo el papel distinguido, que la llaman la grande extensión de su territorio, las preciosas y variadas producciones de su suelo y tantos elementos de prosperidad que encierra”... (1981: 1525)...”que, suelto el cuello de extranjero yugo, irguiese al cielo el hombre americano”(Silvas).

V.- Referencias bibliográficas

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1 Sobre la discriminación social en un liceo de Santiago, ver: Jenny Assael, otros: “La búsqueda por borrar estigmas sociales: una forma de construir ciudadanía”, en Revista del Depto. de Psicología, U. de Chile, Vol. IX, 2000 (107-116).
2 No entonces, hoy, desembozadamente El Mercurio en su editorial :“Educación y desarrollo: una relación compleja” de 13-05-2000 (A-3), plantea que la educación “debe dejarse en manos de los mercados, único mecanismo capaz...”.
3 “Mineduc revela revolucionario cambio al crédito universitario”, así comunica la noticia el Diario La Tercera de 2 de febrero del 2001. Por su parte La Segunda, días después (6) aplaude: “Modelo norteamericano inspiró los cambios al crédito universitario” (pág. 6), complementando en su sección ‘Pulso del Mercado’: “AFP y Compañías de Seguros participarán en creación de bonos para crédito universitario” (pág. 38). A pesar que esto se difunde en plenas vacaciones, ya hay reacciones de la FECH y del propio Rector de la Universidad de Chile, Luis Riveros, quien en el mismo diario de la tarde, de fecha 15 de febrero, advierte: “Nuevo crédito universitario se financiará con jubilación de todos los chilenos” (7). La polémica recién comienza, pero lo descrito viene a ratificar la falta de compromiso del Gobierno con lo que fue propuesta y promesa electoral: la defensa de la Educación Pública nacional.
4 Ver, “Universidades tienen bajo número de profesores de Jornada completa”, Diario La Tercera, 8-01-2001, ‘Sociedad’.
5 Al respecto, ver: W.E., Deming, 1993; F., English, 1995; en la Revista de Humanidades, U. de Chile, Nº 17, 1996-1997, los artículos críticos de Carlos A. Torres, otro: “Globalización, neoliberalismo y educación superior” (33-42); de José Bengoa: “Educación superior chilena: ¿sistema público o sistema privado?” (51-64). Y, en su Nº 18-19 (1998-1999) el fundamentado estudio de Luis Cifuentes: “Crisis y rescate de la universidad: Contribución al debate en torno al ‘Proyecto de Mejoramiento de la Calidad y la Equidad de la Enseñanza Superior (MECESUP)’ ” (245-268). En la Revista de Sociología de la U. de Chile, Nº 14, 2000, el no menos sustancioso de Jesús Redondo: “El fracaso escolar y las funciones estructurales de la Escuela: una perspectiva crítica” (7-24). Finalmente, en el contexto socioeducativo, recientente el Rector de la U. de Chile ha manifestado con preocupación el hecho que “La mayoría de los chilenos son analfabetos funcionales” (Revista Ercilla, N° 3.157, 19 de febrero del 2001: 10-12).
6 La ley N° 19.715 (2001) que mejora las remuneraciones de los docentes de educación básica y media, a más de parcial, sigue siendo insuficiente parche para la solución integral e integrada para este problema nacional.
7 Al respecto, la Revista Chilena de Humanidades de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la U. de Chile, ha dedicado su último número (18-19, 1998-1999) a la temática de la Reforma educacional chilena (Ver especialmente, de R. Viereck., “La Reforma Educacional Chilena en perspectiva” : 107-137).
. Una presentación global sobre la Reforma educacional se encuentra en García-Huidobro, J.E. (Ed.), 1999.
8 La realización de la 46ª. Asamblea Mundial de ICET durante este año (julio) en Santiago, ofrece una buena oportunidad para la confrontación de ideas sobre “formación docente” y el rol del Estado en materias educacionales. Aunque, la exigencia de que los trabajos sean presentados obligatoriamente “en inglés”, ya da cuenta de su cariz predominante y demuestra el coloniaje mental que aún pesa sobre nosotros (Ver: http://www.mineduc.cl/reforma/reforma_desarrollo/icet/asambleaicet.htm).
9 La preocupación por el problema educacional y universitario ha dado lugar a múltiples investigaciones y Encuentros. Entre otros aportes personales y colectivos mencionamos aquí: Adriana Puiggrós, 1992; CEPAL-UNESCO (1992); UNESCO, Paris (1996, 1998); OEI, Sintra, Portugal (1998). El “Foro Social Mundial” (Portoalegre, Brasil, Enero, 2001), contrapuesto y paralelo al “Foro económico mundial” (Davos, Suiza): “dijo no a la hegemonía del capital, a la destrucción de nuestras culturas, a la monopolización del conocimiento y los medios masivos de comunicación... y exigió el cese de toda interferencia (FMI, BM...) en las políticas nacionales” (Ver, Diario La Nación, 23 de febrero del 2001, ‘Perspectivas’). En el centro del debate está, por supuesto, la Educación.
10 Ver, también, de Myriam Zemelman: “La ética y la enseñanza de la historia” (173-180) y de Julio Pinto: “La reforma curricular en el área de Historia y Ciencias Sociales: propuestas y debates” (231-242), ambos artículos en Revista Chilena de Humanidades, U. de Chile, Nº 18-19 (1998-1999).