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REVISTA NÚMERO 3 ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE ÉTICA DE LA VOCACIÓN EN ORTEGA Prof. Víctor Berríos G. Introducción: Sobre el pensar y la filosofía Si de algo puede sentirse efectivamente satisfecha parte fundamental de la filosofía contemporánea, aunque para muchos sea un gesto de soberbia, es de su capacidad de plantearse críticamente ante su historia y por ende su tradición. Ejemplos como los de Heidegger y Ortega por citar algunos manifiestan un terrible pero liberador espíritu de combate. Terrible porque de algún modo remecen todo lo que hasta ese momento se había sostenido, entiéndase con esto a los grandes sistemas filosóficos y sus correspondientes subdivisiones en disciplinas como la lógica, metafísica, ética. Liberador porque permiten al hombre reflexionar desde otras perspectivas, quizás más cercanas y auténticas, teniendo en cuenta la situación del hombre de los siglos XIX y XX y la urgente necesidad de comprender al hombre del siglo XXI, lleno de desafíos, tanto por su misterio como por el imperativo de ser conscientes de la época en que vivimos. Ahora bien, esta crítica a la filosofía no es una crítica exógena o externa, vale decir que ataca "pequeños detalles", sino por el contrario es una crítica de fondo que va a definir un nuevo rumbo en la forma de comprender a la filosofía y por lo tanto al hombre. Nos parece que uno de los puntos de partida es el hecho de que estos autores evitan en gran medida autodefinirse como "filósofos". Esto que pareciera ser sólo una cuestión formal, de nombres, concentra una cuestión central, esto es el intento por romper y quebrar los lazos con la tradición. La filosofía se ha entendido como pensamiento que funda y sustenta la realidad. Es decir se ha entendido como metafísica1. Desde esta perspectiva todo el pensar metafísico ha sido el intento por establecer un conocimiento de realidades suprasensibles que fundan toda la realidad sensible. La búsqueda de una Verdad absoluta transformó a la filosofía en un saber casi técnico lleno de conceptualizaciones, olvidando lo que efectivamente debe importarle en cuanto quehacer humano. Las cuestiones centrales del hombre esto es su existencia, su vida, su actuar, quedaron relegadas por la presencia de un pensamiento sistémico, un pensar que se manifiesta en tratados. La historia de la filosofía muestra que los filósofos no han logrado dar con las preocupaciones más propias el hombre, salvo algunas excepciones, pero que han ocultado la posibilidad de un genuino modo de acceder a lo humano. En cambio, y esto no es secundario, los autores contemporáneos prefieren utilizar la expresión "pensar" para denominar aquello más propio en la reflexión sobre el hombre. Esto se liga a una cuestión muy central: la insistente necesidad de aclarar justamente qué significa pensar. Heidegger, pero también Ortega constantemente quieren acceder a una auténtica comprensión de este pensar que se aleja de la tradición filosófica, tradición principalmente metafísica, intentando recuperar un pensamiento más originario. Lo originario del pensar es fundamentalmente comprender al hombre en su realidad vital, en su existencia que es propia de cada hombre y su relación con lo que es, con las cosas y con el ser. Así el pensar se manifiesta como la actividad que se debe realizar, siendo el quehacer más propio del hombre, pero no como una disciplina ya acabada, ya dada, sino como un quehacer que debe ser realizado por cada hombre en cuanto busca, en palabras de Ortega, "una orientación radical en su situación [...] la situación del hombre es la vida es vivir. [...] Pero esto supone que la situación del hombre -esto es, su vida- consiste en una radical desorientación."2 Esto es que al pensar le preocupa realizar una reflexión que le importe al hombre en cuanto da luces sobre su situación vital, la de vivir, la de existir. Lo anterior vaya como introducción al tema de nuestro trabajo. Este versará sobre una aproximación a la llamada ética de la vocación en el pensamiento de Ortega. Este acceso por parte del filósofo español, pretende un comprender a la ética no en el sentido tradicional, esto es disciplinario de la ética, ni tampoco adscribir a determinadas teorías éticas tradicionales, como la de la felicidad, el placer y el deber. La reflexión orteguiana piensa al hombre en su realidad más radical, la vida. Esto significa que la reflexión ética, como modo de estar en el mundo, como modo de "asumir" la vida que a cada uno corresponde, está pensada como un vocar, un llamado a ser el que cada uno que nosotros es. Metafísica de la vida humana. Se puede afirmar con cierto cuidado que el pensar de Ortega es "metafísico". Para aclarar esto se hace necesario precisar la expresión metafísica. Si la entendemos como el pensar propio de la tradición, como expresión de un modo disciplinar de la filosofía, esto es como una ciencia que estudia al ente en cuanto ente, y que tiene su acto fundacional en el pensamiento de Platón, definitivamente nos parece que Ortega no sería un pensador metafísico. Pero si entendemos a la metafísica, como una idea o concepción de la realidad, nos parece estar en camino de lo que el pensador español está pensando. Todo hombre tiene cierta concepción sobre la realidad, el mundo y los entes, siendo éste el sentido en que Ortega expone un pensamiento metafísico. Ahora bien, lo propio o genuino del pensamiento metafísico de Ortega es que establece su punto central y nuclear en lo que define como realidad radical. Lo particular o especial de su pensamiento es precisamente su pretensión de establecer como realidad radical la vida. Este concepto de vida radical difiere y se separa conscientemente de cualquier apreciación intelectual o psicologista, sino a una cuestión más primaria, infraintelectual, que supera cualquier intento por subjetivar tal noción de vida: "Es preciso superar el error por el cual venimos a pensar que la vida de un hombre pasa dentro de él y que, consecuentemente, se la puede reducir a pura psicología. ¡Bueno fuera que nuestra vida pasase dentro de nosotros! Entonces el vivir sería la cosa más fácil que se puede imaginar; sería flotar en el propio elemento. Pero la vida es lo más distante que puede pensarse de un hecho subjetivo. Es la realidad más objetiva de todas. Es encontrarse el yo del hombre sumergido precisamente en lo que no es él, en el puro otro que es su circunstancia" La vida es lo radical, lo que está frente a nosotros, lo que efectivamente nos preocupa. Lo metafísico no es la esencia de un ser superior, ni la definición de hombre como ser racional, sino el hecho más "crudo" e inevitable, el hecho de que tenemos que vivir y eso significa que estamos insertos en una vida que nos ha tocado vivir y existir.. Con ello se gana un acceso a una idea de lo que es la condición del hombre actual, ya no su esencia, pues esta parece no participar en el hombre de manera inmediata, es que entendemos al hombre como existiendo primariamente, antes que cualquier intento de definirlo o aprehenderlo bajo un concepto en lo que él sea de suyo. Es una cuestión más radical que el alma, la mente, la razón, sino que es el "hecho" indesmentible de que existimos. Otra cuestión, relacionada con la anterior es que este existir no es algo cercano, inmediato, para su total dominio. La vida se nos escapa. De algún modo es algo distinto a nosotros, nos supera. Estamos constantemente en fuga de nosotros mismo, somos en cierta medida tránsfugas de la vida, en cuanto somos superados por su misterio y su carácter de inasible. Pero al mismo tiempo la vida como realidad radical es lo más cercano en cuanto nos atañe a cada uno nuestra propia vida y es ella la que buscamos "comprender" y finalmente encontrarle un sentido si es que lo tiene. Esta cercanía-lejanía remite a lo central y que consiste en la constatación "existencial" de que la vida es lo más propio del hombre, pero que al mismo tiempo es lo más lejano, ya que no se siempre se da una identidad entre mi yo y la vida. Existe cierta distancia que en algunos casos puede ser insalvable. Hay que ganarse el ser y esto significa que para cada uno de nosotros nuestra vida es la única que hay y debemos ganarla, pues en su primer darse es un puro don que no tiene ninguna articulación Y esta articulación, "sentido", es lo que cada uno de nosotros en cuanto humanos tenemos como tarea. No hay saber si no hay vida. Para la filosofía tradicional esto no fue una cuestión zanjada, sino por el contrario, el saber funda toda reflexión y sentido humano. Lo esencial es la "episteme" como auténtico asunto humano, como finalidad más propia de la vida. En la época contemporánea el mismo concepto de finalidad y sentido como algo ya establecido o predeterminado entran en crisis. Insistimos, el saber es secundario para el hombre, sino que existe una realidad más profunda. Lo central para la existencia no es el saber intelectual, emocional, psicológico sino algo mucho más profundo donde el saber adquiere sentido. Tal "fondo" es la vida, la realidad radical: "La vida humana es una realidad extraña, de la cual lo primero que conviene decir es que es la realidad radical, en el sentido de que a ella tenemos que referir todas las demás, ya que las demás realidades, efectivas o presuntas, tienen de uno u otro modo que aparecer en ella."4 Lo que aquí se plantea es central para el desarrollo de la filosofía contemporánea. Todas las cosas adquieren sentido en la medida que aparece de algún modo en la vida humana, la cual las abarca. Esto no significa subjetivizar la realidad diciendo que las cosas existen "por" el hombre, al modo causal, sino más bien que la vida humana es la primera y más básica realidad a la cual "remiten" las otras de un modo secundario. Este remitir es pensar que la suponen para manifestarse, para darse y para ser comprendidas. Ahora bien esta realidad radical que es la vida se manifiesta a cada cual la suya y es en ese sentido que la vida humana es una cuestión que le interesa al hombre, pero a cada uno su propia vida y es por ello que es tan radical porque está en juego la propia vida, no un concepto o esencia genérica o universal de la cual tengo vagamente una referencia5. Aquella es una realidad que me es dada sin haberla pedido o elegido. "La nota más trivial, pero a la vez la más importante de la vida humana, es que el hombre no tiene otro remedio que estar haciendo algo para sostenerse en la existencia."6. ¡Qué expresión más radical y decisiva sobre el hombre y su condición! ¡Qué dramática realidad la de mantenerse en la existencia! Dramática por inevitable, aunque muchos han sucumbido y no se "sostuvieron" en la existencia. La realidad radical para ellos se presentó llena de obstáculos y definitivamente se "abandonaron". Pero, para Ortega aunque la vida esté llena de obstáculos y dificultades, lo que la define es el mantenerse en ella a pesar de su problematicidad. Para el hombre nada es fácil y regalado. Al hombre todo le cuesta: desde el trabajar y alimentarse, como actividades primarias, hasta lo más complejo pero no por ello despreciable y que es el saber, el reconocerse como humano, el actuar conscientemente. La radicalidad de la vida es lo que de algún modo determina este mantenerse en ella, pues no es pura voluntad del hombre, aunque existe la libertad para no hacerlo, reconociendo que el suicidio es el gesto más impactante de todos porque se relaciona con el existir y su sentido7. La vida del hombre es en cada momento una dificultad, un esfuerzo, una radicalidad inevitable para su ser más propio: "La vida es en sí misma y siempre un naufragio. Naufragar no es ahogarse. El pobre humano, sintiendo que se sumerge en el abismo, agita los brazos para mantenerse a flote."8 El mantenerse en la existencia como lo propio del hombre no significa un mantenerse asegurado, tranquilo, asentado en una vida sin problemas, sino más bien todo lo contrario. No estamos ahogados, es cierto, pero sí a punto, lo que implica nuestra situación de desamparo, de abandono, de precaria seguridad. No estamos ahogados pero sí náufragos, es decir a la deriva, buscando donde arrimarse. La imagen del naufragio, y de la agitación desesperada de los brazos para no ahogarse, es una imagen, muy gráfica y existencial que expone muy bien la situación del hombre9. El yo y la circunstancia Todo lo anterior, esto es la realidad radical que es la vida, manifiesta lo frágil de la vida de cada uno inserta "en el mundo". Este mundo, con el que tenemos que enfrentarnos cotidianamente, está lleno de obstáculos y dificultades, pero también de posibilidades. Ahora mí yo, esto es mí ser individual que soy, tiene que contar con la circunstancia que le toca vivir a cada uno: "La vida nos es dada, puesto que no nos la damos a nosotros mismos, sino que nos encontramos en ella de pronto y sin saber cómo. Pero la vida que nos es dada no nos es dada hecha, sino que necesitamos hacérnoslas nosotros, cada cual la suya."10 Esta cita contiene a lo menos dos elementos muy centrales: por una parte, esta realidad que es la vida, nos es dada, nos encontramos en ella sin haberlo pedido. Existimos en una vida, pero la vida no es mi vida si entendemos por esto último una apropiación inmediata, instantánea y que dependa de nosotros, sino por el contrario, es un acontecimiento del cual no podemos zafarnos, es inevitable. Un segundo aspecto es que si bien esta vida nos es dada, no está hecha, no está programada de antemano. Es un acontecimiento del existir, es pura gratuidad, donación, pero afortunada o lamentablemente no está dada, es pura posibilidad. Ahora bien, esta realidad que es la vida, comprende dos elementos constitutivos y que constituyen en cierta medida el ser del hombre. En primer lugar está el yo propiamente tal, mi yo con determinadas características individuales y que corresponde a mi vida personal. En segundo término está la circunstancia, aquello con lo que tenemos que vernos a cada momento y que también constituye mi vida. Este doble aspecto en que consiste la vida humana, esto es mi yo personal y la circunstancia es lo que Ortega expone en esta frase tan usada pero quizás pocas veces comprendida: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"11. Como decíamos anteriormente el Yo (con mayúsculas) representa la realidad radical que es la vida aquella que me es dada y que no está hecha, sino más bien es la que debo intentar comprender y ganar. El yo (con minúsculas) representa mi vida personal, representa por decirlo de algún modo el sujeto que soy cotidianamente, en medio de las cosas. La circunstancia es este conjunto de cosas o elementos que me enfrentan cotidianamente. Es decir vida personal con todas sus connotaciones y la circunstancia con todas sus dificultades son ingredientes de la vida humana como realidad radical. Mi vida está asentada en esta radicalidad, adquiere sentido en ella, lo mismo que la circunstancia. Así vida humana es un compuesto de vida personal y circunstancia. Pero compuesto no quiere decir armonía, sino más bien, lucha, confrontación, conquista, drama. La vida es lucha, drama en cuanto es un quehacer. Este quehacer es la "tarea" del yo en cuanto pretende apropiarse de una vida auténtica y llegar a ser el que efectivamente somos: "Vivir es ser fuera de sí -realizarse-. El programa vital que cada cual es irremediablemente, oprime la circunstancia para alojarse en ella. Esta unidad de dinamismo dramático entre ambos elementos -yo y mundo- es la vida."12 La cuestión es efectivamente nada de fácil. Mi vida personal tiene que tomar en cuenta las circunstancias, ambos son ingredientes de mi vida. La vida se entiende en esta lucha o drama cotidiano de salir a ganarse la vida, no sólo al modo de necesidades básicas, sino algo más fundamental, ganarme el ser, ser auténtico y conciliar efectivamente mi proyecto personal con las circunstancias que me han tocado vivir. Pero este conciliar no significa dejar de luchar sino más bien realizar mi vida desde un aspecto vocacional. Llegar a ser el que somos. En el yo personal se alojan los deseos, los instintos, los intentos por lograr realizarnos vitalmente. Lo interesante es que no sólo de este yo depende la felicidad o alcanzar el proyecto vital, sino más bien de un luchar con la circunstancia, tenerla a la vista. Este no sólo depender del yo personal, es de hecho una gran crítica a las corrientes tradicionales de la filosofía, especialmente la moderna, que ven a un yo solipsista capaz de establecer desde la pura voluntad o poder de la razón llegar a completar una vida, no importando lo que a cada cual le toca vivir como circunstancia. "Yo vivo, y al vivir estoy en la circunstancia, la cual no soy yo [...]Yo y la circunstancia formamos parte de mi vida."13 La circunstancia como vimos no es algo necesariamente amigable, sino más bien algo que se enfrenta a nosotros. Son cosas, pero también lo es mi cuerpo, este cuerpo que tenemos, mi psiquis, etc. Esta circunstancia es tal en cuanto es extraña a mi, se me escapa, tanto a mi dominio como a mi comprensión. La circunstancia no depende de nosotros, no somos su creador en cuanto una voluntad que la condiciona, sino por el contrario es ella la que muchas veces nos influye y determina. Es esta circunstancia la que tenemos que tener en cuenta en nuestro proyecto de ser, la tarea dramática a la que hacíamos referencia anteriormente, y que es la realización en cuanto podré en algún momento ser el que efectivamente tengo que ser: "Si todo lo que me rodea, empezando por mi cuerpo, me fuese cómodo yo no repararía en nada, no sentiría la circunstancia como tal circunstancia, como algo extraño a mí sino que creería que el mundo era yo mismo. Si al acercar la mano a la mesa esta cediese y no opusiese resistencia, negación al movimiento de mi mano, tendría derecho a sentir y a pensar que mi mano y la mesa pertenecían a mi yo, que eran yo[...]"14 Queda de manifiesto lo que hemos planteado. La circunstancia no depende de nosotros, no es una creación nuestra de un modo "idealista" o "trascendental". Las cosas no son nuestras creaciones y por ello es que no necesariamente son nuestras amigas. Este yo es un ingrediente, una parte de la realidad radical, no la más importante y no la absoluta voluntad que crea todo lo existente. El mundo no es mi creación, el mundo está ahí para hacerme frente. "[...] Pero si se comportase así la mesa, como, por otra parte, yo necesito ahora apoyar mis brazos al ceder ella me incomodaría y la sentiría como extraña. Cada cosa en mi vida es, pues, originariamente un sistema o ecuación de comodidades e incomodidades. Cuando una cosa me es incómoda se me hace cuestión: porque la necesito y no "cuento con" ella, porque me falta."15 Es aquí donde queda claramente establecido lo que es la circunstancia, un conjunto de cosas extrañas a mí, que me resisten, que me escapan y que pueden transformarse en una comodidad o incomodidad para mi proyecto vital, para mi vida en cuanto intento diario de realizarme, de constituirme auténticamente, esto es vocacionalmente. Ahora bien, la vida desde esta perspectiva, en cuanto lucha y drama por constituirme como tal, tiene un aspecto temporal. Esto significa que la vida se entiende como proyecto o programa vital, es decir en donde el hombre busca efectivamente constituirse como tal, a pesar de las circunstancias. Temporalidad de la vida humana. Esta realidad radical, que es la vida, como veíamos, no es nada dado, acabado sino que hay que ir siéndola, descubriéndola, proyectándola. Es en este sentido que el tiempo aparece como problema filosófico. El tiempo desde esta perspectiva no es algo absoluto externo al hombre, ni tampoco una entidad subjetiva. Se debe entender como horizonte de sentido de la vida humana. La vida humana se entiende temporalmente, inserta en el tiempo. Esto no se entiende como un tiempo medible cronológicamente, sino como horizonte de sentido. Así se habla de la vida humana como proyecto o programa de vida. Lo que aquí se presenta es una exposición móvil del ser del hombre. Se enfrenta a la concepción tradicional, eleática, que piensa al ser de las cosas y del hombre como algo estático. Justamente en cuanto vida y existencia se entiende al hombre en movimiento, en proyecto que tiene que decidir qué va a ser. Ahora a nuestro juicio el dinamismo entre yo y mundo es en cierta medida dialéctica y polémica en cuanto lucha, drama, ya que el hombre se enfrenta a sus circunstancias. Pero también es imaginación, propuesta y vocación. "La vida es un quehacer, La vida, en efecto, da mucho que hacer [...]Pero el hombre no sólo tiene que hacerse a sí mismo, sino que lo más grave que tiene que hacer es determinar lo que va ser."16 Lo central en esta perspectiva es que la vida es un quehacer, como un decidirse. No es una acción, sino una decisión, lo que implica un proyecto, un programa. Es en este sentido que se habla no sólo de un hacerse, sino determinar qué es lo que se va a ser. Así vuelve a presentarse la temporalidad, como un programa de ser. Este programa implica un prefigurarse, un imaginarse. "Nuestra voluntad es libre para realizar o no ese proyecto vital que últimamente somos, pero no puede corregirlo, cambiarlo, prescindir de él o substituirlo. Somos indeleblemente ese único personaje programático que necesita realizarse [...] La vida es constitutivamente un drama, porque es la lucha frenética con las cosas y aun con nuestro carácter por conseguir ser de hecho el que somos en proyecto"17 La cuestión es realizar el proyecto o programa que prefiguramos, ateniéndonos a las circunstancias que nos tocan vivir. Ahora bien, tal proyecto no podemos abandonarlo, esto es, ningún hombre puede dejar de realizar su proyecto vital. Dejar de hacerlo es también un proyecto, o definitivamente elegir la más radical, abandonar la vida. Nosotros somos ese proyecto, no somos algo más o menos que eso. Nos situamos en el tiempo, en el tiempo futuro en una posibilidad de ser. El pasado ya lo somos, el futuro es un quehacer posible, en el que de todos modos participa eso que ya somos. Nuestro yo programático, propuesto, necesita realizarse y nos enfrentamos a las circunstancias para poder realizarlo. He ahí que se presenta el drama de vivir, lograr realizar el yo propuesto, proyectado, imaginado. La vida es temporal justamente por ello, por la necesidad de llegar a ser, de cumplir el proyecto y eso es mi vida, ni más ni menos, salvo que no es algo dado, ni fácil, sino que mi vida se va en aquello. Puede darse la gran paradoja que mi proyecto de vida se alcance, justamente en la medida que la perdemos. Pero esta pérdida de la vida, este fracaso no es el único. El fracaso mayor o su éxito o cumplimiento consiste en otra cosa. Ética de la vocación "[...] Y aquí surge lo más sorprendente del drama vital: el hombre posee un amplio margen de libertad con respecto a su yo o destino. Puede negarse a realizarlo, puede ser infiel a sí mismo. Entonces su vida carece de autenticidad. Si por vocación no se entendiese sólo, como es sólito, una forma genérica de la ocupación profesional y del curriculum civil, sino que significase un programa íntegro e individual de existencia, sería lo más claro decir que nuestro yo es nuestra vocación. Pues bien, podemos ser más o menos fieles a nuestra vocación y consecuentemente, nuestra vida más o menos auténtica"18 Todo hasta aquí nos ha mostrado que la vida del hombre se entiende en enfrentamiento con la circunstancia, construyendo la realidad radical que es la vida. Esta lucha con la circunstancia es el modo de darse el ser del hombre, pues en esta lucha lo que está en juego es el proyecto de ser de cada uno, en la idea de realizar su ser. No somos algo acabado o esencialmente determinado, sino por el contrario, nuestro ser consiste en ser conquistado o perdido. Y es esto lo interesante. Todo proyecto vital de algún modo es válido en cuanto responde a lo que queremos ser. Pero este querer ser no es algo que inmediatamente se alcance. No significa que algo querido como proyecto efectivamente se realice. Esta suerte de distancia entre nuestro proyecto y la realización efectiva se relaciona con la vocación. Una ética de la vocación debe asumir en su interior lo siguiente. Por una parte un yo "superficial" que corresponde al yo del día a día, de las elecciones menores, pero que se funda en un yo profundo, que representa aquel proyecto que queremos ser. Ahora bien, también participa en la vocación la cuestión del destino. Hay un destino que aparece en medio de las circunstancias, aunque no necesariamente evidente o visible para nosotros. Debemos captarla y tal captación se da en el drama de la lucha con la circunstancia. La vocación es que nuestro proyecto de ser efectivamente hecho coincida, se identifique con aquel destino que todos tenemos. Así la vida auténtica es precisamente escuchar y realizar nuestra vocación, siendo una vida íntegra. Podemos afirmar que un hombre auténtico es aquel que logra la comunión de su yo profundo, "proyecto de ser", con el destino. Así, la autenticidad se relaciona con el ser fiel a uno mismo. La fidelidad es cierta amistad, confianza en el "otro". En este caso ese "otro" somos nosotros mismos, por lo que una ética de la vocación sería confiar y escuchar ese yo profundo capaz de comprender y vislumbrar ese destino de cada uno. Este proyecto y destino de cada uno, no es una moral del deber, ni una moral universal, más bien una ética que respeta la individualidad y el ser da cada uno. "[...] el dharma de usted es jugar golf, como el mío es un dharma de escritura y conversación. Cuando le veo a usted en su aspecto saludable y juvenil, vestido sin fallar, cimbrear el palo de golf, me parece usted un ser perfecto, que honra y decora el Universo. Pero si yo me viera con el mismo atuendo y en idéntica postura me parecería a mí mismo una objeción contra el buen orden del cosmos [...]yo creo que no sólo cada oficio, sino cada individuo tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos..."19 Con este dharma, Ortega pretende mostrar que si se habla de una ética moral, esta hace referencia al valor del proyecto individual. El asunto es comprender, no al modo intelectual, cuál es nuestro proyecto, y comprender que ese proyecto debe estar en relación con cierto destino (dharma). Cada uno tiene su propio destino y el proyecto del yo profundo, del fondo insobornable, debe tener a la vista tal destino. Claro es que esta captación del destino no es algo inmediato y fácil, lo cual vuelve aún más compleja la vida humana. Pero es ese el proyecto del hombre, ser auténtico, constituir una vida íntegra, teniendo en el horizonte la vocación como tarea. |