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REVISTA NÚMERO 2 EDITORIAL Con 14 días de diferencia nos hemos enfrentado a dos fenómenos de violencia, que aunque diversos en su naturaleza y origen, parecen reclamar una lógica común. En una sala de clases de nuestro país, una profesora recibe el hostigamiento y la agresión de un grupo de adolescentes. Una semana antes dos estudiantes se habían apuñalado. Ese día los apoderados "se toman" el establecimiento. El colegio de profesores sale al paso: la cantidad de denuncias por agresión a profesores ha comenzado a tornarse alarmante. En lo que va del año se registran 20 demandas que están siendo asesoradas por este organismo. Frente a estos hechos, los docentes reclaman el derecho a realizar una acuciosa selección de los estudiantes. Para algunos de los padres de los estudiantes sancionados con la expulsión, se trató de una broma, que no se compadece con el rendimiento los alumnos. Éstos sostienen que la profesional había insistido en amenazarlos. La Ministra de Educación media solicitando ser comprensivos con la situación de los alumnos. Dos semanas después, tres aviones se estrellan contra la estabilidad del mundo occidental. Se amplia el contacto con el mundo real: enfrentadas con la realidad, hasta las mejores producciones cinematográficas empequeñecen. Finalmente las profecías sobre el fundamentalismo y la amenaza del terrorismo se tornan una hipótesis comprobable. Una y otra situación, a kilómetros de distancia y a pesar de su diferencia casi obscena, parecen guardar alguna lógica común: nos hemos tornado una sociedad que ha crecido en la habilidad de amenazarse a sí misma. A diversa escala, cada uno de estos hechos parecen comprobar cuan poco podemos esperar de una humanidad que se ha instalado en la violencia como símbolo de poder. En cada espacio del cuerpo social, entre hombres y mujeres, en la misma familia, entre un maestro y su alumno, entre el que no sabe y el que sabe se entrecruzan unas relaciones de poder, que últimamente constituyen las condiciones de posibilidad del funcionamiento de ella misma. No es de extrañar que su efecto más inmediato sea la impotencia, construida culturalmente, para vernos, a nosotros mismos, en nuestras propias amenazas. Al extremo que hemos tornado invisibles nuestros problemas fundamentales: la incapacidad de establecer vínculos que legitimen al otro y le restituyan el derecho de ser él mismo, por encima de las diferencias y a costa de ellas. Después de todo, la "insociable sociabilidad del hombre" no es sino esa peculiar inclinación a formar la sociedad a la vez que una disposición ciega y espontánea a resistirla de manera constante, lo que amenaza con disolverla. Ana María Soto B. Comité Editorial. |