Androdecadencias

ANDRODECADENCIAS

Defensas corporativas por el derecho a la vida del feto ingeniero. Terror neofascista a la homosexualización de la sociedad. Inquisidoras miradas masculinas que cómodamente en sus despachos dudan de la inocencia de las víctimas. Si la encontraron muerta y ultrajada, primero fíjense en la poca ropa con la que vestía. En una época en que las racionalidades instrumentales que sustentaron la modernidad occidental no resisten mayor análisis que la afirmación tautológica de sí mismas, el mandato de la masculinidad desborda la cara más decadente de su violencia. A estas alturas decir ‘poco hombre’ parece más un cumplido que un insulto.

Sin embargo, en un contexto en el que la efervescencia de los feminismos y la agenda LGBT se ve opacada por la irrupción de la extrema derecha a nivel mundial, el epíteto tiene doble sentido. Poco hombre es un sujeto que no cumple la imposición de sus deberes masculinos, a la vez que poco hombres son aquellos sujetos enajenados que llevan la violencia masculina a los límites de lo representable. La categoría ética y estética ‘poco hombre’ no necesariamente implica una deuda práctica con el mandato de la masculinidad, o un exceso de terrorismo necropolítico. Se trata de una debacle generalizada: son androdecadencias. Todos los hombres son poco hombres.

Hombres omnipotentes, creadores y redentores, que devuelven su mirada vigilante y castigadora al espectador. Portadores de luz y verdad retratados a través de una tecnología que remite al culto medieval. Pinturas monocromas de rostros masculinos ambivalentes, cuya deuda o correspondencia con las utopías modernas es alegorizada mediante la positivación desmesurada o la negación escópica. Nitidez saturada para la falta de hombría, penumbra desenfocada para los hombres de verdad. Ciento veintiocho escenas del crimen  retratadas sobre soportes quirúrgicos de dieciséis por dieciséis con dos milímetros de espesor, superpuestas escultóricamente en un falo pictórico de la maldad. Complicidades criminales en potencias binarias que se dislocan entre el deporte nacional del ocultamiento de la evidencia, a la obscenidad gore del infierno latinoamericano. Relatos en primera persona que describen el contagio cultural del machismo, cuya única vía de traspaso es la violencia (directa o simbólica). Voces envolventes e incesantes que abren la posibilidad de definir la masculinidad a los cuerpos históricamente excluidos de su programa: mujeres y maricas.

Mediante la confabulación fraternal (los artistas son bio-hombres) entre pintura, escultura, vitral, nuevos medios y registros testimoniales, que conforma un paisaje visual y sonoro insoportablemente ridículo, la exposición propone una doble lectura de las androdecadencias. ANDRODECADENCIAS, en alusión a la fragilidad masculina en la que habitan los cuerpos que no coinciden con la construcción heteropatriarcal del hombre moderno. ANDRODECADENCIAS, en la medida de que la violencia masculina se radicaliza en las economías neoliberales, compitiendo por la obtención del capital incluso hasta decidir la muerte o la vida de otros. Masculinidades femeninas y subjetividades endriagas. Las androdecadencias conjugan la escasez y el exceso. El hijo del capitán trueno que nunca quiso ser marinero, Darth Vader, o un agente de la DINA, son poco hombres a su manera.

Daniel Estrada

Julián Farías

George Lee Vidaurre

Américo Retamal

Curatoría: Antonio Urrutia Luxoro.

 

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